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lunes, 11 de mayo de 2015

Hacia la diversificación y los resultados

Por Héctor Farina Ojeda 

Diversificar la economía mexicana y romper con la peligrosa dependencia del petróleo: este fue uno de los aspectos destacados recientemente por Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, quien se mostró optimista en cuanto a los resultados que podrían traer las reformas en México. El economista no sólo confía en que las reformas estructurales impulsarán la competitividad del país sino que vislumbra la disminución de la desigualdad social, debido a que se logrará reducir los costos de los servicios públicos, incrementar las inversiones y a partir de ello generar empleos y mejorar salarios. 

En este contexto de optimismo, Stiglitz ve en la reforma educativa el factor fundamental para impulsar el crecimiento económico, aunque los resultados se verán en el mediano y largo plazo. Con esta reforma, no sólo vendría una economía más competitiva y diversificada, sino que seguramente una mayor equidad en la distribución de la riqueza al facilitar el acceso de la gente a los mejores empleos. Sin embargo, no es la primera vez que se habla del problema educativo como ancla de la economía, pues aunque abundan los diagnósticos y son conocidas las soluciones, el problema sigue vigente y los buenos resultados en espera.

Detrás del optimismo por la diversificación y de la urgente necesidad de reducir la desigualdad social, hay una serie de trabas y anclas que frenan, limitan y hasta escamotean las buenas intenciones. La informalidad, la burocracia, la corrupción, la inseguridad y la poca transparencia han levantado un muro que parece una frontera entre lo que esperamos mejorar con los esfuerzos económicos y lo que realmente resulta. Como si todas las iniciativas, las reformas o los cambios tuvieran en ese muro su límite, la gran pregunta que deberíamos hacernos es cómo lograr romper con los impedimentos para posicionar ideas y cambiar realidades.

La reinvención de la economía no es sólo una necesidad postergada sino que es una urgencia para atender las desigualdades sociales, para revertir los oprobiosos niveles de pobreza y para pensar en que -¿ahora sí?- los buenos resultados serán equitativos para la gente y no un monopolio de algunos grupos. Y aunque el optimismo de Stiglitz resulte esperanzador, no hay que olvidar que los latinoamericanos somos expertos en sepultar teorías, por lo que no basta con trazar el rumbo y pensar en el destino, sino que hay que prestar especial atención a los obstáculos    del camino. 

Romper con la dependencia del petróleo y buscar una economía más diversa y dinámica es una buena señal. Ahora el reto es construir opciones que contribuyan a reducir la pobreza, tener mejores empleos y distribuir en forma más justa la riqueza. Si vemos a los países que progresan, podemos pensar en la economía del conocimiento, la innovación, la calidad educativa, la tecnología o la ciencia. Lo cierto es que hay que reinventar lo económico en busca de resultados para la gente y no sólo para el poder o los poderosos de turno.

lunes, 4 de mayo de 2015

Inseguridad y amenazas a la economía

Por Héctor Farina Ojeda 

Hay mucho por mejorar en la economía mexicana. En medio de una recuperación que ya parece interminable y de una menor expectativa de crecimiento para este año, la sensación de que estamos ante una escena conocida es poderosa. Desaceleración, falta de dinamismo propio y la necesidad de empleos de calidad: como una evocación del eterno retorno, vuelven una y otra vez a los informativos para pintar problemas conocidos, urgencias postergadas y crucigramas no resueltos. Estamos ante una economía que necesita emerger con aires revolucionarios pero que sigue limitada por lastres y amenazas, como la corrupción y la inseguridad, tal como periódicamente lo podemos leer en algún estudio o informe.

En este contexto, el problema de la inseguridad ha llegado a extremos de gravedad, como lo ocurrido en Jalisco hace unos días. No sólo estamos ante una amenaza a la seguridad de las personas, sino hacia las actividades económicas de la gente: las productivas, comerciales, los servicios, etc. La violencia y el miedo limitan el trabajo normal, afectan las rutinas laborales y ahuyentan inversiones y posibilidades de empleo. En un contexto de inseguridad, es menos probable el emprendimiento y hay mucha cautela a la hora de invertir, de planificar y de construir proyectos a mediano y largo plazo.

En este sentido, el estudio titulado “Una aproximación a los costos de la violencia en México”, realizado en 2014 por el Instituto para la Seguridad y Democracia (INSYDE), presenta como una de sus conclusiones que en México los ciudadanos y las comunidades tuvieron que cambiar sus hábitos cotidianos y su actividad de desarrollo con miras a evitar ser víctimas del delito, lo que ha ha restringido sus libertades individuales, sociales y económicas. El estudio señala que la inseguridad tiene consecuencias significativas para la sociedad, con elevados costos en cuanto a la generación de riqueza, el gasto público, el desarrollo económico y las actividades laborales y educativas.

Esto es un solo un punto de referencia para pensar en todas las afectaciones que puede traer la inseguridad en el campo económico: desde la merma en las inversiones y el desincentivo para emprender, hasta la disminución del turismo, lo cual sería un golpe tremendo para Jalisco y para México, pues se trata no sólo de una las principales fuentes de ingreso sino que, posiblemente, sea la forma más justa de repartir la riqueza. Y no hay que pensar sólo en los grandes números sino en la necesidad cotidiana de la gente, en los empleos que se requieren y en las oportunidades que se pierden por culpa del miedo y la incertidumbre. 

