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martes, 10 de septiembre de 2019

El guiño de Slim

Por Héctor Farina Ojeda 

El respaldo del empresario Carlos Slim a los proyectos del presidente Andrés Manuel López Obrador puede entenderse como un guiño o señal hacia la iniciativa privada: si yo invierto, ustedes también deberían hacerlo. En un momento en el que la palabra más invocada en economía es “confianza”, que el hombre más rico de México y uno de los más ricos del mundo aparezca ante las cámaras a decir que confía en los proyectos del gobierno es más que significativo. Y no solamente se quedó ahí sino que pronosticó una mayor actividad económica en 2020 y hasta le dio la razón al presidente en cuanto a que el crecimiento no es lo más importante. 

Con sus contradicciones, Slim restó importancia al crecimiento -ahora que los datos reflejan una economía estancanda- pero se mostró confiado en que hay grandes posibilidades de lograr dicho crecimiento, para lo cual falta invertir en forma masiva para generar actividad económica y empleo. "Eso es lo que como señala el presidente, se está trabajando, en el momento en que se eche a andar ese programa de inversión muy importante, las cosas serán muy diferentes”, dijo el empresario. 

En un contexto complicado, en el cual no sólo cerró el primer semestre del año con crecimiento cero sino que los pronósticos para el siguiente año tampoco son favorables, la recuperación de la confianza es vital para lograr el giro de timón que impulse a la economía. La cancelación de las obras del aeropuerto en Texcoco, los problemas para que dichas obras se realicen en Santa Lucía, las trabas para el arranque de las obras en la refinería de Dos Bocas, así como la lentitud en la proyección del Tren Maya han profundizado la falta de confianza de los empresarios, quienes están deteniendo las inversiones debido a sus temores. 

Frente a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, y ante la prolongación de la ratificación del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC), la intención del gobierno de López Obrador es lograr que los inversionistas rompan sus temores y comiencen a soltar el capital. El apoyo de Slim es clave para eso. No sólo porque sus inversiones, siendo el más rico de México, son una señal clara de que hacer negocios en el país es rentable y seguro, sino porque pueden convertirse en la referencia que otros empresarios terminen por imitar. 

El reto grande es claro: recuperar la confianza y hacer que detonen las inversiones. Habrá que ver cuánto invierte el mismo Slim, en qué campos y qué mensajes envía con dichas inversiones. Esto debe sumarse a los 485 mil millones de pesos que invertirá el Gobierno en los próximos meses. Si se logra hacer que los empresarios acompañen la iniciativa, podemos pensar en el fortalecimiento del mercado interno y la recuperación de la economía a pesar de las adversidades internacionales. Si no se convence, seguramente seguirá la incertidumbre y con ello la tendencia al estancamiento. 

No es sólo cuestión de dinero sino de apostar por el desarrollo de un país. Así como pedimos empleos de calidad, también deberíamos esperar inversiones de calidad. El resto vendrá por añadidura. 

Publicado en El Sol de Puebla

domingo, 13 de enero de 2019

Entre remesas y turismo


Por Héctor Farina Ojeda

Dentro del crecimiento insuficiente de la economía mexicana en 2018 destaca un interesante movimiento interno de distribución de riquezas debido fundamentalmente a dos factores: el récord en las remesas y el repunte en el turismo. De acuerdo a los datos del Banco de México, de enero a noviembre de 2018 las remesas totalizaron 30 mil 557 millones de dólares, con lo que ya superaron la cifra total de 2017, que fue de 30 mil 291 millones de dólares. Y todavía falta la suma de diciembre, el mes del aguinaldo. En tanto en el sector del turismo, el crecimiento estimado fue del 5 por ciento, con ingresos por encima de los 22 mil millones de dólares, según cifras de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco-Servytur).

Los resultados de estos sectores son muy interesantes para el dinamismo interno de la economía debido a su capacidad distributiva: tanto las remesas como el turismo representan ingresos para millones de personas, de distintos segmentos y diferentes regiones. A diferencia de los ingresos de las exportaciones de vehículos, de los ingresos petroleros o de las industrias maquiladoras, el turismo y las remesas no están concentrados en pocas manos, por lo que al llegar a más gente generan un mayor efecto interno en el poder adquisitivo y en el consumo. En una economía tan desigual como la mexicana, que posee un fuerte concentración de riqueza, la lluvia de pequeños ingresos es de mucha bonanza.

Por el lado de las remesas, resulta irónico que en tiempos de proteccionismo en Estados Unidos y con un fuerte discurso antimigrante y a favor de la construcción de un muro, los mexicanos que trabajan del otro lado hayan enviado más dinero que nunca. Ante el temor de perder sus empleos, de las deportaciones o de que el endurecimiento de medidas les dificulte cada vez más ganar un buen dinero, las remesas se aceleraron y llegaron a más de 1.7 millones de familias.

En cuanto al turismo, se espera que para 2019 la bonanza continúe y ello represente un crecimiento de 5.5 por ciento en el sector, así como el arribo de más de 44 millones de turistas extranjeros, con un monto aproximado de ingresos de 23.2 mil millones de dólares. En porcentajes, el turismo duplica al promedio de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), en tanto genera empleos directos e indirectos para 10 millones de personas. Lo más importante del turismo es que sus ingresos alcanzan a sectores tan diversos como los hoteleros, las compañías aéreas, los restaurantes, el comercio formal y el informal, los microempresarios, pequeños vendedores, etc.

Sin embargo, todavía estamos lejos de un aprovechamiento integral de las bondades de estos sectores: las remesas no son una panacea y en muchos casos apenas sirven para la sobrevivencia. Son una oportunidad momentánea que hay que invertir correctamente. Y en el caso del turismo, tanto la inseguridad como la corrupción son un fuerte desincentivo y pueden afectar a los ingresos y los empleos. Necesitamos cuidar los ingresos distributivos y aprender a invertir mejor.

Publicado en El Sol de Puebla

lunes, 21 de noviembre de 2016

La posverdad y su turbulencia

Por Héctor Farina Ojeda 

El Diccionario Oxford eligió recientemente a la “posverdad” como la palabra del año, como una forma de reconocer al neologismo que intenta explicar lo ocurrido en situaciones como el Brexit o el triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. Dice el diccionario que la posverdad se refiere a “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es decir, el posicionamiento de un discurso que apele a lo emotivo, a exacerbar los ánimos y acicatear creencias genera más consistencia que lo concreto, que la verdad misma. 

Ya muchos califican a Trump como el político de la posverdad: con un discurso anclado en la exacerbación, el populismo y los ataques desmedidos, sus palabras generan reacciones aunque se traten de agresiones sin sentido, de promesas imposibles y de mentiras gratuitas posteriormente desmentidas. Aunque lejos de los hechos objetivos, sus alocuciones al muro, a la cancelación de acuerdos comerciales, a represalias y deportaciones masivas de migrantes, así como a la influencia para evitar que una fábrica automotriz se instale en México, no sólo han generado reacciones en el mercado financiero y el ánimo de la gente, sino que son una amenaza permanente para la confianza en la economía mexicana. 

