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martes, 10 de septiembre de 2019

El guiño de Slim

Por Héctor Farina Ojeda 

El respaldo del empresario Carlos Slim a los proyectos del presidente Andrés Manuel López Obrador puede entenderse como un guiño o señal hacia la iniciativa privada: si yo invierto, ustedes también deberían hacerlo. En un momento en el que la palabra más invocada en economía es “confianza”, que el hombre más rico de México y uno de los más ricos del mundo aparezca ante las cámaras a decir que confía en los proyectos del gobierno es más que significativo. Y no solamente se quedó ahí sino que pronosticó una mayor actividad económica en 2020 y hasta le dio la razón al presidente en cuanto a que el crecimiento no es lo más importante. 

Con sus contradicciones, Slim restó importancia al crecimiento -ahora que los datos reflejan una economía estancanda- pero se mostró confiado en que hay grandes posibilidades de lograr dicho crecimiento, para lo cual falta invertir en forma masiva para generar actividad económica y empleo. "Eso es lo que como señala el presidente, se está trabajando, en el momento en que se eche a andar ese programa de inversión muy importante, las cosas serán muy diferentes”, dijo el empresario. 

En un contexto complicado, en el cual no sólo cerró el primer semestre del año con crecimiento cero sino que los pronósticos para el siguiente año tampoco son favorables, la recuperación de la confianza es vital para lograr el giro de timón que impulse a la economía. La cancelación de las obras del aeropuerto en Texcoco, los problemas para que dichas obras se realicen en Santa Lucía, las trabas para el arranque de las obras en la refinería de Dos Bocas, así como la lentitud en la proyección del Tren Maya han profundizado la falta de confianza de los empresarios, quienes están deteniendo las inversiones debido a sus temores. 

Frente a la guerra comercial entre Estados Unidos y China, y ante la prolongación de la ratificación del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC), la intención del gobierno de López Obrador es lograr que los inversionistas rompan sus temores y comiencen a soltar el capital. El apoyo de Slim es clave para eso. No sólo porque sus inversiones, siendo el más rico de México, son una señal clara de que hacer negocios en el país es rentable y seguro, sino porque pueden convertirse en la referencia que otros empresarios terminen por imitar. 

El reto grande es claro: recuperar la confianza y hacer que detonen las inversiones. Habrá que ver cuánto invierte el mismo Slim, en qué campos y qué mensajes envía con dichas inversiones. Esto debe sumarse a los 485 mil millones de pesos que invertirá el Gobierno en los próximos meses. Si se logra hacer que los empresarios acompañen la iniciativa, podemos pensar en el fortalecimiento del mercado interno y la recuperación de la economía a pesar de las adversidades internacionales. Si no se convence, seguramente seguirá la incertidumbre y con ello la tendencia al estancamiento. 

No es sólo cuestión de dinero sino de apostar por el desarrollo de un país. Así como pedimos empleos de calidad, también deberíamos esperar inversiones de calidad. El resto vendrá por añadidura. 

Publicado en El Sol de Puebla

martes, 6 de agosto de 2019

El ejemplo aeroespacial



Por Héctor Farina Ojeda

Mientras la economía mexicana se está frenando y todos los pronósticos apuntan a una actividad cada vez más disminuida, la industria aeroespacial tiene un crecimiento constante y acaba de firmar un acuerdo con la Unión Europea para atraer más inversiones. En 2018 las exportaciones de la industria aeroespacial se incrementaron 12.4 por ciento, lo que equivale a 8,600 millones de dólares en ingresos. En pleno auge, la Agencia de la Unión Europea de Seguridad Aérea (EASA) y la Dirección Nacional de la Aeronáutica Civil (EASA) firmaron un acuerdo de trabajo que tiene como uno de sus objetivos que se invierta más en este sector en México. 

No es la primera vez que lo aeroespacial se destaca por su rápido avance en medio de una economía que no crece lo suficiente. Las ventajas de producción, el menor costo y las facilidades para la exportación han favorecido la inversión extranjera y el resultado se nota en el aumento de la producción y la demanda internacional. El año pasado se capacitó a cerca de 10 mil trabajadores, lo que es un claro indicador de que se necesita mano de obra especializada y en actualización permanente para seguir el ritmo de la industria. 

Una de las preguntas que surgen ante este contraste es cómo logra un sector tener un auge y estar en franco crecimiento en un contexto en el que la economía se mueve poco y muchos sectores tradicionales enfrentan la falta de inversión, los recortes y la pérdida de empleos. Una primera respuesta la vemos en la naturaleza del sector: es innovador, en un mercado relativamente joven que se encuentra en fase de expansión, y tiene un capital importante en la tecnología. Utilizar el conocimiento y los avances tecnológicos para producir mejor, bajar costos y sorprender al mercado con nuevos productos es parte de la economía del conocimiento, a la que no todos los sectores han llegado. 

Otro aspecto que marca el contraste es el de la confianza: se invierte, se exporta, se contrata, se crece y se firman acuerdos para apuntalar el desarrollo aeroespacial. El dinamismo propio hace que se pierda el miedo a invertir pese al contexto económico no favorable. El mensaje de fondo es que cuando se apuesta por la innovación y el conocimiento aplicados a un sector es posible convencer a los inversionistas de que están ante una buena oportunidad. Y esto no lo están logrando otros sectores tradicionales de la industria. El mismo sector de la construcción, en donde siempre hay dinamismo, ahora enfrenta una notable disminución de su actividad. 

Pero más allá de un crecimiento que destaca en un entorno complicado y de que su alcance todavía es limitado en cuanto a empleos y distribución de riqueza, el sector aeroespacial nos adelanta grandes desafíos: desarrollar tecnología e impulsar el conocimiento aplicado, capacitar a los trabajadores, así como planificar una educación que impulse a las nuevas generaciones hacia formaciones especializadas, creativas e innovadoras. Si no nos adelantamos en educación, ciencia y tecnología, estos auges serán limitados y temporales. 


Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla

domingo, 13 de enero de 2019

Entre remesas y turismo


Por Héctor Farina Ojeda

Dentro del crecimiento insuficiente de la economía mexicana en 2018 destaca un interesante movimiento interno de distribución de riquezas debido fundamentalmente a dos factores: el récord en las remesas y el repunte en el turismo. De acuerdo a los datos del Banco de México, de enero a noviembre de 2018 las remesas totalizaron 30 mil 557 millones de dólares, con lo que ya superaron la cifra total de 2017, que fue de 30 mil 291 millones de dólares. Y todavía falta la suma de diciembre, el mes del aguinaldo. En tanto en el sector del turismo, el crecimiento estimado fue del 5 por ciento, con ingresos por encima de los 22 mil millones de dólares, según cifras de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco-Servytur).

Los resultados de estos sectores son muy interesantes para el dinamismo interno de la economía debido a su capacidad distributiva: tanto las remesas como el turismo representan ingresos para millones de personas, de distintos segmentos y diferentes regiones. A diferencia de los ingresos de las exportaciones de vehículos, de los ingresos petroleros o de las industrias maquiladoras, el turismo y las remesas no están concentrados en pocas manos, por lo que al llegar a más gente generan un mayor efecto interno en el poder adquisitivo y en el consumo. En una economía tan desigual como la mexicana, que posee un fuerte concentración de riqueza, la lluvia de pequeños ingresos es de mucha bonanza.