La violencia y la inseguridad no sólo son amenazas para la gente sino para su forma de vida, para sus actividades, necesidades y expectativas. Si queremos construir economías más justas, debemos construir sociedades más seguras. Resolver el problema de la inseguridad es una urgencia, pues sus costos en la sociedad podrían ser impagables. 


lunes, 27 de abril de 2015

Desde la pobreza hasta el cielo

Por Héctor Farina Ojeda

Vivir en medio del contraste, la antípoda, la desigualdad y hasta en la contradicción económica permanente parece ser un mal endémico latinoamericano. A la ostentación de las riquezas naturales se contraponen la precariedad y la miseria en que vive una parte de la gente, así como a las grandes oportunidades de futuro se contraponen el atraso y la exclusión. Esta semana no pude dejar de verlo en las noticias: mientras en México no ha disminuido la pobreza en los últimos 20 años, por otro lado se anuncia un futuro prometedor para la industria aeronáutica. Como en una metáfora de escritor resignado, la pobreza se ancla en más de 61 millones de personas al tiempo que una industria despega hacia la abundancia. 

Hay muchos divorcios que se dan en la economía mexicana: entre el crecimiento económico y la disminución de la pobreza -como lo señala el Banco Mundial en un reciente informe-, entre la formación profesional y el mercado laboral, o entre los discursos de combate a la pobreza y la realidad de la mitad de la población que no deja de ser pobre. La preocupación por el crecimiento y por los indicadores grandes no refleja las necesidades de la gente, pues en un contexto de marcada desigualdad la riqueza genera -paradójicamente- más pobreza: mejoran pocos, empeoran muchos. 

Como si mundos opuestos conformaran el mismo cuadro, parece no bastar con tener la universidad más grande y prestigiosa de Latinoamérica sino que en contraste hay 32 millones de personas con rezago educativo. Ante la urgencia de entrar a la economía del conocimiento se parapetan la escasa inversión en ciencia y tecnología, y los males propios de una educación de calidad insuficiente. De luces que generan sombras, con ingresos millonarios por las exportaciones del petróleo, se tiene que las zonas más pobres son las petroleras, en tanto una distribución más justa de la riqueza se da con el resultado del trabajo de los que se fueron del país porque, precisamente, no encontraban trabajos acordes a sus necesidades. 

Un gran problema es ver que ni las recetas tradicionales ni el auge de sectores industriales o de servicios se han traducido en una disminución de la pobreza. Como si un divorcio indisoluble -por decirlo así- marcara un abismo entre el desarrollo y las oportunidades, entre la riqueza de un país y la calidad de vida de su gente. Grandes programas, grandes empresas, incontables inversiones, mucha riqueza y la sensación de estar en la puerta grande del mundo, pero los pobres siguen alejados y confinados en su realidad. 


La situación nos exige buscar fórmulas para reconciliar al desarrollo y el auge económico con la gente, de forma que los resultados se perciban en una disminución de la pobreza y en una sociedad en la que todos tengan la oportunidad de mejorar. Más que acercar industrias, hay que acercar a la gente hacia la formación, la innovación, el conocimiento y los buenos empleos, para que en adelante el despegue de un sector como el aeronáutico no contraste con el alejamiento de los que se hunden en la pobreza.     

lunes, 20 de abril de 2015

Apoyar iniciativas para fortalecer la economía


Por Héctor Farina Ojeda 

Una de las necesidades permanentemente invocadas en la economía mexicana es la consolidación de un mercado interno que pueda hacerle frente a los vaivenes externos. Para no ser tan vulnerables a los efectos de los precios internacionales, de la coyuntura o de las crisis ajenas, hace falta un dinamismo propio que incentive la generación de riqueza, empleos y oportunidades. Y en este sentido, las micro, pequeñas y medianas empresas representan un sector fundamental no solo para el crecimiento económico en general sino para la diversificación de las opciones de empleo y el fortalecimiento interno.

Mientras 7 de cada 10 empleos formales son generados por las pequeñas y medianas empresas, el 70 por ciento de estas empresas cierra antes de los 5 años y solo el 11% sobrevive durante un periodo de 20 años, según datos de Coparmex. Esto pone de manifiesto una situación curiosa y difícil: las empresas que generan la mayor cantidad de empleos no tienen certeza de mantenerse en el mercado, lo que nos hace pensar en una economía que necesita fortaleza y dinamismo pero que no puede hacer que sus emprendimientos sean sostenibles en el tiempo. Es decir, nacen y crean empleos pero no alcanzan la madurez suficiente para transformar la economía. 

La poca proyección en el tiempo de las pequeñas empresas se parece a la precariedad que se tiene con los grandes ingresos: con una buena coyuntura en el precio del petróleo o en las exportaciones se puede lograr un crecimiento importante, pero no deja de ser un efecto efímero que se agota cuando se acaba el buen momento. Si las iniciativas y emprendimientos traen beneficios, lo ideal es que se mantengan e incrementen y no que en poco tiempo desaparezcan y se pierdan las oportunidades que generaron. 

