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miércoles, 14 de enero de 2015

Del cajero al visionario

Por Héctor Farina Ojeda (*)

El cambio de mando en el Ministerio de Hacienda, un puesto clave en el equipo de Cartes, nos devuelve a una de las eternas preguntas que nos hacemos cuando se sustituye a una persona por otra: ¿qué tanto puede cambiar la política económica con el cambio de un ministro? A priori, se ve poco probable un cambio si consideramos que se cambia una pieza para que siga funcionamiento la misma estructura. Y sobre todo porque la mirada sigue siendo hacia un ente cajero preocupado por recaudar y no hacia alguna estrategia innovadora que nos dé esperanzas de que pasaremos de la urgencia por recaudar a la eficiencia en la inversión.

No es una novedad que uno de los grandes problemas del Paraguay para su despegue económico es, precisamente, la carencia de una estrategia o un plan visionario que nos lleve a construir la economía que necesitamos. Se administra un Estado sobrecargado, con corrupción e ineficiencia, y no se alcanza a poner orden para intentar ir hacia un destino económico favorable a todos. Y en este contexto, un hecho notable es la carencia de un Ministerio de Economía que se encargue de planificar, diseñar y ejecutar ideas que ayuden al crecimiento económico, a la reducción de la pobreza, la generación de empleos y, sobre todo, a saber hacia dónde vamos y qué podemos esperar. 

Somos un país curioso que encabeza su economía con un ministerio que se preocupa por recaudar, al mismo tiempo que la informalidad es la que rige en la mayoría de los sectores. Esa misma preocupación que lleva a cobrarles a los yuyeros mientras se hace la vista gorda a las enormes ganancias de los sojeros. O la urgencia de recaudar que no es coherente con los subsidios a sectores privilegiados o el despilfarro alegre de fondos en nombre de necesidades como la educación. Un Estado sobredimensionado, desordenado y caótico se lleva la mayor parte del presupuesto, lo cual no se corrige con recaudar más. 

Aunque la recaudación y la equidad en el pago de impuestos son una necesidad, Paraguay necesita salir del modelo del cajero que sólo recibe y luego distribuye para mantener todo como está. Nos urge pensar en un Ministerio de Economía que se encargue de establecer la planificación y la estrategia del modelo de país que queremos construir: ¿uno industrializado? ¿uno de servicios? ¿un país para la economía del conocimiento? Lo cierto es que no se puede seguir con un modelo agropastoril que enriquece a unos pocos y deja en la pobreza a la mayor parte de la población. 

Hay que dejar de vivir en una economía a la deriva que depende de los vientos internacionales, del precio de la soja, el mercado de la carne o el régimen de lluvias. Y no sólo hay que pensar en recaudar más sino en superar el problema de gestión que tiene el país, que hace que incluso las buenas iniciativas y las buenas inversiones terminen empantanadas y estériles. Orden, planificación y estrategia es lo que necesitamos. Eso es lo que diferencia a los administradores de turno que sólo buscan quedar bien, de los visionarios que intentan romper estructuras que no funcionan. 

Si el gobierno quiere tener rumbo -no sólo uno nuevo-, hay que marcar claramente el camino que seguiremos como economía, así como las metas perseguidas a corto y largo plazo. Más que por sus recaudaciones, por sus planificaciones e inversiones los conoceremos.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el diario económico 5 días, de Paraguay. Ver original aquí:

domingo, 11 de enero de 2015

Contra la economía

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las buenas referencias para la economía paraguaya enfrentan un problema crucial que amenaza con anclarnos en el atraso durante un buen tiempo. Mientras los periódicos dan cuenta de que este año cerrará con un crecimiento del 4% del Producto Interno Bruto (PIB) y se estima que para 2015 se mantendría un ritmo similar, la verdad es que todos los buenos números están amenazados no solo para los siguientes años, sino para toda una generación. Con el fracaso de la reforma educativa que se pone en evidencia con estudiantes que tienen problemas de lectura y de comprensión, estamos atacando lo más esencial para que una economía funcione en los tiempos actuales: el conocimiento. 

Seguramente los administradores de turno podrán pintar un cuadro con indicadores que disfracen en alguna medida la realidad: eventualmente se recuperará el precio de la soja y puede que se incrementen la producción ganadera y la exportación de carne. Pero la dependencia de un par de rubros y el agotamiento de los recursos naturales no sólo no servirán para ubicar al país como una economía de vanguardia, sino que no lograrán minimizar la pobreza ni romper la desigualdad que hace que muy pocos se llenen las manos mientras los demás padecen las carencias. 