La depreciación del peso frente al dólar y el nerviosismo en el mercado financiero son sólo algunos síntomas del golpe a la confianza. La posverdad impulsada por lo que pudiera hacer el gobierno de Trump en cuanto a relaciones comerciales, empleo para migrantes y radicación de empresas -entre otros temas- genera mucha incertidumbre en los sectores económicos y podría retrasar proyectos, inversiones y hasta el consumo. Y esto se da justo cuando se están recortando las expectativas de crecimiento para el siguiente año y cuando se requiere de un incremento en la inversión productiva para generar más empleos. Toda una turbulencia en medio de la incertidumbre y la posverdad.

La verdadera capacidad de la economía mexicana para hacerle frente a las eventualidades de la era Trump está en entredicho: ¿qué tanta fortaleza tiene para crecer pese a las adversidades externas? Más que nunca, se requiere potenciar los motores económicos internos para ganar la confianza y mantener la proyección en medio del discurso de la posverdad que ya está generando especulación, miedo e incertidumbre, y que puede ahuyentar inversiones, frenar emprendimientos y limitar el consumo. Ante una inminente guerra a la confianza, no basta con salir a desmentir todos los días, sino que la propia fortaleza será la mejor defensa.

Hay que actuar rápido para mejorar la competitividad, romper la dependencia de un sólo mercado y potenciar la capacidad de la gente para emprender y producir. Es tiempo de invertir en forma estratégica en la infraestructura y el conocimiento, en obras que generen empleos y en la innovación. Con sólo especular que nada pasará no le ganaremos a la posverdad. Hay que construir confianza. 

martes, 8 de noviembre de 2016

Frente a las eventualidades


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La economía mexicana se encuentra preparada para hacerle frente a cualquier eventualidad internacional. Esto lo dijo el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, basado en la solidez macroeconómica, en las finanzas sanas, en la confianza y en las reformas estructurales, así como en el crecimiento pese a las adversidades. El posicionamiento se da en un momento de incertidumbre por los resultados en las elecciones de Estados Unidos y sus posibles efectos. 

No cabe duda de que México tiene la capacidad de aguantar. Lo ha hecho siempre. Así como resistió la caída de la economía en 1994 y la crisis de 2009, no sería raro que pueda enfrentar cualquier nuevo golpe. El problema no radica en el poder de resistir frente a los factores externos, sino que a nivel interno ya se ha aguantado demasiado sin que lleguen mejorías para un enorme sector de la población. Luego de cada crisis, siempre hay una recuperación, aunque en el caso mexicano ello equivale a decir que se vuelve a la misma situación de precariedad que se tenía antes. Por eso se suceden las eventualidades y los efectos adversos, pero se mantienen los niveles de pobreza, los bajos salarios y la desigualdad. 

Claro que habrá efectos económicos luego de las elecciones, independientemente del ganador. Y es claro que en un mundo globalizado, con economías interrelacionadas y dependientes, seguirán las amenazas, los golpes directos y los efectos colaterales. La cuestión es que ya no basta con políticas macroeconómicas que logren estabilidad frente a eventualidades externas, pues son las internas las que más daño hacen: 60 millones de personas en situación de pobreza, 11 millones en pobreza extrema, 32 millones de mexicanos con rezago educativo, 7 millones de ninis -jóvenes que ni estudian ni trabajan- y una marcada insuficiencia para atender la necesidad de los niños y jóvenes. 

Preparados ante lo eventual pero desprotegidos frente a lo estructural, la educación sigue con una deuda de calidad, la salud sufre porque no llega a todos, la inversión social no alcanza y la ciencia y la tecnología siguen relegadas a planos secundarios o terciarios. Lo macroeconómico y sus bonanzas no han descendido a la pequeña economía, a los millones de pobres que necesitan un buen empleo, un crédito o tan siquiera una oportunidad para mejorar. Como si se tratara de construir muros y parapetos que nos protejan de ataques externos, al mismo tiempo de descuidar nuestros males intestinos, nuestras carencias propias y nuestras debilidades.

En el contexto actual, el gran desafío es que la fortaleza frente a las eventualidades provenga de la capacidad de la gente y no solo de grandes indicadores divorciados de la población. Si tuviéramos menos pobres, menos jóvenes sin educación y menos corrupción, seguramente tendríamos una economía más sólida. Las eventualidades externas siempre existirán y no podemos controlarlas; lo que podemos es fortalecernos desde dentro. Y eso se logra invirtiendo en la gente. 

(*) Periodista y profesor universitario 

Doctor en Ciencias Sociales

Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla, de México. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

La historia interminable

Como en el título de la novela de Michael Ende, la recuperación de la economía mexicana parece interminable. Y no me refiero a la situación dada a partir de la gran crisis de 2009, sino a un periodo mucho más amplio que puede cubrir décadas de espera: en cuanto a crecimiento, empleo, buenos salarios, y oportunidades en general que contribuyan a minimizar la pobreza que divide al país. Más en los discursos que en los indicadores, la recuperación siempre está presente como la gran esperanza, como el golpe de timón que hace falta. Pero cada vez se parece más a una situación fantástica en la que siempre está llegando, sin que llegue para todos y sin que termine de llegar. 

En las últimas tres décadas el crecimiento ha sido muy modesto -del 2 por ciento anual en promedio-, en tanto en los dos años recientes se tuvo una tendencia a la baja en el largo plazo, de acuerdo a los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Todo apunta a que la recuperación se extenderá en el tiempo, con lo que seguimos postergando la atención a las urgentes necesidades sociales. Con repuntes raquíticos, con riquezas que no llegan a todos, con un estancamiento en los salarios de la clase media y con una pérdida del poder adquisitivo, no se vislumbra un giro copernicano hacia una economía que crezca en niveles importantes. 

Ante la incertidumbre de lo que pasará con la economía estadounidense luego de las elecciones y en vistas de la gran dependencia que se tiene del vecino, la gran pregunta es qué medidas y estrategias se implementarán para los siguientes años, ya que la estabilidad y el control de los grandes indicadores no es suficiente. ¿Vamos hacia una economía del conocimiento o nos parapetamos en las manufacturas? ¿Buscamos la diversificación de los mercados o seguimos confiando en las exportaciones a Estados Unidos?¿Nos arriesgamos con alguna estrategia innovadora o esperamos que todo esté bien?

La lentitud de los resultados de las reformas es un sólo un síntoma más de un malestar endémico: los cambios no terminan por traducirse en beneficios para la gente, ni en lo económico ni en lo educativo. Pero lo más preocupante es que no es raro que sea así, pues con una economía poco competitiva, poco productiva y con una fuerza laboral descuidada en su educación y castigada en el mercado laboral, es de esperar que la fragilidad, la lentitud y la precariedad limiten cualquier tipo de maniobra en un mundo acelerado. 


En medio de una crisis tras otra, parece que seguimos viendo el riesgo y no la oportunidad. Con el viejo esquema de la mano de obra barata y los modelos industriales no llegaremos lejos en una economía que depende cada vez más del conocimiento aplicado. Es tiempo de un giro trascendente, de un salto hacia nuevos horizontes económicos. Si de todos modos la recuperación no termina de llegar y los problemas siguen intactos, ¿por qué no acelerar el paso hacia la innovación, el emprendimiento, la ciencia y la tecnología? Lo cierto es que hay que cambiar o nos irá igual o peor. 

lunes, 8 de agosto de 2016

¿Satisfechos y felices ?