Hay muchos problemas por revisar para que los emprendimientos sean rentables y se consoliden más allá de periodos fugaces: desde trabajar en la planificación hasta revisar los sistemas de financiamiento y apoyo. Las complicaciones para crear empresas formales también son una limitación para el fortalecimiento del sector: en México la tasa de impuestos que debe pagar una empresa respecto a sus ganancias es de 51 por ciento, casi el doble que en el caso chileno. Si a esto le sumamos las complicaciones burocráticas para abrir un negocio, no debería sorprendernos que la informalidad y la precariedad sean el destino de muchas empresas. Y la informalidad es parte del problema a resolver.

La necesidad de hoy no pasa solo por atender los problemas tradicionales que limitan el desarrollo de pequeñas empresas sino aprender a pensar en forma visionaria, a mediano y largo plazo, sobre la base de la innovación tecnológica y los cambios necesarios para que las iniciativas puedan ser sostenibles en el tiempo y logren una transformación de la economía.  Así como hizo Finlandia con la telefonía celular, desde las universidades deberíamos incentivar el pensamiento estratégico e impulsar ideas innovadoras que se concreten en proyectos, empleos, riqueza y oportunidades. 


lunes, 13 de abril de 2015

Debilidad económica

Por Héctor Farina Ojeda 

Uno de los aspectos más preocupantes de la actual situación de la economía mexicana es el bajo poder adquisitivo de la gente, que se refleja en una capacidad de consumo limitada. Lo advirtió nuevamente el Banco de México: el consumo sigue débil, la confianza del consumidor disminuye y esto amenaza al crecimiento económico. Y a esta preocupación hay que sumarle el anuncio hecho por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), que redujo la expectativa de crecimiento de 3.2 a 3 por ciento para este año. Es decir, no solo hay una proyección general a la baja sino que desde el interior de la economía hay una amenaza latente. 

No debería sorprender que no haya una recuperación del consumo en el contexto de décadas de crecimiento económico mediocre, de una disminución del poder adquisitivo y en un mercado laboral que no solo no logra generar los empleos necesarios sino que además los que genera son de mala calidad, precarios y con salarios bajos. Con cerca de la mitad de la población en situación  de pobreza y con una distribución injusta de la riqueza, es difícil pensar en la recuperación del consumo interno y en que esto conceda la fortaleza necesaria para que la economía crezca en proporciones importantes. 

La dependencia de los grandes indicadores parece haber generado un divorcio con los números que tienen que ver con la gente. Mientras hubo momentos en los que se presumieron los ingresos por el petróleo, por las exportaciones, la inversión extranjera directa y hasta cifras récord por remesas, hasta ahora siguen pendientes la disminución de la pobreza, la mejoría de los salarios y la reducción de la escandalosa brecha que existe entre ricos y pobres. 

Algo que deberíamos tener bien claro es que no se puede construir una economía sólida sobre la base de la informalidad, la precariedad, la escasez de oportunidades y la postergación de las necesidades básicas de la población. La desigualdad y la injusticia no son una buena base para el despegue económico. Al contrario, como lo muestran los ejemplos de la mayoría de los países latinoamericanos, los grandes potenciales en riquezas naturales que debieron convertirnos en un subcontinente rico no han sido aprovechados correctamente, por lo que hoy tenemos la mayor desigualdad del mundo, con millones de pobres.

Para contrarrestar la debilidad económica necesitamos ir más allá de atender grandes indicadores. Hace falta recuperar el poder adquisitivo de la gente. Y para ello hay que buscar estrategias para fortalecer a la clase media y para que los sectores más vulnerables tengan la oportunidad de salir de la pobreza y no solo mantenerse en ella gracias a dádivas o políticas mendicantes. 


Si la mayor riqueza está en la gente, no es posible que se sigan postergando medidas de fondo para generar empleos de calidad, para recuperar los buenos salarios y para que esa capacidad de consumo que tanto preocupa no sea un privilegio de unos pocos sino una realidad para millones de personas. Si queremos una economía fuerte, hay que invertir en la gente. Lo demás vendrá por añadidura. 

lunes, 6 de abril de 2015

El afán por el atraso


Por Héctor Farina Ojeda

Una de las formas de saber hacia dónde va una economía es mirar los presupuestos. Ver en qué invierten, en qué gastan y a qué le apuestan con miras al corto, mediano y largo plazo. Pensar en el futuro económico implica no sólo resolver los conflictos del presente sino establecer las bases para que el día de mañana tengamos algo mejor de lo que tenemos hoy. Y en un mundo de revoluciones y cambios constantes, más que nunca necesitamos planificar qué vamos a hacer para no quedar rezagados y para buscar alternativas que permitan mejorar las condiciones de vida de la gente.

En este sentido, el problema de la caída del precio del petróleo no deja de ser una ironía de la visión económica: anclados en una riqueza natural que se agotará inexorablemente y que en sus oscilaciones golpea presupuestos y proyecciones, pareciera que la visión nostálgica está en el agotamiento  y no en el futuro marcado por la riqueza más importante de los tiempos actuales: el conocimiento. En lugar de que del petróleo hayan salido fondos especiales para invertir en la gente, como hicieron los noruegos, de su bajo precio emergen los recortes a la educación que seguramente significarán que millones de personas no puedan salir de la condición de pobreza y de escasas oportunidades en las que se encuentran. En la riqueza del petróleo, la amenaza de pobreza.