Por el lado de las remesas, resulta irónico que en tiempos de proteccionismo en Estados Unidos y con un fuerte discurso antimigrante y a favor de la construcción de un muro, los mexicanos que trabajan del otro lado hayan enviado más dinero que nunca. Ante el temor de perder sus empleos, de las deportaciones o de que el endurecimiento de medidas les dificulte cada vez más ganar un buen dinero, las remesas se aceleraron y llegaron a más de 1.7 millones de familias.

En cuanto al turismo, se espera que para 2019 la bonanza continúe y ello represente un crecimiento de 5.5 por ciento en el sector, así como el arribo de más de 44 millones de turistas extranjeros, con un monto aproximado de ingresos de 23.2 mil millones de dólares. En porcentajes, el turismo duplica al promedio de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), en tanto genera empleos directos e indirectos para 10 millones de personas. Lo más importante del turismo es que sus ingresos alcanzan a sectores tan diversos como los hoteleros, las compañías aéreas, los restaurantes, el comercio formal y el informal, los microempresarios, pequeños vendedores, etc.

Sin embargo, todavía estamos lejos de un aprovechamiento integral de las bondades de estos sectores: las remesas no son una panacea y en muchos casos apenas sirven para la sobrevivencia. Son una oportunidad momentánea que hay que invertir correctamente. Y en el caso del turismo, tanto la inseguridad como la corrupción son un fuerte desincentivo y pueden afectar a los ingresos y los empleos. Necesitamos cuidar los ingresos distributivos y aprender a invertir mejor.

Publicado en El Sol de Puebla

lunes, 21 de noviembre de 2016

La posverdad y su turbulencia

Por Héctor Farina Ojeda 

El Diccionario Oxford eligió recientemente a la “posverdad” como la palabra del año, como una forma de reconocer al neologismo que intenta explicar lo ocurrido en situaciones como el Brexit o el triunfo de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. Dice el diccionario que la posverdad se refiere a “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Es decir, el posicionamiento de un discurso que apele a lo emotivo, a exacerbar los ánimos y acicatear creencias genera más consistencia que lo concreto, que la verdad misma. 

Ya muchos califican a Trump como el político de la posverdad: con un discurso anclado en la exacerbación, el populismo y los ataques desmedidos, sus palabras generan reacciones aunque se traten de agresiones sin sentido, de promesas imposibles y de mentiras gratuitas posteriormente desmentidas. Aunque lejos de los hechos objetivos, sus alocuciones al muro, a la cancelación de acuerdos comerciales, a represalias y deportaciones masivas de migrantes, así como a la influencia para evitar que una fábrica automotriz se instale en México, no sólo han generado reacciones en el mercado financiero y el ánimo de la gente, sino que son una amenaza permanente para la confianza en la economía mexicana. 

La depreciación del peso frente al dólar y el nerviosismo en el mercado financiero son sólo algunos síntomas del golpe a la confianza. La posverdad impulsada por lo que pudiera hacer el gobierno de Trump en cuanto a relaciones comerciales, empleo para migrantes y radicación de empresas -entre otros temas- genera mucha incertidumbre en los sectores económicos y podría retrasar proyectos, inversiones y hasta el consumo. Y esto se da justo cuando se están recortando las expectativas de crecimiento para el siguiente año y cuando se requiere de un incremento en la inversión productiva para generar más empleos. Toda una turbulencia en medio de la incertidumbre y la posverdad.

La verdadera capacidad de la economía mexicana para hacerle frente a las eventualidades de la era Trump está en entredicho: ¿qué tanta fortaleza tiene para crecer pese a las adversidades externas? Más que nunca, se requiere potenciar los motores económicos internos para ganar la confianza y mantener la proyección en medio del discurso de la posverdad que ya está generando especulación, miedo e incertidumbre, y que puede ahuyentar inversiones, frenar emprendimientos y limitar el consumo. Ante una inminente guerra a la confianza, no basta con salir a desmentir todos los días, sino que la propia fortaleza será la mejor defensa.

Hay que actuar rápido para mejorar la competitividad, romper la dependencia de un sólo mercado y potenciar la capacidad de la gente para emprender y producir. Es tiempo de invertir en forma estratégica en la infraestructura y el conocimiento, en obras que generen empleos y en la innovación. Con sólo especular que nada pasará no le ganaremos a la posverdad. Hay que construir confianza. 

domingo, 20 de noviembre de 2016

Reinsertarse en el mercado laboral

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Como en las peores pesadillas del bolsillo, la victoria de Donald Trump desató una serie de miedos, especulaciones y angustia sobre lo que puede ocurrir en el ámbito económico. Al temor de que reniegue de acuerdos y cumpla con muchas de sus amenazas, sobre todo las que afectan a los migrantes, sus empleos, ingresos y remesas, se sumaron las dudas sobre la real capacidad de reacción que se tiene para enfrentar las contingencias. Y en este sentido, una de las interrogantes es qué se podría hacer para recibir a los paisanos si llegaran a ser repatriados.  

La cuestión apunta a saber si la economía tiene las condiciones para enfrentar un regreso masivo de los que tuvieron que irse a trabajar del otro lado. Precisamente, hace algunos días los representantes del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y la Secretaría de Gobernación anunciaron que apoyarán a los repatriados por el gobierno estadounidense, para que puedan reinsertarse en el mercado laboral. El objetivo es que los repatriados se vinculen al sector empresarial y puedan obtener empleo en sus lugares de origen. 

La propuesta, desde luego, resulta interesante pero suena a contingencia. Si consideramos que uno de los principales problemas de la economía mexicana es la generación de empleos -ya que han sido insuficientes para atender la demanda en los últimos años-, así como que los salarios son los más bajos de Latinoamérica, entonces tenemos un escenario poco propicio para una repatriación laboral exitosa. Y más aún: el pronóstico de crecimiento ya era bastante moderado antes de la victoria de Trump, por lo que ahora se teme un recorte en las expectativas, lo cual implica directamente menos empleos, justo en el momento en el que se incrementaría la demanda si se dan las repatriaciones. 

Desde hace años el mercado laboral formal no ha generado los suficientes empleos para atender la demanda de los 1.2 millones de jóvenes al año que buscan una oportunidad. Y como prueba de ello, la informalidad representa el 60 por ciento de la economía y se ha convertido en el refugio de millones de personas que aceptan trabajar sin seguro, sin prestaciones y sin certezas de futuro. Estamos en un escenario complicado, con oportunidades insuficientes y mal pagadas, en un contexto de pobreza y mucha necesidad. 

No tengo dudas de que se puede apoyar la reinserción laboral. Pero detrás de la contingencia hay problemas de fondo que requieren soluciones urgentes: generar más empleos y mejorar la calidad de las contrataciones y los ingresos. Y para lograr esto, necesitamos hacer crecer la economía y darle a los ciudadanos la oportunidad de emprender, innovar y acceder a puestos bien remunerados. No se trata de considerar a las personas como mano de obra por explotar, sino como una gran oportunidad de reinventar la economía desde dentro, con sus ideas, propuestas e innovaciones. 

Antes que planes de contingencia, tenemos que reinventar el mercado laboral. Y eso sólo será posible si primero invertimos en la capacidad de la gente. 