Por Héctor Farina Ojeda 

Un curioso estudio dio cuenta de que México es el segundo país con los trabajadores más satisfechos del mundo. De acuerdo con el Barómetro Edenred-Ipsos, que mide la satisfacción de los trabajadores, el 81 por ciento, es decir 8 de cada 10 mexicanos, tiene una actitud positiva con respecto a su trabajo, en tanto los más satisfechos son los indios, con 88 por ciento, y los más inconformes son los japoneses, con 44 por ciento. Todo esto, a partir de una encuesta en la que se evaluó el bienestar de los trabajadores, considerando factores relacionados con el empleo. No es la primera vez que aparecen resultados similares, aunque también hay que considerar otros informes que dan cuenta de lo contrario: una enorme insatisfacción con la situación laboral. 

Pero, en un escenario de contradicciones, no debe sorprender que la noticia de que México es el segundo país más feliz del mundo haya aparecido en sentido contrario a informaciones mediáticas que dan cuenta de los problemas sociales, económicos y de toda índole. Y tampoco debería sorprendernos que la felicidad y la satisfacción laboral se den al mismo tiempo que cae la confianza en la economía. Es decir, no creen que la situación económica en el siguiente año mejore pero hay satisfacción con el empleo y, sobre todo, hay felicidad. Como si se tuvieran las condiciones ideales para estar conformes, como si la economía y la calidad de vida fueran las que necesitamos. 

Obviamente, la situación dista mucho de un mundo feliz. Más allá de las contradicciones que presentan los resultados -combinados como una provocación-, nos encontramos frente a problemas recurrentes que no se han podido resolver en beneficio de la gente. Tanto el crecimiento mediocre del PIB como la insuficiente generación de empleos, los salarios bajos, la desigualdad, la exclusión y la endémica pobreza no son motivos para la felicidad ni la satisfacción. Ni mucho menos para caer en una de las peores formas de claudicación: el conformismo. 

No puede haber conformismo cuando se tienen los salarios más bajos de América Latina, con una informalidad del 60 por ciento y con una generación de empleo que sólo alcanza para atender la mitad de la demanda anual. Lograr un trabajador satisfecho no puede ser el resultado del país en el que más horas trabajan, producen menos, ganan menos y encima son los que padecen más estrés. Definitivamente algo estamos haciendo mal o algo estamos dejando de hacer para que no podamos combatir con éxito las precariedades del mercado laboral. 

Un riesgo grande es confundir una felicidad aparente o una satisfacción aparente con el conformismo, con la resignación ante una crisis permanente, como una forma de encontrar “alegría” en lo poco que se logra, en el entendido de que no se puede cambiar mucho y que siempre será mejor lo “menos peor”. 

En tiempos en los que necesitamos emprender, innovar y reinventar la economía, conformarnos con lo que hay, e incluso jactarnos de la felicidad, puede ser una tragedia. Es tiempo de cambios, no de conformismo. 

   




martes, 12 de julio de 2016

Precios, control y pobres

Una de las noticias que recorrieron distintos medios informativos en esta semana fue la de la inflación. Se destaca que en el mes de junio llegó a 2.54 por ciento anual, con lo que desde hace poco más de un año se ha logrado la meta de tener “controlada” la inflación, es decir, la suba generalizada de los precios de los productos de la canasta básica. A pesar de que los recientes aumentos en la gasolina y en la energía eléctrica encienden señales de alerta, hasta ahora los datos señalan que los precios en general no han rebasado los límites establecidos en la política económica del gobierno. 

Sin embargo, que las cifras oficiales de la inflación sean moderadas no quiere decir que no se perciba un encarecimiento del costo de vida, sobre todo porque el poder adquisitivo de las personas no ha mejorado. Mientras más de 60 millones de personas viven en condición de pobreza, en medio de un mercado laboral precario y con salarios bajos, una inflación controlada es una buena noticia relativa, porque en realidad no hay mejores condiciones para atender las necesidades básicas. Y es una buena noticia sólo porque hay conciencia de que podría ser peor. 

Dicen que la inflación es el impuesto a los pobres, porque estos no tienen cómo defenderse de una suba de precios, por mínima que sea. Para quien no tiene recursos, el incremento de un peso en la tortilla, la leche o el aguacate golpea directamente en su calidad de vida. Si ya vivir en la precariedad es un castigo enorme, cualquier suba es un golpe que se suma a la tunda diaria. Y esto lo podemos pensar a la luz de millones de hogares que todos los días padecen por falta de recursos, de alimentos y de lo más elemental que podamos imaginar. 

México tiene problemas de pobreza, de empleos y de salarios. Y si pensamos en familias pobres que no pueden conseguir trabajo o consiguen ocupaciones mal pagadas, tenemos que el poder adquisitivo difícilmente puede mejorar, por lo que todos los ingresos tienen como objetivo principal la sobrevivencia. Con una situación como esta es complicado pensar en invertir en la educación de los hijos, en emprender un proyecto o en ahorrar con miras a la vejez. Estamos ante una sociedad de ingresos limitados y de una pérdida constante del poder adquisitivo, por lo que una inflación moderada no alcanza si no se toman medidas que devuelvan a la gente su capacidad de conseguir lo que necesita. 

Si no se hace algo para acompañar esta coyuntura de precios no desatados, no cambiará en nada la situación de millones de personas que de todas maneras no pueden adquirir lo mínimo. Lo que se requiere es recuperar el poder adquisitivo, lo cual sólo será posible si mejoramos la calidad de los ingresos y la formación de los jóvenes para poder emprender y romper con los paradigmas del mercado. Deberíamos apostar, desde lo público y lo privado, por una inversión estratégica en quienes más lo necesitan: en su educación, su salud y sus posibilidades de construir algo diferente a la pobreza.

Publicado la edición impresa de El Sol de Puebla y en Reeditor.com 

Explotados, con estrés y malos salarios

Como en una metáfora de un mundo al revés, en un país que necesita generar empleos y construir oportunidades para mejorar la calidad de vida se combinan factores que pintan un cuadro casi inverosímil: los mexicanos son los que más horas trabajan al año, los más estresados y los que tienen los salarios más bajos. Eso sin entrar en detalles sobre la precariedad laboral, la falta de prestaciones y seguro social o los elevados niveles de pobreza que parecen un castigo sumado a una maldición. En un país de talento y creatividad abundantes, con una generación de jóvenes que merecen grandes oportunidades, tenemos un mercado que ofrece empleo insuficiente y de baja calidad. 

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que México es el país en el que se trabaja más horas al año: dos mil 246 horas por trabajador. El estudio abarcó a 38 países, entre los cuales sobresalen los trabajadores mexicanos por laborar más horas, frente a los trabajadores de países como Alemania, en donde las horas laborales son mil 371 al año. Pero el resultado de trabajar más no implica mayor productividad ni mucho menos un reconocimiento merecido, sino que el estrés -con todos los males que conlleva- y los malos salarios son el corolario del esfuerzo. 

Ciertamente, tenemos un claro problema de productividad. Y esto no deviene únicamente de las precariedades y condiciones leoninas del mercado laboral sino de una formación de escasa calidad que nos lleva a no tener los conocimientos, competencias y habilidades suficientes para producir más y mejor sin tanto desgaste. Estamos cosechando nuestra propia siembra, con la idea equivocada de que la ganancia proviene de la explotación de la mano de obra y no de la educación, las ideas y la formación de las personas. Absurdo como esperar grandes frutos de un árbol al que no se cuidó y se lo dejó a merced de su suerte. 