Mientras un estudio revela que más de la mitad de la población mexicana no puede pagar el costo de la canasta básica, la posibilidad del recorte del presupuesto a la educación para 2016 parece decir que no se busca mejorar la productividad, que es, precisamente, lo que hace falta para mejorar los salarios, para recuperar poder adquisitivo y así cubrir necesidades como la canasta básica. Y no es cuestión de México sino es casi un afán latinoamericano en tiempos de crisis: ver el problema y dar el paso atrás en lugar de aprovechar la oportunidad e invertir en el futuro. 

Seguir con la dependencia de las riquezas naturales, del crecimiento económico del vecino, de las remesas o de los precios internacionales de materias primas no traerá el “milagro económico” tan esperado. Al contrario, lo que se requiere es romper la dependencia, dinamizar el mercado interno y que más que un milagro lo que se logre sea una recuperación propiciada por la gente. Y para ello el cambio debe pasar por depender menos de las riquezas naturales y apostar más por el conocimiento, por la formación de la riqueza más codiciada. 

Es el conocimiento el que hoy representa las dos terceras partes de la riqueza que se produce en el mundo. Por ello, el afán debería ser invertir en la construcción de un presente y un futuro más prometedores, vinculados a la posibilidad de posicionarnos en una economía del conocimiento, incentivar la innovación, la ciencia y la tecnología, y darle a la gente la posibilidad de fabricarse sus propias oportunidades y no seguir a expensas de milagros que nunca llegan e injusticias que oprimen, que marginan y que rezagan.





Talento, creatividad y economía


Por Héctor Farina Ojeda 

Incentivar la creatividad, la innovación y el desarrollo de talentos: eso es lo que hoy hacen las naciones desarrolladas. Lo dice claramente Andrés Oppenheimer en su libro "Crear o morir": la cuestión ya no pasa por decidir entre el socialismo y el capitalismo, sino por saber cómo inventar e innovar para no quedar en el atraso. Los países latinoamericanos se enfrentan hoy al extraordinario desafío de apostar por su gente para entrar a la economía del conocimiento y abandonar los viejos sistemas de privilegios y exclusiones que nos exhiben como el subcontinente con la mayor desigualdad del mundo. 

Más allá de la explotación de recursos naturales y de la dependencia de pocos rubros, la economía de hoy nos exige que apostemos por el capital más valioso que tenemos: la gente. Y apostar por la gente como motor del cambio implica repensar nuestros viejos modelos educativos para pasar a uno que incentive el talento, la creación, la innovación y la capacidad de inventar salidas en un mundo que se abre para los que saben y se cierra para los que pretenden saber y se conforman con que todo sea igual.

Desarrollar talentos, sobre todo de los jóvenes, es una necesidad económica de primer orden. Del talento de jóvenes emprendedores salieron las empresas tecnológicas más referenciadas a nivel mundial, en tanto los grandes avances en campos tan diversos como la medicina y la robótica se deben a mentes inquietas, incentivadas y con apoyo para experimentar ideas que pueden derivar en notables transformaciones.

Ante este escenario cambiante en el que las estrellas son los innovadores y los que experimentan, debemos pensar si estamos generando ambientes adecuados para incentivar y desarrollar talentos, o si los estamos empujando hacia sistemas de privilegios que matan la creatividad y premian al que no sabe, al que puede ocupar lugares que no merece gracias a acuerdos torcidos. 

La economía del conocimiento exige cambio de ideas y una renovación de los mecanismos de generación de riqueza, por lo que no basta con un cambio de personas para mantener el mismo sistema dependiente de materias primas y de favores políticos. Más que nunca, se necesita desarrollar el talento de la gente y para ello debemos replantear la educación, la burocracia, el apoyo económico y todo lo vinculado al entorno de los emprendedores, de los que necesitan respaldo para proponer, crear y cambiar. 

Si en México hay tanto talento, y si en Jalisco tenemos extraordinarias condiciones para la innovación tecnológica, no solo podemos pensar en una "pequeña Silicon Valley" sino en convertir a la región en un centro de innovadores que generen riqueza y den el paso decisivo hacia la nueva economía. Es cuestión de incentivar y apoyar: a la educación, a las universidades, a los emprendedores, a los talentos, a la gente. 

Dejemos de promocionar modelos del atraso y pasemos, de una vez por todas, a apostar por lo que realmente rige a los tiempos actuales: la gente, con sus talentos, sus ideas y sus revoluciones.


Innovar, un paso urgente

Por Héctor Farina Ojeda 
No es casualidad que una economía como la mexicana sea pesada, lenta, dependiente y con una deuda creciente hacia las necesidades sociales. No es casualidad si vemos economías florecientes a nivel mundial que se basan en su capacidad de innovar y crear, de inventar y buscar siempre ubicarse un paso adelante de los demás. Porque, precisamente, la apuesta por la innovación marca una enorme diferencia entre esas naciones que hoy son ricas y las que se debaten entre el atraso y el estancamiento, como en el caso mexicano. 