Con la tragedia que representa que 9 de cada 10 estudiantes de tercer y sexto grado no aprendan en clases, estamos matando la esencia de la economía: sin una generación preparada, no habrá innovación ni competitividad ni productividad, ni podemos hacer ciencia ni tecnología. El fracaso de los estudiantes es más que una "tragedia educativa", como diría Guillermo Jaim Etcheverry, es una verdadera "tragedia económica".  Si nos quedamos como si nada y permitimos que se pierda toda una generación de paraguayos, el resultado es ir exactamente en contra de la economía del conocimiento, en contra de las oportunidades de todo un país. Caminar en sentido contrario al conocimiento implica hacerle un harakiri deshonroso a la economía, a las esperanzas de innovar y cambiar una situación que ya es demasiado oprobiosa. 

Mientras los países desarrollados están preocupados por la ciencia y la tecnología y buscan mejorar sus universidades, en Paraguay las noticias nos hablan de estudiantes que no aprenden, docentes incapaces de aprobar pruebas para dar clases, fondos despilfarrados en nombre de la educación y políticos incapaces de al menos hilvanar un discurso coherente. No es casualidad que el fracaso en la educación se traduzca en corrupción, pobreza, marginalidad y mucha injusticia.

Para defender nuestra economía y buscar mejorar la calidad de vida de la gente, la urgencia es recuperar la educación. No son los indicadores macroeconómicos, es la educación la que puede salvarnos o hará que se termine de hundir el barco. En los tiempos actuales no existe la posibilidad de minimizar la pobreza ni la marginalidad si no es por medio del conocimiento de la gente. 

Tenemos todo por hacer y es imperioso salvar la educación. Repatriar cerebros, incentivar talentos, invertir más y mejor en ciencia y tecnología, enviar a los mejores a formarse en el exterior, elevar la calidad docente... Es hora de un cambio drástico que apunte a la construcción de un país sobre la base de formar a su gente, antes de que una generación perdida sea la perdición de toda la economía y todo el país. 

(*) Periodista y profesor universitario

Desde Ciudad de México, México. 

Publicado en el diario económico 5 días, de Paraguay. Ver original aquí

viernes, 5 de septiembre de 2014

Lentitud en tiempos acelerados


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La característica de ser un país cansino, que se mueve con la pesadez propia de la burocracia y la despreocupación de sus dirigentes hacia el futuro, hace que ante la aceleración de un mundo globalizado parezca que se llega tarde a cada una de las oportunidades que se presentan. No es novedad que Paraguay se encuentra muy lejos de la vanguardia en investigación, ciencia, tecnología, educación o competitividad. Pero resulta notable que siempre se posterguen soluciones, se demoren iniciativas o se empantanen proyectos que podrían ayudar a dar pasos hacia el desarrollo.

Como si no fuera una urgencia para mejorar la calidad de vida de la gente, el tema de la educación sigue siendo una discusión cada vez más lejana a las acciones. Mientras los países más desarrollados están en una carrera por lograr la vanguardia educativa, en Paraguay se suceden las huelgas docentes, los reclamos desatendidos y la inconformidad que no logra convertirse en medidas de cambio. Parece que para los gobernantes se puede seguir postergando la imperiosa necesidad de lograr una educación de calidad, en la creencia de que el descontento y el enojo son efímeros y pueden ser contenidos.

La reacción lenta, cómplice y hasta cínica se nota en contrastes increíbles que no pueden explicarse más que de manera irracional. Como cuando vemos un sistema de transporte público obsoleto, colapsado y arruinado que, en lugar de ser reemplazado de inmediato, recibe subsidios en lugar de sanciones. Y cuando la ciudadanía pide a gritos la solución del problema del transporte, el ostracismo se roba las respuestas: pese a tener los recursos, el proyecto y ante la urgencia, hay incapacidad de iniciar las obras del metrobús. En el mundo de la parsimonia y la desidia, se subsidia a los incapaces, se mantiene lo obsoleto, se postergan las soluciones y se castiga a la gente. Todo lo contrario de lo que debería ser en un país serio.