Detrás de la baja productividad y de muchos de los males de la precariedad, deberíamos ver las carencias educativas, la exclusión que sufren millones de niños y jóvenes, y la mala calidad con la que se enseña. Es imposible pensar en generaciones que puedan enfrentar el salvajismo del mercado laboral si no les damos la formación que necesitan. Cuando un joven no estudia, no recibe educación de calidad y no se lo prepara para un mercado inestable, cambiante y exigente, difícilmente podemos evitar que termine siendo explotado en un empleo precario, con ingresos bajos y con escasa posibilidad de cambiar de escenario. 


No debería ser así. No se debe esperar que los jóvenes lleguen al mercado para ser explotados ni para exigirles cosas para las cuales no fueron formados. Lo que necesitamos es reinventar la economía, aprender a innovar y a emprender por encima de las malas condiciones que el mercado nos ofrece ahora. No es casualidad que los países que más invierten en la formación de su gente gocen de mejor calidad de vida. Apostemos por la formación, contra la explotación, el estrés y la miseria. 

jueves, 16 de junio de 2016

Depender de lo externo


A los informes que dan cuenta del incremento de las remesas como un logro, deberíamos oponer una crítica sobre la falta de planificación del uso de recursos. Desde hace muchos años, las remesas se han constituido en una de las principales fuentes de ingreso de México, junto con los ingresos petroleros, el turismo y las exportaciones. Pero pareciera que el único plan que se tiene con el flujo de las remesas es gastar. Y eso que hay que aclarar que las remesas no son malas y que millones de familias dependen de ellas para cubrir sus necesidades básicas. El problema es que no se pasa de depender de ellas, sin más ideas que seguir dependiendo. 

Hace unos días, el Banco de México informó que en los primeros cuatro meses del año se tuvo un repunte de 8.5 por ciento en las remesas, con respecto al mismo periodo del año anterior, lo que significa ingresos por 8 mil 389 millones de dólares. Este incremento en el ingreso de recursos frescos beneficia a millones de hogares receptores. Sólo en 2015, las remesas totalizaron 24 mil 792 millones de dólares. Y estos recursos tienen la gran ventaja de la equidad distributiva: el conjunto de la riqueza no queda en pocas manos sino que alcanza a millones de personas. 

Con las remesas, al igual que con los ingresos del petróleo y el turismo, tenemos un problema grande: cómo hacer que los recursos ayuden al desarrollo y a la generación de riqueza para la gente en lugar de usarse sólo para la sobrevivencia. Si pensamos que en las últimas tres décadas prácticamente no ha habido cambios en el porcentaje de la población en situación de pobreza, en tanto se han recibido grandes cantidades de dinero del exterior, tenemos que no hay una mejoría notable para salir de la precariedad, aunque cuando las condiciones son adversas y las remesas caen, millones de personas sufren la crisis. 

Es cierto que los envíos desde el extranjero son vitales para las familias que apenas sobreviven y que se hundirían en la miseria sin estos recursos, pero deberíamos buscar la manera de que los ingresos sirvan para algo más: invertir en el futuro, emprender o apuntalar iniciativas que rompan la dependencia. Y no se trata sólo de las remesas, sino de muchas fuentes de ingreso que hasta ahora han sido desaprovechadas o malversadas por la corrupción y la ineptitud. 

Un ejemplo de un pueblo migrante que vivía de los recursos y los empleos de fuera es Noruega, el país nórdico que encontró petróleo en 1969 y que supo cómo utilizar los ingresos millonarios para cambiar su destino. Los noruegos destinaron toda la ganancia del petróleo para financiar la educación de su gente. Hoy ya no deben salir del país en busca de oportunidades sino que se han convertido en una tierra de oportunidades, con una pobreza casi inexistente y con una calidad de vida envidiada en todo el mundo. 

No sólo desde los gobiernos, sino desde nuestras propias iniciativas debemos buscar la manera de traducir el ingreso externo en oportunidades internas que nos ayuden a no depender siempre de fuera. 

Publicado en El Sol de Puebla y en Reeditor.com 

lunes, 6 de junio de 2016

La tiranía del mercado

Por Héctor Farina Ojeda

El filósofo norteamericano Michael Sandel dice que el dinero está comprando cosas que no deberían estar a la venta y que hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado, en donde el dinero ha invadido espacios de decisión que no le corresponden. Por ejemplo, en la compra de conciencias, en la decisión de qué oficio o carrera elige cada quien o incluso en cuestiones personales, ahora siempre condicionadas por el dinero, el empleo o algún otro incentivo económico. 

En este contexto, la necesidad de pensar en el dinero como resultado lógico de algún esfuerzo ha llevado a que el mercado sea fundamental para tomar decisiones sobre proyectos de vida. Así, la elección de un oficio o una carrera ha encumbrado al mercado como el dios de la decisión, por encima de la vocación, esa palabra romántica y cada vez más vacía. Como si ya no fuera importante pensar en quiénes quieren ser y qué quieren hacer, sino más bien dónde pueden funcionar y en qué parte del mercado pueden obtener la riqueza material. 

Ciertamente, tenemos un problema de desempate entre la formación profesional y el mercado laboral. Es decir: lo que las universidades enseñan no necesariamente se ajusta a los empleos más demandados y con mejores salarios. En un entorno en el que se requieren más ingenieros y especialistas en tecnología, es lógico que se busque la manera de formar profesionales para atender esa demanda. Pero esto no debe llegar al extremo de que el mercado, con sus necesidades materiales, deba decidir por encima de las necesidades sociales, las particulares y personales. 

Que el mercado requiera ingenieros especializados no implica que debamos minimizar o incluso marginar la formación de abogados, sociólogos o historiadores, aunque sabemos que se enfrentan a escenarios laborales saturados o mal pagados. Antes que eso, habría mejor que buscar la manera de equilibrar la oferta y la demanda, valorando la necesidad de los empleos de calidad pero no al punto de supeditar proyectos de vida a una cuestión coyuntural y salarial. Si atendiéramos la dictadura del mercado y nos dedicáramos a formar sólo ingenieros y técnicos especializados para la demanda actual, en poco tiempo saturaríamos el mercado, bajarían los salarios y acabaríamos con la ilusión de la riqueza, pues ante el exceso de oferta de profesionales, seguramente las condiciones serían precarias.

Una opción interesante para pensar qué hacer con nuestros profesionales es la que plantea el economista Jeremy Rifkin, quien dice que ante un mercado laboral inestable y cambiante debemos desarrollar más habilidades y competencias. Es decir, requerimos formar a los profesionales para la innovación, la creatividad y el emprendimiento constante, lejos de los compartimientos estancos y la formación arcaica que produce piezas específicas que sólo embonan en un engranaje, en un momento particular. Nosotros debemos pensar qué hacer con el mercado y no de al revés. Hay que reinventar el mercado conforme a lo que necesitamos como sociedad.    


lunes, 30 de mayo de 2016

Blindajes superficiales

Por Héctor Farina Ojeda 

La receta clásica nos dice que la estabilidad macroeconómica es muy importante. Y, en efecto, lo es. Pero no al punto de pensar que con buenos indicadores ya tenemos una buena situación económica, sobre todo cuando nos encontramos en uno de los escenarios de mayor desigualdad, en donde la bonanza nunca es para todos y tanto el crecimiento como las buenas oportunidades son para pocos. De ahí a que las buenas noticias siempre sean demasiado relativas, como la que nos dieron hace unos días sobre la solidez de la economía mexicana a partir del incremento en la línea de crédito por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI). 