La diferencia es tan grande que hace 30 años Corea del Sur y México tenían situaciones similares, pero ahora los coreanos son una potencia mundial en cuanto a innovación, invenciones, patentes y avances tecnológicos, lo que se traduce en una enorme generación de riqueza que beneficia a su gente. En tanto, en el lado mexicano se mantienen los mismos problemas de pobreza, desempleo, informalidad y se sigue postergando la ciencia y la tecnología, que apenas merecen el 0.5 por ciento del PIB en inversión.  

Todos los años, el informe del Foro Económico Mundial sobre la competitividad de las naciones nos recuerda que los problemas de corrupción, inseguridad, baja calidad educativa y falta de innovación limitan el desarrollo competitivo del país. Y desde hace años se tienen diagnósticos suficientes para entender que detrás de una economía lenta y pesada hay un problema de falta de competitividad en los recursos humanos, lo cual limita la capacidad de innovar y ajustarse a un mundo económico demasiado cambiante. 

La cuestión de innovar no es algo menor, sino un gran desafío que puede marcar un paso trascendental: hacia el desarrollo o hacia el atraso o el estancamiento. Hay muchas preguntas detrás de la innovación que no hemos respondido con suficiencia: ¿realmente hay un interés por incentivar la innovación o sólo intenciones discursivas que jamás se concretarán? ¿Qué tipo de apoyos reales se les dan a los que quieren innovar? O incluso podemos ir más allá: ¿nos interesa innovar? 

Una mirada a los semilleros de la innovación, las universidades, seguramente nos revelará qué tan interesados estamos. Mientras hay una enorme fábrica de profesionales para las carreras tradicionales, todavía no hay suficiente formación de ingenieros para un mercado que requiere ingenieros. Pareciera que seguimos pensando que el mejor camino es la formación para espacios que se resisten al cambio, como si la apuesta fuera por asegurar un cargo mágico que provea recursos de manera infinita. Pero en tiempos de cambio, apostar por no cambiar equivale a perder.

Desde la formación, desde el apoyo económico, desde las facilidades burocráticas y fiscales, la innovación debería ser incentivada como parte de una política económica que busque elevar la competitividad y la capacidad de hacer de la gente. Las universidades, los gobiernos y el sector privado deberían incentivar las innovaciones, ya sea como un compromiso con el país o por la codicia de saber que se trata de un buen negocio. 

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio "Economía empática". Ver aquí: 

Desigualdad, pobreza y educación

Por Héctor Farina Ojeda

La desigualdad es un mal endémico de los países latinoamericanos. Y México no es una excepción. Además de los indicadores de pobreza y la aberrante distribución de la riqueza, detrás de todo hay una injusticia incubada en sistemas que promueven las desigualdades. En este sentido, el reciente Índice de Desarrollo Humano (IDH) presentado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) establece que la principal carencia y el factor de mayor desigualdad en México es la educación.

Por la mala calidad de la educación, la poca y mala inversión educativa, hoy tenemos tremendos problemas para el desarrollo humano, lo que no sólo se pone de manifiesto en la pobreza y la desigualdad sino en las limitadas oportunidades que se tienen para cambiar esta situación. El informe mismo lo dice: Chihuahua podría tardar 200 años en alcanzar el IDH del Distrito Federal. Esto nos indica que no se trata solo de una desigualdad actual en cuanto a la distribución de la riqueza y la generación de empleos, sino que es una desigualdad incubada que representa una grave dificultad por atender en forma urgente y que, de no hacerlo, amenaza con ahondar todavía más la diferencia entre comunidades y regiones.

En el México de la desigualdad, en el que 39 familias controlan casi el 14 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), en donde la mitad de la población vive en la pobreza, y una quinta parte en la pobreza extrema, y en donde el sistema de privilegios funciona como un mecanismo de exclusión para que la gente acceda a las oportunidades que requiere, la advertencia del PNUD debería obligar no solo a revisar minuciosamente cuánto se invierte en la educación sino cómo y para qué. No atender esta urgencia en el origen equivale a tener fábricas de desigualdad y pobreza, lo cual a su vez significa seguir en una situación que conocemos bien: atraso.

En tiempos de la economía del conocimiento, los buenos resultados económicos dependen de la capacidad y la formación de los recursos humanos. Por eso, en un país que tiene 32 millones de personas con rezago educativo es normal que haya niveles indignantes de desigualdad y pobreza. Y es por eso que los anuncios periódicos de bonanza, de crecimiento económico y de incremento de inversiones no alcanzan a minimizar el problema y se terminan evaporando. Cuando el problema es estructural como en el caso mexicano, no bastan los empleos coyunturales ni las lluvias esporádicas de riqueza: hay que corregir los errores desde el origen y ello implica trabajar más con la gente desde su formación inicial hasta la universitaria.

Para combatir la desigualdad y la exclusión hay que darle poder a la gente, lo que implica que tengan educación de calidad para aspirar a buenos empleos, para emprender e innovar. Los países menos desiguales son los más educados, los que valoran a su gente como la principal riqueza que tienen. Si queremos un país con menos injusticia, hay que comenzar por mejorar la calidad educativa y extenderla a todos.