Más allá de las buenas intenciones, tenemos un Estado que devora todas las iniciativas de innovación, los buenos proyectos y las propuestas para salir del estancamiento. Cuando las ideas llegan a las entrañas del Estado y se requiere de una gestión eficiente, todo se vuelve lento, se pierden las urgencias, se demoran soluciones y como resultado se tiene un desgaste costoso e improductivo. Lo pueden ver en las empresas estatales, en la postergación interminable de necesidades como el boleto estudiantil o en las discusiones estériles que se dan en el Congreso, en donde voces procaces y desprovistas de probidad desvirtúan cada iniciativa y la convierten en motivo de desconfianza.

Si algo nos debe quedar claro es que en una época en la que las economías dependen en gran medida de la innovación y de la capacidad de ajustarse a los requerimientos de los tiempos, no podemos seguir con el paso cansino y la vista despreocupada. Con huelgas en las calles, con ausencia de respuestas a los reclamos, con soluciones trabadas y con ideas de aplicación postergada no se puede pensar en que el país deje de ser un referente del atraso y la falta de desarrollo. Hay que romper esa costumbre de dilatarlo todo y de jugar esperando que el rival se canse. Para tiempos acelerados, necesitamos innovación, soluciones rápidas y planificación estratégica para adelantarnos. Algo de eso deberían saber nuestros gobernantes. 

(*) Periodista y profesor universitario. Doctor en Ciencias Sociales.

Desde Guadalajara, Jalisco, México.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Juventud, entusiasmo y empleo

Por Héctor Farina Ojeda (*)
@hfarinaojeda

 La buena perspectiva que tiene Paraguay con el bono demográfico y el crecimiento económico contrasta notablemente con algunos datos que indican que existe un alto desempleo juvenil, problemas con el primer empleo y, sobre todo, una educación que no logra llegar a todos ni brindar la calidad necesaria para que tengamos una generación de profesionales de alto nivel. Mientras tenemos un país joven, con el 60% de la población con menos de 30 años, nos hemos quedado rezagados en cuanto a la generación de empleos, las oportunidades, las ideas y la innovación que se requieren para reformar un país.

No es un problema exclusivo de Paraguay, sino que es un fenómeno de grandes proporciones y distintas latitudes. En México, un reciente informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) dio cuenta de que el desempleo entre los jóvenes que tienen menos de 24 años es del 10%, el doble de la tasa nacional del 5.1% en el primer trimestre de 2014. Si a esto le sumamos el problema de los ninis -los que ni estudian ni trabajan-, que son más de 7 millones en este país, y todavía la enorme informalidad en el mercado laboral, el rezago educativo y la deserción escolar, el panorama se vuelve más complejo. Y el caso mexicano contiene los factores comunes que deberían hacernos reflexionar sobre la planificación que tenemos como país para dar a los jóvenes las oportunidades que necesitan.

Por un lado, nos enfrentamos a un escenario en el que no se generan los suficientes empleos para atender la demanda de la juventud que se incorpora todos los años al mercado laboral. Del otro lado, los niveles educativos para formar a los jóvenes son bajos e insuficientes, por lo que finalmente el mercado recibe mucha mano de obra poco calificada, sin la preparación adecuada para empleos especializados y competitivos. Y en medio, hay una ruptura entre las necesidades de formación de los jóvenes y las ofertas en el mercado, es decir, hay un desempate entre lo que se enseña y lo que demandan los puestos de empleo. Por eso crece la informalidad, que se lleva a una gran parte de la novel fuerza laboral.

Como dice el economista Jeremy Rifkin, nos encontramos ante un mercado laboral cambiante e inestable, en el que la tecnología modifica la forma en que debemos ver al trabajo. Y ante este escenario en constante transformación, los recursos humanos requieren de más habilidades y del conocimiento que permita innovar y ajustarse a los cambios. En este contexto, debemos preguntarnos cómo podemos lograr que los jóvenes tengan una preparación acorde a los tiempos actuales, precisamente en tiempos en donde los ninis, la falta de entusiasmo y las políticas obsoletas amenazan con echar a perder a toda una generación.

Algo que debemos recuperar como si fuera la vida misma es el entusiasmo de los jóvenes por la educación, por la planificación de su presente y su futuro. Con una juventud desatendida y desmotivada, que vive el momento y que busca lo fácil y gratuito, será difícil la construcción de una sociedad mejor. No se puede mejorar la calidad de vida cuando se desaprovecha la capacidad de toda una generación, cuando el mercado los explota y los condena a sobrevivir con salarios miserables, sin expectativas ni rumbo.