El organismo internacional sostiene que las políticas macroeconómicas de México son sólidas, por lo que subió su línea de crédito flexible de 67 mil millones a 88 mil millones de dólares. Y entre estos recursos disponibles y las reservas monetarias, se tiene un “blindaje” ante eventuales amenazas externas. Pero una ampliación de la línea de crédito por parte de un organismo que vive de hacer préstamos y “recomendaciones” no debería tomarse como signo de fortaleza en un contexto en el que la precariedad no puede ocultarse detrás de grandes indicadores, en tanto el blindaje no alcanza a la mayoría de las personas.

La historia de los préstamos externos, de los flujos de riqueza y de los ingresos millonarios no ha logrado coincidir con un crecimiento equitativo. Es decir, pareciera que los grandes números, el financiamiento y la riqueza potencial del país están divorciados de la realidad de la mayoría de las personas, lo cual se nota en los imperios corporativos y las fortunas de unos pocos, por un lado, y los porcentajes de pobreza y de atraso que se mantienen incólumes pese a todos los anuncios, por el otro lado. Más que proteger la economía, lo que se hace es blindar grandes indicadores con la esperanza de que esto signifique -aunque sea por una vez- una mejoría para todos. Pero dicha idea es casi tan utópica como esperar que llegue Godot a resolver nuestros problemas. 

Una verdadera protección pasa por el fortalecimiento de la economía de las personas, de su capacidad de producir y vivir con dignidad. No se puede hablar de fortaleza ni de blindaje cuando cerca de la mitad de la población vive por debajo de la línea de pobreza, en medio de precariedades laborales y de ingresos insuficientes. Al contrario, lo que deberíamos hacer es blindar a quienes lo necesitan por medio de un incremento del poder adquisitivo de los segmentos empobrecidos, para lo cual necesitamos más empleos, mejores salarios y mejor preparación para emprender e innovar. 


Si miramos a las economías más sólidas del mundo, seguramente encontraremos que el blindaje no está en las líneas de crédito ni en los indicadores macroeconómicos, sino en la pequeña economía, en la capacidad de la gente, en la producción, la creatividad y el emprendimiento. Si recuperamos el poder adquisitivo e invertimos en la gente, tendremos un blindaje verdadero y no uno superficial. 


lunes, 21 de diciembre de 2015

La desigualdad más allá del ingreso

Por Héctor Farina Ojeda 

La profunda desigualdad en México es uno de los problemas más graves a la hora de pensar en la construcción de un futuro económico. Pero no se trata sólo de una desigualdad de ingresos, con datos que periódicamente presentan los estudios realizados por diferentes organismos, sino de una sociedad desigual en donde los privilegios y las exclusiones han trascendido a esferas de la vida que no deberían verse afectadas por un mayor o menor ingreso monetario. Desde la oportunidad de recibir una buena educación o una buena salud, hasta los empleos y los salarios están marcados por una matriz de desigualdad que cierra puertas y abre abismos entre ricos y pobres.

Hace unos días, un estudio denominado “Desigualdad Extrema en México: Concentración del Poder Económico y Político”, presentado por Oxfam México, dio cuenta de que el país se encuentra dentro del 25 por ciento de los países que tienen la mayor desigualdad en el mundo. Menos del 1 por ciento de la población mexicana concentra el 43 por ciento de la riqueza, en tanto el 10 por ciento de los trabajadores mejores pagados gana 30 veces más que el 10 por ciento que menos percibe. Y como muestra del abismo que divide a un país: la riqueza de 4 multimillonarios equivale al 9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), en tanto hay 61 millones de personas que viven en la pobreza. 

Más allá de los números y de la cuestión del ingreso, la desigualdad se agudiza en cuanto a oportunidades laborales, acceso a la educación, salud y calidad de vida. De la desigualdad de ingresos que condena a gran parte de la población en una economía de mercado se ha trascendido a las marcadas diferencias sociales en lo que el filósofo Michael Sandel denomina “una sociedad de mercado”, en donde hay cosas que el dinero compra y que no debería comprar. De la diferencia de ingresos salen desigualdades en cuanto a la aplicación de la ley, al derecho a la salud o simplemente a la necesidad de gozar de un buen entretenimiento. En sociedades desiguales en las que todo se vende y se compra, ir al hospital, a una buena función de teatro o exigir el derecho laboral pueden ser una utopía para quienes no pueden pagar.

Además de vivir en condiciones desiguales, la imposición de reglas de juego que propician más desigualdad es un serio riesgo para el futuro económico: mientras las oportunidades de acceso a un buen empleo o a una buena educación se basen en un sistema de privilegios que premia a los que pueden pagar, corromper o ser apadrinados a cambio de “favores”, difícilmente se podría aspirar a una sociedad menos desigual. El futuro económico no puede construirse sobre la base de la exclusión, la marginación y el ensanchamiento escandaloso de la brecha entre las condiciones de vida de unos pocos ricos y millones de personas que sobreviven en la pobreza.

¿Qué futuro económico nos espera si seguimos inflando la desigualdad en la sociedad? Seguramente, ninguno bueno. O simplemente ninguno. Si queremos un buen futuro, en lugar de excluir, hay que darle oportunidades a la gente.

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio “Economía empática” de la sección Negocios. Ver original aquí:

domingo, 18 de octubre de 2015

Empleos de calidad

Por Héctor Farina Ojeda 

Conseguir un empleo ya no es solo una oportunidad sino un desafío. La generación de empleos en las últimas décadas ha sido insuficiente, en consonancia con el crecimiento económico mediocre, pero no sólo hay un problema de cantidad sino fundamentalmente de calidad: hay una marcada tendencia hacia la precarización del trabajo, con salarios bajos que no sólo no garantizan ingresos suficientes sino que casi aseguran la permanencia en la condición de pobreza. Sin prestaciones, sin posibilidades reales de crecimiento y bajo la amenaza latente de que el despido podría ser mucho peor que un mal trabajo, una buena parte de la ciudadanía debe conformarse con encontrar un espacio de sobrevivencia dentro del mercado laboral. 

A la dificultad de conseguir un empleo debemos añadirle que los salarios en México son de los más bajos de América Latina, según datos del Banco Mundial. En otras palabras, para un país que tiene a cerca de la mitad de la población en situación de pobreza, el empleo no es una alternativa suficiente, pues los bajos ingresos que perciben los trabajadores no alcanzan para que mejoren su condición de vida. Como si los indicadores se hubieran puesto de acuerdo para sellar una unidad viciosa, el crecimiento no alcanza, los empleos son insuficientes, la pobreza se mantiene y los salarios se devalúan.  