Otro golpe al empleo

Por Héctor Farina Ojeda 

El anuncio hecho por el secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, fue duro y directo: se dejarán de crear unos 250 mil empleos debido al recorte presupuestario por parte del gobierno. Y aunque el funcionario dijo también que esto se podría compensar con el crecimiento económico y con un dinamismo en otros sectores, lo cierto es que el golpe al empleo afecta a una gran parte de la población mexicana. 

La proyección para 2015 indicaba una generación de más de 700 mil empleos, pero la reciente noticia le resta prácticamente un tercio, por lo que debemos esperar (con buena suerte) cerca de 500 mil nuevos empleos para este año. Resulta preocupante que nuevamente se reduzcan las oportunidades laborales que tanto requiere la gente, en tanto se apunta a que haya un repunte concentrado en algunos sectores. En otras palabras, este es el anuncio de algo que conocemos muy bien: la riqueza irá a las manos de los que ya la tienen, en tanto los más vulnerables tendrán que sobrevivir con lo que puedan. 

Pero más allá de los datos poco alentadores, nos encontramos ante una situación repetida que debemos enfrentar con propuestas diferentes: el mercado laboral tradicional no está generando ni generará los empleos que necesita la gente, por lo que nos urge encontrar alternativas. Podemos pensar en emigrar, en emprender, en la informalidad…pero la respuesta ya no es patrimonio del mercado laboral sino de la propia capacidad de hacer. La pregunta que debemos hacernos es ¿qué tanta formación tenemos para hacerle frente a un mercado que requiere innovación?

En México hay cerca de 32 millones de personas con rezago educativo, es decir una cuarta parte de la población, por lo que se trata de un sector vulnerable, que necesita empleo pero que seguramente no podrá conseguir uno de calidad. Con esta limitación educativa, para este sector es casi imposible innovar o entrar a la economía del conocimiento, por lo que el apoyo real que deben recibir es la educación, la única herramienta que les permitirá tener oportunidades diferentes a las que ahora tienen. 

Lo curioso es que a pesar de saber que son sectores vulnerables, que serán afectados por la falta de empleo y que necesitan educación, los recortes anunciados afectarán también a…la educación. Con este círculo vicioso, podemos prever que persistirán los problemas de empleo, de rezago, de oportunidades insuficientes y de pobreza. Las perspectivas de crecimiento económico y de dinamismo no llegarán a los sectores necesitados y habrá que pensar cómo hacer para romper con este juego en el que ganan siempre los mismos y pierden casi todos. 

Una idea interesante es pasar del trabajo al trabajador: dejar de esperar que el mercado genere los empleos que hacen falta, para darle la atención a la gente con miras a que pueda emprender, generar, idear, innovar y emplearse. Sólo con recursos humanos capacitados podemos aspirar a romper la dependencia de la actual oferta laboral. Hay que educar y formar, desde los mandos medios hasta los líderes visionarios. 


lunes, 16 de febrero de 2015

Pobres y estancados

Por Héctor Farina Ojeda

Una noticia que debería escandalizarnos parece haber pasado desapercibida hace unos días. La Comisión Económica para América Latina (Cepal) advirtió que se estancó la reducción de la pobreza en Latinoamérica, y esto afecta particularmente a México, en donde no ha habido avances importantes. En otras palabras, el organismo nos dice algo que sabíamos: los pobres siguen pobres y estancados, pese al crecimiento económico y los programas de apoyo a los sectores necesitados. Los datos indican que la pobreza multidimensional (que no sólo incluye ingresos monetarios, sino problemas de empleo, protección social y rezago educativo), en México fue del 41 por ciento de la población en 2012 (no hay datos actualizados).

Detrás de estos datos, hay problemas de fondo no resueltos, como los bajos salarios y la inequidad en la distribución de la riqueza. Por eso, aunque la economía mexicana logre recuperar índices de crecimiento importantes, seguramente no sólo no servirá para disminuir la pobreza sino que ahondará la brecha entre ricos y pobres. México es un ejemplo de que el crecimiento de la economía en su conjunto no equivale a menos pobres, pues la riqueza que se genera termina en pocas manos. Y tenemos muchos ejemplos de ello, como el hecho de que tras la crisis de 2009 los primeros en recuperarse fueron los ricos, en 2011, en tanto los pobres no se han recuperado ni parece que vayan a hacerlo en 2015 o 2016.

Mientras organismos nacionales e internacionales -como la misma Cepal- confían en que este año la economía mexicana crecerá 3 por ciento, el optimismo se pierde al pensar en la gran pregunta sin respuesta: ¿cómo hacer para que la mejoría llegue a los pobres? Ciertamente, las noticias dan cuenta de la recuperación mexicana, de la bonanza que generará el buen momento estadounidense y de proyecciones importantes, pero esto sigue sonando lejano para cerca de la mitad de la población que, bajo mediciones de toda índole, sigue en la pobreza. 

Una prioridad que deberíamos asumir todos es centrar la mirada en las políticas sociales y buscar soluciones que vayan más allá de esperar una derrama económica o conceder paliativos en forma de asistencia o ayuda esporádica. La gente necesita educación de calidad, salud y la posibilidad de tener un empleo que asegure un ingreso digno, porque sin esto no importará cuánto se incremente el PIB o cuántas inversiones lleguen al país. 