(*) Periodista y profesor universitario

Doctor en Ciencias Sociales

Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla., México. 

martes, 8 de noviembre de 2016

Frente a las eventualidades


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La economía mexicana se encuentra preparada para hacerle frente a cualquier eventualidad internacional. Esto lo dijo el secretario de Hacienda, José Antonio Meade, basado en la solidez macroeconómica, en las finanzas sanas, en la confianza y en las reformas estructurales, así como en el crecimiento pese a las adversidades. El posicionamiento se da en un momento de incertidumbre por los resultados en las elecciones de Estados Unidos y sus posibles efectos. 

No cabe duda de que México tiene la capacidad de aguantar. Lo ha hecho siempre. Así como resistió la caída de la economía en 1994 y la crisis de 2009, no sería raro que pueda enfrentar cualquier nuevo golpe. El problema no radica en el poder de resistir frente a los factores externos, sino que a nivel interno ya se ha aguantado demasiado sin que lleguen mejorías para un enorme sector de la población. Luego de cada crisis, siempre hay una recuperación, aunque en el caso mexicano ello equivale a decir que se vuelve a la misma situación de precariedad que se tenía antes. Por eso se suceden las eventualidades y los efectos adversos, pero se mantienen los niveles de pobreza, los bajos salarios y la desigualdad. 

Claro que habrá efectos económicos luego de las elecciones, independientemente del ganador. Y es claro que en un mundo globalizado, con economías interrelacionadas y dependientes, seguirán las amenazas, los golpes directos y los efectos colaterales. La cuestión es que ya no basta con políticas macroeconómicas que logren estabilidad frente a eventualidades externas, pues son las internas las que más daño hacen: 60 millones de personas en situación de pobreza, 11 millones en pobreza extrema, 32 millones de mexicanos con rezago educativo, 7 millones de ninis -jóvenes que ni estudian ni trabajan- y una marcada insuficiencia para atender la necesidad de los niños y jóvenes. 

Preparados ante lo eventual pero desprotegidos frente a lo estructural, la educación sigue con una deuda de calidad, la salud sufre porque no llega a todos, la inversión social no alcanza y la ciencia y la tecnología siguen relegadas a planos secundarios o terciarios. Lo macroeconómico y sus bonanzas no han descendido a la pequeña economía, a los millones de pobres que necesitan un buen empleo, un crédito o tan siquiera una oportunidad para mejorar. Como si se tratara de construir muros y parapetos que nos protejan de ataques externos, al mismo tiempo de descuidar nuestros males intestinos, nuestras carencias propias y nuestras debilidades.

En el contexto actual, el gran desafío es que la fortaleza frente a las eventualidades provenga de la capacidad de la gente y no solo de grandes indicadores divorciados de la población. Si tuviéramos menos pobres, menos jóvenes sin educación y menos corrupción, seguramente tendríamos una economía más sólida. Las eventualidades externas siempre existirán y no podemos controlarlas; lo que podemos es fortalecernos desde dentro. Y eso se logra invirtiendo en la gente. 

(*) Periodista y profesor universitario 

Doctor en Ciencias Sociales

Publicado en la edición impresa de El Sol de Puebla, de México. 

lunes, 7 de noviembre de 2016

La historia interminable

Como en el título de la novela de Michael Ende, la recuperación de la economía mexicana parece interminable. Y no me refiero a la situación dada a partir de la gran crisis de 2009, sino a un periodo mucho más amplio que puede cubrir décadas de espera: en cuanto a crecimiento, empleo, buenos salarios, y oportunidades en general que contribuyan a minimizar la pobreza que divide al país. Más en los discursos que en los indicadores, la recuperación siempre está presente como la gran esperanza, como el golpe de timón que hace falta. Pero cada vez se parece más a una situación fantástica en la que siempre está llegando, sin que llegue para todos y sin que termine de llegar. 

En las últimas tres décadas el crecimiento ha sido muy modesto -del 2 por ciento anual en promedio-, en tanto en los dos años recientes se tuvo una tendencia a la baja en el largo plazo, de acuerdo a los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Todo apunta a que la recuperación se extenderá en el tiempo, con lo que seguimos postergando la atención a las urgentes necesidades sociales. Con repuntes raquíticos, con riquezas que no llegan a todos, con un estancamiento en los salarios de la clase media y con una pérdida del poder adquisitivo, no se vislumbra un giro copernicano hacia una economía que crezca en niveles importantes. 

Ante la incertidumbre de lo que pasará con la economía estadounidense luego de las elecciones y en vistas de la gran dependencia que se tiene del vecino, la gran pregunta es qué medidas y estrategias se implementarán para los siguientes años, ya que la estabilidad y el control de los grandes indicadores no es suficiente. ¿Vamos hacia una economía del conocimiento o nos parapetamos en las manufacturas? ¿Buscamos la diversificación de los mercados o seguimos confiando en las exportaciones a Estados Unidos?¿Nos arriesgamos con alguna estrategia innovadora o esperamos que todo esté bien?

La lentitud de los resultados de las reformas es un sólo un síntoma más de un malestar endémico: los cambios no terminan por traducirse en beneficios para la gente, ni en lo económico ni en lo educativo. Pero lo más preocupante es que no es raro que sea así, pues con una economía poco competitiva, poco productiva y con una fuerza laboral descuidada en su educación y castigada en el mercado laboral, es de esperar que la fragilidad, la lentitud y la precariedad limiten cualquier tipo de maniobra en un mundo acelerado. 


En medio de una crisis tras otra, parece que seguimos viendo el riesgo y no la oportunidad. Con el viejo esquema de la mano de obra barata y los modelos industriales no llegaremos lejos en una economía que depende cada vez más del conocimiento aplicado. Es tiempo de un giro trascendente, de un salto hacia nuevos horizontes económicos. Si de todos modos la recuperación no termina de llegar y los problemas siguen intactos, ¿por qué no acelerar el paso hacia la innovación, el emprendimiento, la ciencia y la tecnología? Lo cierto es que hay que cambiar o nos irá igual o peor. 

lunes, 8 de agosto de 2016

¿Satisfechos y felices ?

Por Héctor Farina Ojeda 

Un curioso estudio dio cuenta de que México es el segundo país con los trabajadores más satisfechos del mundo. De acuerdo con el Barómetro Edenred-Ipsos, que mide la satisfacción de los trabajadores, el 81 por ciento, es decir 8 de cada 10 mexicanos, tiene una actitud positiva con respecto a su trabajo, en tanto los más satisfechos son los indios, con 88 por ciento, y los más inconformes son los japoneses, con 44 por ciento. Todo esto, a partir de una encuesta en la que se evaluó el bienestar de los trabajadores, considerando factores relacionados con el empleo. No es la primera vez que aparecen resultados similares, aunque también hay que considerar otros informes que dan cuenta de lo contrario: una enorme insatisfacción con la situación laboral. 

Pero, en un escenario de contradicciones, no debe sorprender que la noticia de que México es el segundo país más feliz del mundo haya aparecido en sentido contrario a informaciones mediáticas que dan cuenta de los problemas sociales, económicos y de toda índole. Y tampoco debería sorprendernos que la felicidad y la satisfacción laboral se den al mismo tiempo que cae la confianza en la economía. Es decir, no creen que la situación económica en el siguiente año mejore pero hay satisfacción con el empleo y, sobre todo, hay felicidad. Como si se tuvieran las condiciones ideales para estar conformes, como si la economía y la calidad de vida fueran las que necesitamos. 