Si bien ha habido un auge importante en varios sectores, como las maquiladoras, las ensambladoras de autos, la industria electrónica o el turismo, los beneficios no alcanzan a revertir los indicadores de pobreza. Como alternativa a un mercado laboral formal sobrepasado, la informalidad se ha convertido en el principal destino de las personas que buscan empleo. Y en un mercado informal, lo último que se podría hacer es buscar es seguridad o estabilidad. Todo es efímero y precario, dependiente y arriesgado. 

Hay dos momentos en los que debemos pensar con miras a atender el problema del empleo: la situación actual, en la que urgen los puestos de calidad para atender las necesidades de una población empobrecida; y el mediano y largo plazo, lo que implica repensar la forma en que vemos el trabajo y las formas tradicionales que teníamos de prepararnos.

Para atender el problema actual se debe facilitar la creación de empresas, lo cual puede incentivarse mediante una reducción de la burocracia y de los impuestos, así como con un sistema de créditos que premie a los emprendedores y los innovadores, sobre todo cuando son pequeños empresarios. Debemos incentivar a los que emprenden y no condenarlos a quedar en la informalidad, a merced de la usura y la precariedad.

Pero para el mediano y largo plazo hay que revolucionar desde las bases, desde la formación innovadora. Si el problema de hoy es conseguir un empleo bueno, el problema de mañana será inventar un empleo bueno. Estamos ante la decadencia de un mercado que nos ofrecía trabajo y ante la emergencia de uno que nos pregunta qué trabajo le ofreceremos. La reinvención del empleo es una necesidad demasiado importante como para sentarnos a esperar que el mercado se haga cargo. Es cosa nuestra.

sábado, 17 de octubre de 2015

Las industrias del futuro

Por Héctor Farina Ojeda 

Uno de los sectores con más auge y con más proyección en la economía mexicana es el de la industria aeroespacial. Con un incremento del 15 por ciento anual en las exportaciones de 2006 a 2014, con la generación de 45 mil empleos especializados en el sector y con un enorme poder de atracción para las inversiones extranjeras, esta industria está marcando pauta de cómo crecer e innovar en medio de una economía estancada. Solamente en 2014 el monto de las exportaciones fue de 6.3 mil millones de dólares, en tanto se espera que en 2015 la cifra supere los 7 mil millones de dólares, según datos de la Federación Mexicana de la Industria Aeroespacial (FEMIA). 

Los buenos resultados en el sector son referenciales, a tal punto que en Chihuahua lo consideran como un caso de éxito nacional: inversiones millonarias, radicación de importantes empresas aeroespaciales, más de 45 plantas de manufactura y más de 15 mil empleos directos en este estado hablan claramente del crecimiento de la industria. Las inversiones fluyen, las exportaciones se incrementan y se generan empleos especializados directos e indirectos. Esto es lo que se espera de cualquier sector económico, aunque en el contexto actual lo aeroespacial es un ejemplo de contracorriente. 

Pero no sólo es un ejemplo interno sino que los logros trascienden al gran mercado: las exportaciones de productos aeronáuticos de México a Estados Unidos superan a países como Brasil, China e Israel. En tanto, de acuerdo con la FEMIA, el ritmo de crecimiento de las exportaciones mexicanas es superior a países como Singapur e India. Sólo este último dato basta para pintar la magnitud de la industria: por encima de los grandes referentes de la innovación, de la ciencia y la tecnología, que no sólo cuentan con empresas de vanguardia sino que invierten mucho más en la generación y aplicación de conocimiento. 

Los números de la industria aeroespacial de México representan una provocación para todos los sectores que se han estancado y requieren un cambio. Estamos ante un giro obligado hacia la economía del conocimiento y hacia las industrias innovadoras basadas en ideas y conocimiento aplicado, por lo que tenemos que pensar rápido y actuar con precisión para construir una economía más visionaria y más justa. Las industrias del futuro dependen de las buenas ideas, la buena preparación y la capacidad de aplicar conocimiento para proponer soluciones originales. 

Y algo que debe quedarnos claro es que innovar e inventar no son una cuestión de genios aislados en algún laboratorio, sino que el trabajo colaborativo, compartir ideas y experimentos están revolucionando muchos sectores de la industria y los servicios. La ética hacker y la revolución informática, el movimiento maker y las impresoras 3D, los drones comerciales, las aplicaciones que facilitan la vida desde un teléfono y el impresionante futuro que nos espera con “el Internet de las cosas” son ejemplos de que más allá de la crisis de la economía tradicional, hay mucho auge, mucha riqueza y mucho mundo por construir.


La urgencia del cambio económico

Por Héctor Farina Ojeda 

El interminable vaivén de la economía mexicana nos ha acostumbrado a que los números se repitan, que las tendencias se mantengan o que no importen los cambios coyunturales, pues la situación siempre vuelve a pintar un panorama en el que cerca de la mitad de la población se mantienen en situación de pobreza, con empleos insuficientes y salarios deficientes, y con esa sensación de que algo estamos haciendo mal para no encontrar el punto de inflexión en esta historia. Con décadas de crecimiento mediocre, con profundas deudas sociales y con la eterna  promesa del cambio, ¿qué se necesita realmente para pasar de la crisis a la tierra de oportunidades?

En la década pasada, tras analizar por qué la economía mexicana hacía bien los deberes pero obtenía resultados mediocres en comparación con otros países, el resultado fue que la baja calidad educativa anclaba las posibilidades de cambio al no dar la oportunidad de innovar y de ajustarse a los requerimientos de un mundo competitivo. Ahora, mientras las estimaciones de organismos nacionales e internacionales advierten que la economía se está frenando, y al mismo tiempo en que la desconfianza se encuentra en un punto crítico, los informes nos muestran un panorama ya conocido: con una educación primaria reprobada y con un sistema educativo que mantiene graves carencias. En otras palabras, es normal que no haya cambios en la economía de la gente si no hay cambios en la formación de la gente. 

Si sabemos que el crecimiento es insuficiente, los empleos no alcanzan, los salarios son bajos, la educación falla, la corrupción nos empobrece y todo ello es un freno para mejorar la calidad de vida, ¿qué debemos hacer para pasar de una situación endémica a una situación de renovación, de mejoría? La pregunta parece general pero no lo es: el caso mexicano es curioso y quizás irrepetible, por lo que las ideas deben pensarse en función de particularidades y excepciones. México es, seguramente, el país latinoamericano que más ha diagnosticado y más conoce la pobreza, desde todos los ángulos y dimensiones, pero parece no saber cómo aplicar una solución efectiva, de las tantas que se recitan. 

Hay ejemplos impresionantes de países que emergieron de la pobreza para convertirse en ricos. Singapur lo hizo mediante la educación, Finlandia gracias a la ciencia y la tecnología; Noruega usó la riqueza del petróleo para educar a su gente, Taiwán repatrió a sus mejores cerebros, en tanto Israel y Corea del Sur -entre otros- se basan en la invención y en el avance de la ciencia y la tecnología. En tiempos de conocimiento, los recursos naturales de los que dependen casi todos los países latinoamericanos ya no son suficientes para generar riqueza y prosperidad. Entonces, ¿cuál debe ser la estrategia mexicana y qué condiciones se requieren para implementarla?

Ya no es una novedad que la economía debe cambiar, pero falta definir qué se requiere para marcar un punto de cambio y dejar atrás todo lo que no sirve. ¿Qué hacemos para prepararnos y para dar el gran salto?  