La urgencia de la economía mexicana no son los indicadores sino trabajar con la gente, devolverle la oportunidad de salir de la pobreza y el atraso. No es tolerable que la pobreza afecte sobre todo a los jóvenes, así como que el desempleo juvenil sea el doble que el desempleo general. Esto es una advertencia en color rojo intenso: hay que construir una juventud y una ciudadanía que tenga condiciones de generar riqueza y hacer una distribución más justa, o de lo contrario seguirán los escandalosos niveles de exclusión e injusticia que periódicamente se representan con diagnósticos y mediciones de la pobreza. 

lunes, 2 de febrero de 2015

El presupuesto para la ciencia


Por Héctor Farina Ojeda 

El anuncio hecho por el gobierno mexicano sobre el recorte al gasto público, debido mayormente a la disminución de ingresos petroleros, es un toque de alerta para saber hacia dónde se dirigen las prioridades no sólo en 2015, sino a mediano y largo plazo. Aunque se busca tranquilizar con el discurso de que los recortes serán en gasto corriente, al ver que entre las principales afectadas estarán las secretarías de Comunicación y Transporte, y la de Educación, la pregunta que queda en el aire es qué tanto puede repercutir esto en el desarrollo de los planes establecidos, sobre todo en cuanto a la educación.

Y esta preocupación se agrava por la declaración del director general del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), Enrique Cabrero Mendoza, sobre el impacto que tendrá al recorte, aunque espera que le “pegue poco” a la ciencia. Lo cierto es que cualquier afectación es importante debido a que existe un enorme rezago en el país en cuanto al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Basta con pensar que se destina apenas 0.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) a ciencia y tecnología, y se tiene como meta llegar al 1 por ciento, aunque esto es todavía lejano al 4 por ciento que invierten los países desarrollados.

La situación debe recordarnos lo que ocurrió en 2009, cuando la economía tuvo una caída del 6.5 por ciento y, como consecuencia, los primeros afectados por los recortes fueron la educación y la ciencia. Esto no es una novedad, sino que parece la receta de manual para los países latinoamericanos que viven sobreviviendo en medio de sociedades empobrecidas y con urgentes necesidades educativas. En tanto las economías más desarrolladas van exactamente en sentido contrario: pase lo que pase, cuidan el presupuesto para la educación, pues invertir en el conocimiento es apuntar a una sociedad con mayores oportunidades de generar riqueza y no vivir en la pobreza. 

Uno de los ejemplos más emblemáticos es Finlandia, un país que en el año 1993 vivió una crisis económica de magnitudes colosales, a tal punto que el sector financiero prácticamente estaba en banca rota, la iniciativa privada hundida y el desempleo por las nubes. Pero en lugar de recortar como lo hacemos los latinoamericanos, duplicaron su inversión en ciencia y tecnología. Los resultados comenzaron a verse en la primera década, cuando el país se convirtió en la referencia obligada para todo lo relacionado a telefonía celular. Finlandia cuida el presupuesto para la ciencia y la tecnología, para la educación, y por ello aparece en los primeros lugares en calidad educativa, y por eso la pobreza no es un problema. 


Si algo debemos aprender es que no se logra desarrollo ni se mejora la sociedad sobre la base de fórmulas fracasadas que, tozudamente, los gobiernos se empeñan en repetir. Más que recortes, lo que se requiere es eficiencia en el uso de recursos públicos. Que se invierta más y mejor en la ciencia y la tecnología en lugar de malgastar fondos y de tomar decisiones que terminan anclando al país al atraso. 

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio "Economía empática". Ver aquí:

Entre el empleo y la formación

Por Héctor Farina Ojeda

La generación de empleos suficientes y de calidad es uno de los aspectos más apremiantes para la economía mexicana. Las cifras oficiales dan cuenta de que en 2014 se crearon 714 mil empleos formales, en tanto para este año la expectativa es de poco más de 700 mil nuevos puestos de trabajo (estos datos siempre hay que tomarlos con cautela, porque muchos empleos son temporales y mal pagados). Pero más allá de que sabemos que esto no es suficiente, debemos pensar qué tipo de empleos nuevos habrá, en qué sectores y cuál es la formación que se requiere para cubrir las necesidades. 

En este sentido, la proyección que hace la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) para Jalisco establece como meta la creación de 71 mil empleos formales en 2015, los cuales apuntarían fundamentalmente a la industria electrónica, la industria alimenticia y el sector de servicios. Esto nos habla de que la demanda de recursos humanos implicará perfiles especializados para estos sectores, pues esto es fundamental para apuntalar el crecimiento y la productividad. 

Y aunque la demanda de recursos humanos en un año es coyuntural, hay tendencias que habría que analizar minuciosamente. Hace unos días el secretario de Educación, Francisco Ayón, prometió a los industriales que se reforzarían los vínculos entre la educación técnica y el sector privado, así como se buscará mejorar la enseñanza del idioma inglés con miras al mercado laboral. En otras palabras, hay una fuerte necesidad de recursos humanos capacitados, con conocimientos especializados y con dominio del idioma inglés. Hay necesidad de ingenieros no solo para el campo de la electrónica sino para otros campos emergentes, pero la ingeniería no es precisamente la carrera que más despierte el interés de los jóvenes. 