Obviamente, la situación dista mucho de un mundo feliz. Más allá de las contradicciones que presentan los resultados -combinados como una provocación-, nos encontramos frente a problemas recurrentes que no se han podido resolver en beneficio de la gente. Tanto el crecimiento mediocre del PIB como la insuficiente generación de empleos, los salarios bajos, la desigualdad, la exclusión y la endémica pobreza no son motivos para la felicidad ni la satisfacción. Ni mucho menos para caer en una de las peores formas de claudicación: el conformismo. 

No puede haber conformismo cuando se tienen los salarios más bajos de América Latina, con una informalidad del 60 por ciento y con una generación de empleo que sólo alcanza para atender la mitad de la demanda anual. Lograr un trabajador satisfecho no puede ser el resultado del país en el que más horas trabajan, producen menos, ganan menos y encima son los que padecen más estrés. Definitivamente algo estamos haciendo mal o algo estamos dejando de hacer para que no podamos combatir con éxito las precariedades del mercado laboral. 

Un riesgo grande es confundir una felicidad aparente o una satisfacción aparente con el conformismo, con la resignación ante una crisis permanente, como una forma de encontrar “alegría” en lo poco que se logra, en el entendido de que no se puede cambiar mucho y que siempre será mejor lo “menos peor”. 

En tiempos en los que necesitamos emprender, innovar y reinventar la economía, conformarnos con lo que hay, e incluso jactarnos de la felicidad, puede ser una tragedia. Es tiempo de cambios, no de conformismo. 

   




martes, 12 de julio de 2016

Precios, control y pobres

Una de las noticias que recorrieron distintos medios informativos en esta semana fue la de la inflación. Se destaca que en el mes de junio llegó a 2.54 por ciento anual, con lo que desde hace poco más de un año se ha logrado la meta de tener “controlada” la inflación, es decir, la suba generalizada de los precios de los productos de la canasta básica. A pesar de que los recientes aumentos en la gasolina y en la energía eléctrica encienden señales de alerta, hasta ahora los datos señalan que los precios en general no han rebasado los límites establecidos en la política económica del gobierno. 

Sin embargo, que las cifras oficiales de la inflación sean moderadas no quiere decir que no se perciba un encarecimiento del costo de vida, sobre todo porque el poder adquisitivo de las personas no ha mejorado. Mientras más de 60 millones de personas viven en condición de pobreza, en medio de un mercado laboral precario y con salarios bajos, una inflación controlada es una buena noticia relativa, porque en realidad no hay mejores condiciones para atender las necesidades básicas. Y es una buena noticia sólo porque hay conciencia de que podría ser peor. 

Dicen que la inflación es el impuesto a los pobres, porque estos no tienen cómo defenderse de una suba de precios, por mínima que sea. Para quien no tiene recursos, el incremento de un peso en la tortilla, la leche o el aguacate golpea directamente en su calidad de vida. Si ya vivir en la precariedad es un castigo enorme, cualquier suba es un golpe que se suma a la tunda diaria. Y esto lo podemos pensar a la luz de millones de hogares que todos los días padecen por falta de recursos, de alimentos y de lo más elemental que podamos imaginar. 

México tiene problemas de pobreza, de empleos y de salarios. Y si pensamos en familias pobres que no pueden conseguir trabajo o consiguen ocupaciones mal pagadas, tenemos que el poder adquisitivo difícilmente puede mejorar, por lo que todos los ingresos tienen como objetivo principal la sobrevivencia. Con una situación como esta es complicado pensar en invertir en la educación de los hijos, en emprender un proyecto o en ahorrar con miras a la vejez. Estamos ante una sociedad de ingresos limitados y de una pérdida constante del poder adquisitivo, por lo que una inflación moderada no alcanza si no se toman medidas que devuelvan a la gente su capacidad de conseguir lo que necesita. 

Si no se hace algo para acompañar esta coyuntura de precios no desatados, no cambiará en nada la situación de millones de personas que de todas maneras no pueden adquirir lo mínimo. Lo que se requiere es recuperar el poder adquisitivo, lo cual sólo será posible si mejoramos la calidad de los ingresos y la formación de los jóvenes para poder emprender y romper con los paradigmas del mercado. Deberíamos apostar, desde lo público y lo privado, por una inversión estratégica en quienes más lo necesitan: en su educación, su salud y sus posibilidades de construir algo diferente a la pobreza.

Publicado la edición impresa de El Sol de Puebla y en Reeditor.com 

Explotados, con estrés y malos salarios

Como en una metáfora de un mundo al revés, en un país que necesita generar empleos y construir oportunidades para mejorar la calidad de vida se combinan factores que pintan un cuadro casi inverosímil: los mexicanos son los que más horas trabajan al año, los más estresados y los que tienen los salarios más bajos. Eso sin entrar en detalles sobre la precariedad laboral, la falta de prestaciones y seguro social o los elevados niveles de pobreza que parecen un castigo sumado a una maldición. En un país de talento y creatividad abundantes, con una generación de jóvenes que merecen grandes oportunidades, tenemos un mercado que ofrece empleo insuficiente y de baja calidad. 

Un informe reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) señala que México es el país en el que se trabaja más horas al año: dos mil 246 horas por trabajador. El estudio abarcó a 38 países, entre los cuales sobresalen los trabajadores mexicanos por laborar más horas, frente a los trabajadores de países como Alemania, en donde las horas laborales son mil 371 al año. Pero el resultado de trabajar más no implica mayor productividad ni mucho menos un reconocimiento merecido, sino que el estrés -con todos los males que conlleva- y los malos salarios son el corolario del esfuerzo. 

Ciertamente, tenemos un claro problema de productividad. Y esto no deviene únicamente de las precariedades y condiciones leoninas del mercado laboral sino de una formación de escasa calidad que nos lleva a no tener los conocimientos, competencias y habilidades suficientes para producir más y mejor sin tanto desgaste. Estamos cosechando nuestra propia siembra, con la idea equivocada de que la ganancia proviene de la explotación de la mano de obra y no de la educación, las ideas y la formación de las personas. Absurdo como esperar grandes frutos de un árbol al que no se cuidó y se lo dejó a merced de su suerte. 

Detrás de la baja productividad y de muchos de los males de la precariedad, deberíamos ver las carencias educativas, la exclusión que sufren millones de niños y jóvenes, y la mala calidad con la que se enseña. Es imposible pensar en generaciones que puedan enfrentar el salvajismo del mercado laboral si no les damos la formación que necesitan. Cuando un joven no estudia, no recibe educación de calidad y no se lo prepara para un mercado inestable, cambiante y exigente, difícilmente podemos evitar que termine siendo explotado en un empleo precario, con ingresos bajos y con escasa posibilidad de cambiar de escenario. 