Mentes creativas

Por Héctor Farina Ojeda 

Como nunca antes, vivimos en tiempos de ideas, de innovación y de revoluciones tecnológicas que rompen paradigmas y modelos. En forma acelerada, los inventos, los avances de la ciencia, la tecnología y los descubrimientos en campos tan diversos como la medicina o la robótica dan cuenta de que estamos ante una nueva era en la que debemos aprender a reinventar nuestra economía, nuestra formación y nuestra manera de comprender el mundo. Pero frente a esta ventana visionaria, el atraso y los problemas endémicos nos enrostran una realidad que no hemos podido cambiar: hay 134 millones de pobres en América Latina y 200 millones de personas en condición de vulnerabilidad. 

El buen momento de la producción de materias primas y el crecimiento económico no han logrado revertir los niveles de pobreza ni crear los empleos que tanto demandamos. Es más: ante el declive de las condiciones que permitieron reducir la pobreza, existe un fundamentado temor de un nuevo retroceso. Lo dijo claramente George Gray, economista del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): se debe calificar a la gente para nuevos empleos, así como a las empresas para desarrollar nuevos productos, con una mayor calidad, si se pretende continuar con la reducción de la pobreza. 

Hoy, en la economía del conocimiento, hay muchos factores esperanzadores para sociedades jóvenes. En su libro “¡Crear o morir!”, el periodista Andrés Oppenheimer presenta una serie de casos curiosos de emprendedores y creadores que están revolucionando la economía y la forma de pensar en los empleos. Más que sobrevivir en el mercado tradicional, hay un pensamiento que va hacia el trabajo colaborativo -la filosofía hacker-, el desarrollo de ideas, la experimentación y un intento constante por innovar. Se trata de mentes creativas, inquietas, que comparten ideas para desarrollar una tecnología, una aplicación o un nuevo modelo de negocios. Y están generando pequeñas revoluciones que terminarán en un cambio notable en menos tiempo del que se cree. 

Jordi Muñoz es uno de los ejemplos claros de que la innovación cambia realidades: en pocos años pasó de ser un desempleado sin título universitario a convertirse en el presidente de una empresa de drones que está revolucionando la industria aeroespacial. De Tijuana, se fue a Estados Unidos agobiado por la falta de recursos y gracias a sus ideas innovadoras ahora es un referente de los drones comerciales a nivel mundial. Y como Jordi Muñoz hay numerosos ejemplos en el campo de las redes sociales, las tecnologías de la comunicación, las impresoras 3D e incluso la cocina. Los factores comunes : la creatividad y el trabajo colaborativo. 

Dice Oppenheimer que el gran secreto de las mentes creativas para inventar e innovar es rodearse de otros creativos. La pregunta es qué estamos haciendo para incentivar a nuestros talentos, nuestros innovadores y creativos para que sus ideas puedan revolucionar la economía. La creatividad y la innovación son una gran oportunidad frente a nuestros males económicos. ¿Estamos listos para aprovecharlas?


sábado, 18 de julio de 2015

De la escuela primaria a los talentos del futuro

Por Héctor Farina Ojeda (*)

El sociólogo Neil Postman decía que los niños son mensajes vivientes que enviamos a un tiempo que no habremos de ver. A la luz de esta idea, deberíamos reflexionar profundamente sobre qué tipo de futuro nos espera si los niños están en un sistema educativo de poca calidad que no incentiva la formación de talentos ni sienta las bases suficientes para ingresar a la economía del conocimiento. Los datos son contundentes y alarmantes: la educación primaria en México se ubica en el lugar 102 de un total de 124 países estudiados, lo que representa que su calidad no sólo es muy baja sino que está muy alejada de los países de vanguardia, de acuerdo al Reporte de Capital Humano 2015, realizado por el Foro Económico Mundial.

En el estudio se hace referencia a que México ocupa el lugar 58 en cuanto a la capacidad de fomentar el talento, las habilidades y las capacidades de los estudiantes. Y aunque este resultado parece mejor al de la calidad educativa de la primaria, lo cierto es que nos encontramos ante un problema cuyo impacto puede tener magnitudes tremendas: muy lejos de las economías que basan su potencial en la formación de sus talentos, como Finlandia, Noruega, Suiza, Canadá, Japón, Suecia o Dinamarca -que ocupan los primeros lugares en promoción de talentos-, México está rezagado y hasta incubando el atraso al no resolver el problema de la calidad educativa desde sus orígenes. 

Cómo formar y retener talentos, cómo incentivar la innovación, cómo formar cuadros de élite que orienten y construyan economías competitivas basadas en el conocimiento: estas son las preocupaciones que concentran la atención de las naciones desarrolladas. Los recursos humanos se encuentran en el punto clave de la discusión, pues son el fundamento de las economías exitosas. En la era del conocimiento, la construcción de oportunidades se basa en los sistemas educativos, en la formación de la gente y en la capacidad de inventar y reinventar en forma permanente para ajustarse a un mundo en constante cambio. 

Con esta perspectiva, descuidar la calidad de la educación primaria equivale casi a un sabotaje del futuro. Con instrucción precaria, la debilidad puede transformarse en una juventud desorientada, sin vocación y sin la preparación suficiente para acceder a buenos empleos, para emprender o innovar. No debería sorprendernos que en una década haya una proliferación de ninis y que nos encontremos ante una generación que nos reclame por el descuido con el que fueron educados cuando más lo necesitaban. El riesgo no es pequeño: el mensaje que enviamos al futuro puede ser el de una generación perdida y de un bono demográfico desperdiciado. 

Si los países desarrollados promueven y cuidan a sus talentos, México no puede darse el lujo de descuidarlos desde la primaria. Este es un país de talentos, de gente creativa y gran potencial en recursos humanos. Lo que falta es mejorar la calidad de la educación e incentivar el desarrollo de iniciativas, ideas y capacidades.


lunes, 11 de mayo de 2015

Hacia la diversificación y los resultados

Por Héctor Farina Ojeda 

Diversificar la economía mexicana y romper con la peligrosa dependencia del petróleo: este fue uno de los aspectos destacados recientemente por Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, quien se mostró optimista en cuanto a los resultados que podrían traer las reformas en México. El economista no sólo confía en que las reformas estructurales impulsarán la competitividad del país sino que vislumbra la disminución de la desigualdad social, debido a que se logrará reducir los costos de los servicios públicos, incrementar las inversiones y a partir de ello generar empleos y mejorar salarios. 

En este contexto de optimismo, Stiglitz ve en la reforma educativa el factor fundamental para impulsar el crecimiento económico, aunque los resultados se verán en el mediano y largo plazo. Con esta reforma, no sólo vendría una economía más competitiva y diversificada, sino que seguramente una mayor equidad en la distribución de la riqueza al facilitar el acceso de la gente a los mejores empleos. Sin embargo, no es la primera vez que se habla del problema educativo como ancla de la economía, pues aunque abundan los diagnósticos y son conocidas las soluciones, el problema sigue vigente y los buenos resultados en espera.