Paraguay está ante una oportunidad histórica como nunca habíamos tenido: tenemos a toda una generación que puede redireccionar la economía, la política y la vida del país. Por eso hay que poner énfasis en mejorar los alcances y los niveles de la educación, en lograr una generación de profesionales que puedan reformar nuestros viejos sistemas productivos y que nos enseñen cómo se construye una economía más competitiva y menos injusta. Si formamos a nuestros jóvenes hoy, no tendremos que cargar con una generación pobre mañana.

(*) Periodista y profesor universitario
 Desde Guadalajara, Jalisco, México

viernes, 25 de abril de 2014

Competitividad, una palabra complicada en Paraguay

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Parece una palabra mágica, digna de algún cuento de García Márquez, cuando se pronuncia en Paraguay. La invocan los economistas, los empresarios, los políticos y, sobre todo, los gobernantes de turno. Se habla mucho de la competitividad pero siempre se termina diciendo poco o repitiendo lo que ya se sabe, sin que ello implique cambiar una verdad lacerante que ancla a todo un país al atraso: Paraguay es uno de los países más rezagados en materia de competitividad a nivel mundial, de acuerdo a los informes que todos los años hace el Foro Económico Mundial. En su informe 2013-2014, el país se ubicó en el lugar número 119, de un total de 148 países estudiados. 

Quizá sea el empobrecimiento del lenguaje el culpable de que la palabra competitividad, que designa un conjunto de factores, sea entendida de manera aislada y hasta marginal. En lugar de pensar en forma global en los factores de producción, el funcionamiento de las instituciones, las políticas públicas, la educación y la productividad, curiosamente la palabra competitividad aparece en iniciativas aisladas, en discursos empresariales o en promesas electorales de cumplimiento improbable. Así, los productores trabajan por su cuenta, las instituciones no funcionan sino conforme a sus propios intereses, las políticas públicas son inconstantes o a la deriva, mientras que la educación casi olvidada genera un país poco productivo, que puede trabajar mucho pero no producir lo necesario ni con la suficiente calidad. 

Vivimos en una época competitiva y globalizada. Lo que hacemos, lo que producimos y lo que generamos necesita ser de calidad, porque de lo contrario, sencillamente, el mundo prefiere otra cosa. Es una tiranía del mercado en donde nos evalúan todos los días, por lo que tener competitividad no es un lujo sino una urgencia. Y este contexto nos condiciona como economía y como país, a tal punto que seguir con nuestros viejos modelos de producción agropastoril o los recitados sobre la industrialización en momentos en los que lo actual es la economía del conocimiento, parece no sólo poco útil sino hasta cínico, pues se habla del futuro al mismo tiempo que se anclan los pies en el pasado. 

Y aunque los grandes números de la economía nos han otorgado bonanza en los últimos años, la planificación de un modelo económico para el país sigue siendo materia pendiente, al igual que la competitividad sigue postergada bajo la administración de un empresario que dicen exitoso. No se ve el nuevo rumbo ni se ven las ideas que detonarán una revolución que nos lleve a revertir los niveles de pobreza y desigualdad. No hay un norte definido, sino acaso sólo una brújula a la deriva que apunta hacia cualquier lugar y hacia ninguno, quizás con el objetivo único de no hundir el barco y seguir a flote aprovechando algún viento ocasional. Así la economía, así la visión del gobierno. 

Hablar, discutir y planificar sobre la economía del país y sobre la competitividad es una necesidad imperiosa. No se puede seguir remando contra burocracias enredadas y costosas, contra sistemas educativos ineficientes, instituciones poco creíbles y contra la corrupción que le pone el palo en la rueda a cada emprendimiento y a cada buena idea. Y debemos entender que no habrá mejoría económica para los sectores necesitados si no se realiza un trabajo planificado que apunte al mediano y largo plazo, que se base en la calidad educativa, en la inversión en infraestructura de comunicaciones, en ciencia y tecnología, y en un mejor aprovechamiento de los recursos que tenemos. 

La competitividad no se logra con iniciativas aisladas ni compartimentos estancos. Es visión de conjunto, con proyección en el tiempo y con una planificación minuciosa. 

(*) Periodista y profesor universitario 
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el Diario 5 días, el periódico económico de Paraguay