No debería ser así. No se debe esperar que los jóvenes lleguen al mercado para ser explotados ni para exigirles cosas para las cuales no fueron formados. Lo que necesitamos es reinventar la economía, aprender a innovar y a emprender por encima de las malas condiciones que el mercado nos ofrece ahora. No es casualidad que los países que más invierten en la formación de su gente gocen de mejor calidad de vida. Apostemos por la formación, contra la explotación, el estrés y la miseria. 

lunes, 21 de diciembre de 2015

La desigualdad más allá del ingreso

Por Héctor Farina Ojeda 

La profunda desigualdad en México es uno de los problemas más graves a la hora de pensar en la construcción de un futuro económico. Pero no se trata sólo de una desigualdad de ingresos, con datos que periódicamente presentan los estudios realizados por diferentes organismos, sino de una sociedad desigual en donde los privilegios y las exclusiones han trascendido a esferas de la vida que no deberían verse afectadas por un mayor o menor ingreso monetario. Desde la oportunidad de recibir una buena educación o una buena salud, hasta los empleos y los salarios están marcados por una matriz de desigualdad que cierra puertas y abre abismos entre ricos y pobres.

Hace unos días, un estudio denominado “Desigualdad Extrema en México: Concentración del Poder Económico y Político”, presentado por Oxfam México, dio cuenta de que el país se encuentra dentro del 25 por ciento de los países que tienen la mayor desigualdad en el mundo. Menos del 1 por ciento de la población mexicana concentra el 43 por ciento de la riqueza, en tanto el 10 por ciento de los trabajadores mejores pagados gana 30 veces más que el 10 por ciento que menos percibe. Y como muestra del abismo que divide a un país: la riqueza de 4 multimillonarios equivale al 9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), en tanto hay 61 millones de personas que viven en la pobreza. 

Más allá de los números y de la cuestión del ingreso, la desigualdad se agudiza en cuanto a oportunidades laborales, acceso a la educación, salud y calidad de vida. De la desigualdad de ingresos que condena a gran parte de la población en una economía de mercado se ha trascendido a las marcadas diferencias sociales en lo que el filósofo Michael Sandel denomina “una sociedad de mercado”, en donde hay cosas que el dinero compra y que no debería comprar. De la diferencia de ingresos salen desigualdades en cuanto a la aplicación de la ley, al derecho a la salud o simplemente a la necesidad de gozar de un buen entretenimiento. En sociedades desiguales en las que todo se vende y se compra, ir al hospital, a una buena función de teatro o exigir el derecho laboral pueden ser una utopía para quienes no pueden pagar.

Además de vivir en condiciones desiguales, la imposición de reglas de juego que propician más desigualdad es un serio riesgo para el futuro económico: mientras las oportunidades de acceso a un buen empleo o a una buena educación se basen en un sistema de privilegios que premia a los que pueden pagar, corromper o ser apadrinados a cambio de “favores”, difícilmente se podría aspirar a una sociedad menos desigual. El futuro económico no puede construirse sobre la base de la exclusión, la marginación y el ensanchamiento escandaloso de la brecha entre las condiciones de vida de unos pocos ricos y millones de personas que sobreviven en la pobreza.

¿Qué futuro económico nos espera si seguimos inflando la desigualdad en la sociedad? Seguramente, ninguno bueno. O simplemente ninguno. Si queremos un buen futuro, en lugar de excluir, hay que darle oportunidades a la gente.

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio “Economía empática” de la sección Negocios. Ver original aquí:

domingo, 18 de octubre de 2015

Empleos de calidad

Por Héctor Farina Ojeda 

Conseguir un empleo ya no es solo una oportunidad sino un desafío. La generación de empleos en las últimas décadas ha sido insuficiente, en consonancia con el crecimiento económico mediocre, pero no sólo hay un problema de cantidad sino fundamentalmente de calidad: hay una marcada tendencia hacia la precarización del trabajo, con salarios bajos que no sólo no garantizan ingresos suficientes sino que casi aseguran la permanencia en la condición de pobreza. Sin prestaciones, sin posibilidades reales de crecimiento y bajo la amenaza latente de que el despido podría ser mucho peor que un mal trabajo, una buena parte de la ciudadanía debe conformarse con encontrar un espacio de sobrevivencia dentro del mercado laboral. 

A la dificultad de conseguir un empleo debemos añadirle que los salarios en México son de los más bajos de América Latina, según datos del Banco Mundial. En otras palabras, para un país que tiene a cerca de la mitad de la población en situación de pobreza, el empleo no es una alternativa suficiente, pues los bajos ingresos que perciben los trabajadores no alcanzan para que mejoren su condición de vida. Como si los indicadores se hubieran puesto de acuerdo para sellar una unidad viciosa, el crecimiento no alcanza, los empleos son insuficientes, la pobreza se mantiene y los salarios se devalúan.  

Si bien ha habido un auge importante en varios sectores, como las maquiladoras, las ensambladoras de autos, la industria electrónica o el turismo, los beneficios no alcanzan a revertir los indicadores de pobreza. Como alternativa a un mercado laboral formal sobrepasado, la informalidad se ha convertido en el principal destino de las personas que buscan empleo. Y en un mercado informal, lo último que se podría hacer es buscar es seguridad o estabilidad. Todo es efímero y precario, dependiente y arriesgado. 

Hay dos momentos en los que debemos pensar con miras a atender el problema del empleo: la situación actual, en la que urgen los puestos de calidad para atender las necesidades de una población empobrecida; y el mediano y largo plazo, lo que implica repensar la forma en que vemos el trabajo y las formas tradicionales que teníamos de prepararnos.

Para atender el problema actual se debe facilitar la creación de empresas, lo cual puede incentivarse mediante una reducción de la burocracia y de los impuestos, así como con un sistema de créditos que premie a los emprendedores y los innovadores, sobre todo cuando son pequeños empresarios. Debemos incentivar a los que emprenden y no condenarlos a quedar en la informalidad, a merced de la usura y la precariedad.

Pero para el mediano y largo plazo hay que revolucionar desde las bases, desde la formación innovadora. Si el problema de hoy es conseguir un empleo bueno, el problema de mañana será inventar un empleo bueno. Estamos ante la decadencia de un mercado que nos ofrecía trabajo y ante la emergencia de uno que nos pregunta qué trabajo le ofreceremos. La reinvención del empleo es una necesidad demasiado importante como para sentarnos a esperar que el mercado se haga cargo. Es cosa nuestra.

sábado, 17 de octubre de 2015

Las industrias del futuro

Por Héctor Farina Ojeda 

Uno de los sectores con más auge y con más proyección en la economía mexicana es el de la industria aeroespacial. Con un incremento del 15 por ciento anual en las exportaciones de 2006 a 2014, con la generación de 45 mil empleos especializados en el sector y con un enorme poder de atracción para las inversiones extranjeras, esta industria está marcando pauta de cómo crecer e innovar en medio de una economía estancada. Solamente en 2014 el monto de las exportaciones fue de 6.3 mil millones de dólares, en tanto se espera que en 2015 la cifra supere los 7 mil millones de dólares, según datos de la Federación Mexicana de la Industria Aeroespacial (FEMIA). 

Los buenos resultados en el sector son referenciales, a tal punto que en Chihuahua lo consideran como un caso de éxito nacional: inversiones millonarias, radicación de importantes empresas aeroespaciales, más de 45 plantas de manufactura y más de 15 mil empleos directos en este estado hablan claramente del crecimiento de la industria. Las inversiones fluyen, las exportaciones se incrementan y se generan empleos especializados directos e indirectos. Esto es lo que se espera de cualquier sector económico, aunque en el contexto actual lo aeroespacial es un ejemplo de contracorriente. 