Detrás del optimismo por la diversificación y de la urgente necesidad de reducir la desigualdad social, hay una serie de trabas y anclas que frenan, limitan y hasta escamotean las buenas intenciones. La informalidad, la burocracia, la corrupción, la inseguridad y la poca transparencia han levantado un muro que parece una frontera entre lo que esperamos mejorar con los esfuerzos económicos y lo que realmente resulta. Como si todas las iniciativas, las reformas o los cambios tuvieran en ese muro su límite, la gran pregunta que deberíamos hacernos es cómo lograr romper con los impedimentos para posicionar ideas y cambiar realidades.

La reinvención de la economía no es sólo una necesidad postergada sino que es una urgencia para atender las desigualdades sociales, para revertir los oprobiosos niveles de pobreza y para pensar en que -¿ahora sí?- los buenos resultados serán equitativos para la gente y no un monopolio de algunos grupos. Y aunque el optimismo de Stiglitz resulte esperanzador, no hay que olvidar que los latinoamericanos somos expertos en sepultar teorías, por lo que no basta con trazar el rumbo y pensar en el destino, sino que hay que prestar especial atención a los obstáculos    del camino. 

Romper con la dependencia del petróleo y buscar una economía más diversa y dinámica es una buena señal. Ahora el reto es construir opciones que contribuyan a reducir la pobreza, tener mejores empleos y distribuir en forma más justa la riqueza. Si vemos a los países que progresan, podemos pensar en la economía del conocimiento, la innovación, la calidad educativa, la tecnología o la ciencia. Lo cierto es que hay que reinventar lo económico en busca de resultados para la gente y no sólo para el poder o los poderosos de turno.

lunes, 20 de abril de 2015

Apoyar iniciativas para fortalecer la economía


Por Héctor Farina Ojeda 

Una de las necesidades permanentemente invocadas en la economía mexicana es la consolidación de un mercado interno que pueda hacerle frente a los vaivenes externos. Para no ser tan vulnerables a los efectos de los precios internacionales, de la coyuntura o de las crisis ajenas, hace falta un dinamismo propio que incentive la generación de riqueza, empleos y oportunidades. Y en este sentido, las micro, pequeñas y medianas empresas representan un sector fundamental no solo para el crecimiento económico en general sino para la diversificación de las opciones de empleo y el fortalecimiento interno.

Mientras 7 de cada 10 empleos formales son generados por las pequeñas y medianas empresas, el 70 por ciento de estas empresas cierra antes de los 5 años y solo el 11% sobrevive durante un periodo de 20 años, según datos de Coparmex. Esto pone de manifiesto una situación curiosa y difícil: las empresas que generan la mayor cantidad de empleos no tienen certeza de mantenerse en el mercado, lo que nos hace pensar en una economía que necesita fortaleza y dinamismo pero que no puede hacer que sus emprendimientos sean sostenibles en el tiempo. Es decir, nacen y crean empleos pero no alcanzan la madurez suficiente para transformar la economía. 

La poca proyección en el tiempo de las pequeñas empresas se parece a la precariedad que se tiene con los grandes ingresos: con una buena coyuntura en el precio del petróleo o en las exportaciones se puede lograr un crecimiento importante, pero no deja de ser un efecto efímero que se agota cuando se acaba el buen momento. Si las iniciativas y emprendimientos traen beneficios, lo ideal es que se mantengan e incrementen y no que en poco tiempo desaparezcan y se pierdan las oportunidades que generaron. 

Hay muchos problemas por revisar para que los emprendimientos sean rentables y se consoliden más allá de periodos fugaces: desde trabajar en la planificación hasta revisar los sistemas de financiamiento y apoyo. Las complicaciones para crear empresas formales también son una limitación para el fortalecimiento del sector: en México la tasa de impuestos que debe pagar una empresa respecto a sus ganancias es de 51 por ciento, casi el doble que en el caso chileno. Si a esto le sumamos las complicaciones burocráticas para abrir un negocio, no debería sorprendernos que la informalidad y la precariedad sean el destino de muchas empresas. Y la informalidad es parte del problema a resolver.

La necesidad de hoy no pasa solo por atender los problemas tradicionales que limitan el desarrollo de pequeñas empresas sino aprender a pensar en forma visionaria, a mediano y largo plazo, sobre la base de la innovación tecnológica y los cambios necesarios para que las iniciativas puedan ser sostenibles en el tiempo y logren una transformación de la economía.  Así como hizo Finlandia con la telefonía celular, desde las universidades deberíamos incentivar el pensamiento estratégico e impulsar ideas innovadoras que se concreten en proyectos, empleos, riqueza y oportunidades. 


lunes, 6 de abril de 2015

El afán por el atraso


Por Héctor Farina Ojeda

Una de las formas de saber hacia dónde va una economía es mirar los presupuestos. Ver en qué invierten, en qué gastan y a qué le apuestan con miras al corto, mediano y largo plazo. Pensar en el futuro económico implica no sólo resolver los conflictos del presente sino establecer las bases para que el día de mañana tengamos algo mejor de lo que tenemos hoy. Y en un mundo de revoluciones y cambios constantes, más que nunca necesitamos planificar qué vamos a hacer para no quedar rezagados y para buscar alternativas que permitan mejorar las condiciones de vida de la gente.

En este sentido, el problema de la caída del precio del petróleo no deja de ser una ironía de la visión económica: anclados en una riqueza natural que se agotará inexorablemente y que en sus oscilaciones golpea presupuestos y proyecciones, pareciera que la visión nostálgica está en el agotamiento  y no en el futuro marcado por la riqueza más importante de los tiempos actuales: el conocimiento. En lugar de que del petróleo hayan salido fondos especiales para invertir en la gente, como hicieron los noruegos, de su bajo precio emergen los recortes a la educación que seguramente significarán que millones de personas no puedan salir de la condición de pobreza y de escasas oportunidades en las que se encuentran. En la riqueza del petróleo, la amenaza de pobreza.

Mientras un estudio revela que más de la mitad de la población mexicana no puede pagar el costo de la canasta básica, la posibilidad del recorte del presupuesto a la educación para 2016 parece decir que no se busca mejorar la productividad, que es, precisamente, lo que hace falta para mejorar los salarios, para recuperar poder adquisitivo y así cubrir necesidades como la canasta básica. Y no es cuestión de México sino es casi un afán latinoamericano en tiempos de crisis: ver el problema y dar el paso atrás en lugar de aprovechar la oportunidad e invertir en el futuro. 

Seguir con la dependencia de las riquezas naturales, del crecimiento económico del vecino, de las remesas o de los precios internacionales de materias primas no traerá el “milagro económico” tan esperado. Al contrario, lo que se requiere es romper la dependencia, dinamizar el mercado interno y que más que un milagro lo que se logre sea una recuperación propiciada por la gente. Y para ello el cambio debe pasar por depender menos de las riquezas naturales y apostar más por el conocimiento, por la formación de la riqueza más codiciada. 

Es el conocimiento el que hoy representa las dos terceras partes de la riqueza que se produce en el mundo. Por ello, el afán debería ser invertir en la construcción de un presente y un futuro más prometedores, vinculados a la posibilidad de posicionarnos en una economía del conocimiento, incentivar la innovación, la ciencia y la tecnología, y darle a la gente la posibilidad de fabricarse sus propias oportunidades y no seguir a expensas de milagros que nunca llegan e injusticias que oprimen, que marginan y que rezagan.