Pero no sólo es un ejemplo interno sino que los logros trascienden al gran mercado: las exportaciones de productos aeronáuticos de México a Estados Unidos superan a países como Brasil, China e Israel. En tanto, de acuerdo con la FEMIA, el ritmo de crecimiento de las exportaciones mexicanas es superior a países como Singapur e India. Sólo este último dato basta para pintar la magnitud de la industria: por encima de los grandes referentes de la innovación, de la ciencia y la tecnología, que no sólo cuentan con empresas de vanguardia sino que invierten mucho más en la generación y aplicación de conocimiento. 

Los números de la industria aeroespacial de México representan una provocación para todos los sectores que se han estancado y requieren un cambio. Estamos ante un giro obligado hacia la economía del conocimiento y hacia las industrias innovadoras basadas en ideas y conocimiento aplicado, por lo que tenemos que pensar rápido y actuar con precisión para construir una economía más visionaria y más justa. Las industrias del futuro dependen de las buenas ideas, la buena preparación y la capacidad de aplicar conocimiento para proponer soluciones originales. 

Y algo que debe quedarnos claro es que innovar e inventar no son una cuestión de genios aislados en algún laboratorio, sino que el trabajo colaborativo, compartir ideas y experimentos están revolucionando muchos sectores de la industria y los servicios. La ética hacker y la revolución informática, el movimiento maker y las impresoras 3D, los drones comerciales, las aplicaciones que facilitan la vida desde un teléfono y el impresionante futuro que nos espera con “el Internet de las cosas” son ejemplos de que más allá de la crisis de la economía tradicional, hay mucho auge, mucha riqueza y mucho mundo por construir.


La urgencia del cambio económico

Por Héctor Farina Ojeda 

El interminable vaivén de la economía mexicana nos ha acostumbrado a que los números se repitan, que las tendencias se mantengan o que no importen los cambios coyunturales, pues la situación siempre vuelve a pintar un panorama en el que cerca de la mitad de la población se mantienen en situación de pobreza, con empleos insuficientes y salarios deficientes, y con esa sensación de que algo estamos haciendo mal para no encontrar el punto de inflexión en esta historia. Con décadas de crecimiento mediocre, con profundas deudas sociales y con la eterna  promesa del cambio, ¿qué se necesita realmente para pasar de la crisis a la tierra de oportunidades?

En la década pasada, tras analizar por qué la economía mexicana hacía bien los deberes pero obtenía resultados mediocres en comparación con otros países, el resultado fue que la baja calidad educativa anclaba las posibilidades de cambio al no dar la oportunidad de innovar y de ajustarse a los requerimientos de un mundo competitivo. Ahora, mientras las estimaciones de organismos nacionales e internacionales advierten que la economía se está frenando, y al mismo tiempo en que la desconfianza se encuentra en un punto crítico, los informes nos muestran un panorama ya conocido: con una educación primaria reprobada y con un sistema educativo que mantiene graves carencias. En otras palabras, es normal que no haya cambios en la economía de la gente si no hay cambios en la formación de la gente. 

Si sabemos que el crecimiento es insuficiente, los empleos no alcanzan, los salarios son bajos, la educación falla, la corrupción nos empobrece y todo ello es un freno para mejorar la calidad de vida, ¿qué debemos hacer para pasar de una situación endémica a una situación de renovación, de mejoría? La pregunta parece general pero no lo es: el caso mexicano es curioso y quizás irrepetible, por lo que las ideas deben pensarse en función de particularidades y excepciones. México es, seguramente, el país latinoamericano que más ha diagnosticado y más conoce la pobreza, desde todos los ángulos y dimensiones, pero parece no saber cómo aplicar una solución efectiva, de las tantas que se recitan. 

Hay ejemplos impresionantes de países que emergieron de la pobreza para convertirse en ricos. Singapur lo hizo mediante la educación, Finlandia gracias a la ciencia y la tecnología; Noruega usó la riqueza del petróleo para educar a su gente, Taiwán repatrió a sus mejores cerebros, en tanto Israel y Corea del Sur -entre otros- se basan en la invención y en el avance de la ciencia y la tecnología. En tiempos de conocimiento, los recursos naturales de los que dependen casi todos los países latinoamericanos ya no son suficientes para generar riqueza y prosperidad. Entonces, ¿cuál debe ser la estrategia mexicana y qué condiciones se requieren para implementarla?

Ya no es una novedad que la economía debe cambiar, pero falta definir qué se requiere para marcar un punto de cambio y dejar atrás todo lo que no sirve. ¿Qué hacemos para prepararnos y para dar el gran salto?  


Del trabajo a la productividad

Por Héctor Farina Ojeda 

Un reciente informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) puso el dedo en la llaga en uno de los graves problemas de la economía mexicana: la productividad. De los 34 países que forman parte de este organismo, México tiene el nivel de productividad laboral más bajo, debido a dos problemas de los que se ha hablado mucho pero se ha resuelto poco: la mala preparación de los trabajadores y la baja calidad educativa. Mientras que México obtuvo un puntaje de 20 en una escala de 100, el promedio de los países miembros de la OCDE es más del doble: 50 puntos. 

Los datos del estudio son contundentes: sólo el 18 por ciento de la población mexicana tiene estudios superiores frente al 32 por ciento del promedio de los demás países de la OCDE. Esto nos habla de trabajadores con bajo nivel de competencia, sin la preparación adecuada y que por lo tanto no alcanzan los niveles de productividad y eficiencia de trabajadores de países como Luxemburgo, Noruega, Bélgica o Estados Unidos, que ocupan los primeros lugares. Además, en muchos de los casos los trabajadores no ocupan los empleos para los cuales tienen estudios, sino que trabajan en lo que encuentran. 

Esta situación no es casualidad. No podemos esperar otra cosa si recordamos que hace apenas unas semanas el Foro Económico Mundial señaló que la educación primaria mexicana tiene muy poca calidad, lo que nos dice que el descuido hacia los recursos humanos es de origen. Hasta parece una gran ironía que los mexicanos trabajen más que los europeos, pero produzcan menos, ganen menos y vivan a merced de la precariedad y la pobreza. 

A los problemas de la educación y la escasa inversión en los recursos humanos hay que sumarle el divorcio entre la formación universitaria y el mercado laboral, así como la situación peculiar de un sistema de privilegios en donde no se contrata al más idóneo sino al amigo, compadre o al que simplemente hizo un “favor” que será recompensado con un puesto de trabajo en el que no sólo no será productivo sino será perjudicial. En un contexto en el que no se forma ni se contrata sobre la base de la idoneidad, no debería sorprendernos que tengamos baja productividad laboral, salarios injustos y mucha gente que trabaja en exceso pero no gana lo suficiente.    

El problema es bastante complejo pero hay ideas que podemos implementar en busca de soluciones. Deberíamos preguntarnos cuáles son las competencias y habilidades que necesitamos con miras a incorporarnos a la economía del conocimiento, así como pensar cómo innovar, cómo emprender y cómo evitar repetir el modelo en el que se pasa de ser desempleado a tener un trabajo mal pagado y con pocas expectativas de mejoría.

El economista Jeremy Rifkin dice que para hacerle frente a un mercado laboral tan inestable y cambiante tenemos que desarrollar más habilidades y más conocimientos. Si el problema está en los recursos humanos. ¿qué esperan para invertir en ellos y prepararlos como se debe? 


Mentes creativas

Por Héctor Farina Ojeda 

Como nunca antes, vivimos en tiempos de ideas, de innovación y de revoluciones tecnológicas que rompen paradigmas y modelos. En forma acelerada, los inventos, los avances de la ciencia, la tecnología y los descubrimientos en campos tan diversos como la medicina o la robótica dan cuenta de que estamos ante una nueva era en la que debemos aprender a reinventar nuestra economía, nuestra formación y nuestra manera de comprender el mundo. Pero frente a esta ventana visionaria, el atraso y los problemas endémicos nos enrostran una realidad que no hemos podido cambiar: hay 134 millones de pobres en América Latina y 200 millones de personas en condición de vulnerabilidad. 

El buen momento de la producción de materias primas y el crecimiento económico no han logrado revertir los niveles de pobreza ni crear los empleos que tanto demandamos. Es más: ante el declive de las condiciones que permitieron reducir la pobreza, existe un fundamentado temor de un nuevo retroceso. Lo dijo claramente George Gray, economista del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): se debe calificar a la gente para nuevos empleos, así como a las empresas para desarrollar nuevos productos, con una mayor calidad, si se pretende continuar con la reducción de la pobreza. 

Hoy, en la economía del conocimiento, hay muchos factores esperanzadores para sociedades jóvenes. En su libro “¡Crear o morir!”, el periodista Andrés Oppenheimer presenta una serie de casos curiosos de emprendedores y creadores que están revolucionando la economía y la forma de pensar en los empleos. Más que sobrevivir en el mercado tradicional, hay un pensamiento que va hacia el trabajo colaborativo -la filosofía hacker-, el desarrollo de ideas, la experimentación y un intento constante por innovar. Se trata de mentes creativas, inquietas, que comparten ideas para desarrollar una tecnología, una aplicación o un nuevo modelo de negocios. Y están generando pequeñas revoluciones que terminarán en un cambio notable en menos tiempo del que se cree. 

Jordi Muñoz es uno de los ejemplos claros de que la innovación cambia realidades: en pocos años pasó de ser un desempleado sin título universitario a convertirse en el presidente de una empresa de drones que está revolucionando la industria aeroespacial. De Tijuana, se fue a Estados Unidos agobiado por la falta de recursos y gracias a sus ideas innovadoras ahora es un referente de los drones comerciales a nivel mundial. Y como Jordi Muñoz hay numerosos ejemplos en el campo de las redes sociales, las tecnologías de la comunicación, las impresoras 3D e incluso la cocina. Los factores comunes : la creatividad y el trabajo colaborativo. 

Dice Oppenheimer que el gran secreto de las mentes creativas para inventar e innovar es rodearse de otros creativos. La pregunta es qué estamos haciendo para incentivar a nuestros talentos, nuestros innovadores y creativos para que sus ideas puedan revolucionar la economía. La creatividad y la innovación son una gran oportunidad frente a nuestros males económicos. ¿Estamos listos para aprovecharlas?


lunes, 4 de mayo de 2015

Inseguridad y amenazas a la economía

Por Héctor Farina Ojeda 

Hay mucho por mejorar en la economía mexicana. En medio de una recuperación que ya parece interminable y de una menor expectativa de crecimiento para este año, la sensación de que estamos ante una escena conocida es poderosa. Desaceleración, falta de dinamismo propio y la necesidad de empleos de calidad: como una evocación del eterno retorno, vuelven una y otra vez a los informativos para pintar problemas conocidos, urgencias postergadas y crucigramas no resueltos. Estamos ante una economía que necesita emerger con aires revolucionarios pero que sigue limitada por lastres y amenazas, como la corrupción y la inseguridad, tal como periódicamente lo podemos leer en algún estudio o informe.

En este contexto, el problema de la inseguridad ha llegado a extremos de gravedad, como lo ocurrido en Jalisco hace unos días. No sólo estamos ante una amenaza a la seguridad de las personas, sino hacia las actividades económicas de la gente: las productivas, comerciales, los servicios, etc. La violencia y el miedo limitan el trabajo normal, afectan las rutinas laborales y ahuyentan inversiones y posibilidades de empleo. En un contexto de inseguridad, es menos probable el emprendimiento y hay mucha cautela a la hora de invertir, de planificar y de construir proyectos a mediano y largo plazo.

En este sentido, el estudio titulado “Una aproximación a los costos de la violencia en México”, realizado en 2014 por el Instituto para la Seguridad y Democracia (INSYDE), presenta como una de sus conclusiones que en México los ciudadanos y las comunidades tuvieron que cambiar sus hábitos cotidianos y su actividad de desarrollo con miras a evitar ser víctimas del delito, lo que ha ha restringido sus libertades individuales, sociales y económicas. El estudio señala que la inseguridad tiene consecuencias significativas para la sociedad, con elevados costos en cuanto a la generación de riqueza, el gasto público, el desarrollo económico y las actividades laborales y educativas.

Esto es un solo un punto de referencia para pensar en todas las afectaciones que puede traer la inseguridad en el campo económico: desde la merma en las inversiones y el desincentivo para emprender, hasta la disminución del turismo, lo cual sería un golpe tremendo para Jalisco y para México, pues se trata no sólo de una las principales fuentes de ingreso sino que, posiblemente, sea la forma más justa de repartir la riqueza. Y no hay que pensar sólo en los grandes números sino en la necesidad cotidiana de la gente, en los empleos que se requieren y en las oportunidades que se pierden por culpa del miedo y la incertidumbre. 

La violencia y la inseguridad no sólo son amenazas para la gente sino para su forma de vida, para sus actividades, necesidades y expectativas. Si queremos construir economías más justas, debemos construir sociedades más seguras. Resolver el problema de la inseguridad es una urgencia, pues sus costos en la sociedad podrían ser impagables. 


lunes, 27 de abril de 2015

Desde la pobreza hasta el cielo

Por Héctor Farina Ojeda

Vivir en medio del contraste, la antípoda, la desigualdad y hasta en la contradicción económica permanente parece ser un mal endémico latinoamericano. A la ostentación de las riquezas naturales se contraponen la precariedad y la miseria en que vive una parte de la gente, así como a las grandes oportunidades de futuro se contraponen el atraso y la exclusión. Esta semana no pude dejar de verlo en las noticias: mientras en México no ha disminuido la pobreza en los últimos 20 años, por otro lado se anuncia un futuro prometedor para la industria aeronáutica. Como en una metáfora de escritor resignado, la pobreza se ancla en más de 61 millones de personas al tiempo que una industria despega hacia la abundancia. 

Hay muchos divorcios que se dan en la economía mexicana: entre el crecimiento económico y la disminución de la pobreza -como lo señala el Banco Mundial en un reciente informe-, entre la formación profesional y el mercado laboral, o entre los discursos de combate a la pobreza y la realidad de la mitad de la población que no deja de ser pobre. La preocupación por el crecimiento y por los indicadores grandes no refleja las necesidades de la gente, pues en un contexto de marcada desigualdad la riqueza genera -paradójicamente- más pobreza: mejoran pocos, empeoran muchos. 

Como si mundos opuestos conformaran el mismo cuadro, parece no bastar con tener la universidad más grande y prestigiosa de Latinoamérica sino que en contraste hay 32 millones de personas con rezago educativo. Ante la urgencia de entrar a la economía del conocimiento se parapetan la escasa inversión en ciencia y tecnología, y los males propios de una educación de calidad insuficiente. De luces que generan sombras, con ingresos millonarios por las exportaciones del petróleo, se tiene que las zonas más pobres son las petroleras, en tanto una distribución más justa de la riqueza se da con el resultado del trabajo de los que se fueron del país porque, precisamente, no encontraban trabajos acordes a sus necesidades. 

Un gran problema es ver que ni las recetas tradicionales ni el auge de sectores industriales o de servicios se han traducido en una disminución de la pobreza. Como si un divorcio indisoluble -por decirlo así- marcara un abismo entre el desarrollo y las oportunidades, entre la riqueza de un país y la calidad de vida de su gente. Grandes programas, grandes empresas, incontables inversiones, mucha riqueza y la sensación de estar en la puerta grande del mundo, pero los pobres siguen alejados y confinados en su realidad. 


La situación nos exige buscar fórmulas para reconciliar al desarrollo y el auge económico con la gente, de forma que los resultados se perciban en una disminución de la pobreza y en una sociedad en la que todos tengan la oportunidad de mejorar. Más que acercar industrias, hay que acercar a la gente hacia la formación, la innovación, el conocimiento y los buenos empleos, para que en adelante el despegue de un sector como el aeronáutico no contraste con el alejamiento de los que se hunden en la pobreza.     

lunes, 20 de abril de 2015

Apoyar iniciativas para fortalecer la economía


Por Héctor Farina Ojeda 

Una de las necesidades permanentemente invocadas en la economía mexicana es la consolidación de un mercado interno que pueda hacerle frente a los vaivenes externos. Para no ser tan vulnerables a los efectos de los precios internacionales, de la coyuntura o de las crisis ajenas, hace falta un dinamismo propio que incentive la generación de riqueza, empleos y oportunidades. Y en este sentido, las micro, pequeñas y medianas empresas representan un sector fundamental no solo para el crecimiento económico en general sino para la diversificación de las opciones de empleo y el fortalecimiento interno.

Mientras 7 de cada 10 empleos formales son generados por las pequeñas y medianas empresas, el 70 por ciento de estas empresas cierra antes de los 5 años y solo el 11% sobrevive durante un periodo de 20 años, según datos de Coparmex. Esto pone de manifiesto una situación curiosa y difícil: las empresas que generan la mayor cantidad de empleos no tienen certeza de mantenerse en el mercado, lo que nos hace pensar en una economía que necesita fortaleza y dinamismo pero que no puede hacer que sus emprendimientos sean sostenibles en el tiempo. Es decir, nacen y crean empleos pero no alcanzan la madurez suficiente para transformar la economía. 

La poca proyección en el tiempo de las pequeñas empresas se parece a la precariedad que se tiene con los grandes ingresos: con una buena coyuntura en el precio del petróleo o en las exportaciones se puede lograr un crecimiento importante, pero no deja de ser un efecto efímero que se agota cuando se acaba el buen momento. Si las iniciativas y emprendimientos traen beneficios, lo ideal es que se mantengan e incrementen y no que en poco tiempo desaparezcan y se pierdan las oportunidades que generaron. 

Hay muchos problemas por revisar para que los emprendimientos sean rentables y se consoliden más allá de periodos fugaces: desde trabajar en la planificación hasta revisar los sistemas de financiamiento y apoyo. Las complicaciones para crear empresas formales también son una limitación para el fortalecimiento del sector: en México la tasa de impuestos que debe pagar una empresa respecto a sus ganancias es de 51 por ciento, casi el doble que en el caso chileno. Si a esto le sumamos las complicaciones burocráticas para abrir un negocio, no debería sorprendernos que la informalidad y la precariedad sean el destino de muchas empresas. Y la informalidad es parte del problema a resolver.

La necesidad de hoy no pasa solo por atender los problemas tradicionales que limitan el desarrollo de pequeñas empresas sino aprender a pensar en forma visionaria, a mediano y largo plazo, sobre la base de la innovación tecnológica y los cambios necesarios para que las iniciativas puedan ser sostenibles en el tiempo y logren una transformación de la economía.  Así como hizo Finlandia con la telefonía celular, desde las universidades deberíamos incentivar el pensamiento estratégico e impulsar ideas innovadoras que se concreten en proyectos, empleos, riqueza y oportunidades. 


lunes, 13 de abril de 2015

Debilidad económica

Por Héctor Farina Ojeda 

Uno de los aspectos más preocupantes de la actual situación de la economía mexicana es el bajo poder adquisitivo de la gente, que se refleja en una capacidad de consumo limitada. Lo advirtió nuevamente el Banco de México: el consumo sigue débil, la confianza del consumidor disminuye y esto amenaza al crecimiento económico. Y a esta preocupación hay que sumarle el anuncio hecho por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), que redujo la expectativa de crecimiento de 3.2 a 3 por ciento para este año. Es decir, no solo hay una proyección general a la baja sino que desde el interior de la economía hay una amenaza latente. 

No debería sorprender que no haya una recuperación del consumo en el contexto de décadas de crecimiento económico mediocre, de una disminución del poder adquisitivo y en un mercado laboral que no solo no logra generar los empleos necesarios sino que además los que genera son de mala calidad, precarios y con salarios bajos. Con cerca de la mitad de la población en situación  de pobreza y con una distribución injusta de la riqueza, es difícil pensar en la recuperación del consumo interno y en que esto conceda la fortaleza necesaria para que la economía crezca en proporciones importantes. 

La dependencia de los grandes indicadores parece haber generado un divorcio con los números que tienen que ver con la gente. Mientras hubo momentos en los que se presumieron los ingresos por el petróleo, por las exportaciones, la inversión extranjera directa y hasta cifras récord por remesas, hasta ahora siguen pendientes la disminución de la pobreza, la mejoría de los salarios y la reducción de la escandalosa brecha que existe entre ricos y pobres. 

Algo que deberíamos tener bien claro es que no se puede construir una economía sólida sobre la base de la informalidad, la precariedad, la escasez de oportunidades y la postergación de las necesidades básicas de la población. La desigualdad y la injusticia no son una buena base para el despegue económico. Al contrario, como lo muestran los ejemplos de la mayoría de los países latinoamericanos, los grandes potenciales en riquezas naturales que debieron convertirnos en un subcontinente rico no han sido aprovechados correctamente, por lo que hoy tenemos la mayor desigualdad del mundo, con millones de pobres.

Para contrarrestar la debilidad económica necesitamos ir más allá de atender grandes indicadores. Hace falta recuperar el poder adquisitivo de la gente. Y para ello hay que buscar estrategias para fortalecer a la clase media y para que los sectores más vulnerables tengan la oportunidad de salir de la pobreza y no solo mantenerse en ella gracias a dádivas o políticas mendicantes. 


Si la mayor riqueza está en la gente, no es posible que se sigan postergando medidas de fondo para generar empleos de calidad, para recuperar los buenos salarios y para que esa capacidad de consumo que tanto preocupa no sea un privilegio de unos pocos sino una realidad para millones de personas. Si queremos una economía fuerte, hay que invertir en la gente. Lo demás vendrá por añadidura.