El desempate entre las necesidades del mercado laboral y la formación profesional universitaria no es una novedad. Tanto en México como en toda América Latina tenemos una elevada cantidad de estudiantes que optan por las carreras tradicionales, aunque el mercado laboral se encuentre saturado, como en el caso de los abogados. Y esto genera que en la medida en que los sectores industriales o de servicio comiencen a crecer, se encuentren con tremendos problemas para contratar personal especializado, lo que a su vez puede causar un freno o una limitación para generar más empleos.

Además de este problema ya bastante importante, hay que considerar que la naturaleza del mercado laboral es inestable y cambiante, por lo que requiere de conocimientos y habilidades que muchas veces hay que adquirir sobre la marcha. El trabajo nos exige hoy, más que nunca antes, conocimientos especializados y una gran capacidad de aprendizaje para ajustarnos a una economía globalizada y competitiva. 

Nos hace falta una mayor planificación y un acercamiento estrecho entre el mercado laboral y la formación profesional, no solo para atender demandas coyunturales, sino para hacerle frente a las grandes y cambiantes urgencias de empleo, competitividad y crecimiento.


Publicado en el diario Milenio Jalisco, en el espacio “Economía Empática”. Ver aquí

lunes, 12 de enero de 2015

La confianza, un elemento vital

Por Héctor Farina Ojeda

La confianza es uno de los factores más importantes para el funcionamiento de la economía. Y en especial la confianza que tienen los consumidores, los que mueven el mercado interno y los que nos indican hacia dónde se proyecta una economía en su conjunto. En este sentido, los recientes resultados del Índice de Confianza del Consumidor, correspondientes a diciembre de 2014, dan dos aspectos interesantes: por un lado, la percepción de las familias sobre la economía se redujo 2.07 por ciento en el mes de diciembre -medido en forma mensual-, en tanto si tomamos los datos de 2014 frente a 2013, tenemos que no solo ha habido una mejoría en el último año, sino que la confianza del consumidor se encuentra en su mejor momento en los últimos 15 meses, de acuerdo a los datos del Inegi y el Banco de México. 

Aunque estas mediciones son referenciales y se basan en percepciones, hay que analizar cómo se encuentra el consumidor en un contexto en el que se espera un crecimiento económico de entre 3 y 4 por ciento para 2015, en tanto se auguran los resultados de las reformas y hay una proyección oficial de que el sector energético podría recibir inversiones de 50 mil millones de dólares. Y hay que tomar en cuenta el anuncio de que se crearon 714 mil empleos formales en México en 2014 (cifra importante aunque insuficiente), así como los buenos augurios para la economía norteamericana que se espera tenga un buen año y con ello impulse a la economía mexicana. Hasta aquí hay buenos indicios pero esto no alcanza. 

Como ya sabemos, los grandes indicadores no son suficientes y, sobre todo, en un contexto en el que el 60% de la economía es informal, lo que hace que los consumidores sientan lejanos y ajenos los beneficios que se anuncian en forma macro. Hoy tenemos ciudadanos que viven en la informalidad, con empleos precarios y salarios bajos, lo cual debemos tomarlo como un verdadero toque de alerta: un consumidor empobrecido es lo peor que le puede pasar a la economía. 

Recuperar la confianza del consumidor es una urgencia pero debe venir de la mano de la recuperación del poder adquisitivo, de las oportunidades, los empleos y sobre todo la capacidad de emprender. El temor que genera la inseguridad, la falta de credibilidad en las instituciones, la informalidad y la falta de expectativas en los gobernantes no sólo ahuyentan la confianza, sino que pueden deprimir el consumo, espantar inversiones y afectar el dinamismo económico, así como pueden limitar una actividad vital: el emprendimiento. 


Deberíamos exigir que la confianza sea la base de la economía, para poder emprender, innovar, tener un negocio o aventurarse con una idea que genere autoempleo. Que se pueda abrir una microempresa sin el temor de que la corrupción, la inseguridad o la burocracia acaben con la inversión, con las ganancias, la oportunidad y las esperanzas. La confianza debería ser un compromiso de todos los sectores, desde los grandes inversionistas hasta los pequeños consumidores. Hay que trabajar para recuperar la confianza, desde el sector en donde nos toque. Será bueno para todos.

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio "Economía empática". Ver original aquí: 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Una cuestión de empleos


Por Héctor Farina Ojeda (*)

Uno de los mayores desafíos de la economía mexicana es la generación de empleos. Desde hace muchos años los números de los puestos de trabajo creados son optimistas pero insuficientes, pues no se alcanza a satisfacer las necesidades de la población en edad de trabajar. Mientras se requieren por lo menos 1.2 millones de empleos por año, para atender a los desempleados y a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral, con mucha suerte se alcanza a generar oportunidades para la mitad. Esto, sin contar que conseguir empleo no equivale necesariamente a buenos salarios ni a estabilidad ni mucho menos a salir de la pobreza. 

Es curioso que los titulares de los periódicos destaquen que México tiene una de las tasas de desempleo más bajas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), como si esto fuera algo positivo en sí mismo. La comparación es interesante pero demasiado relativa, pues se mide el desempleo mexicano frente a las economías más poderosas del mundo, que no tienen los mismos problemas y, sobre todo, que poseen niveles de ingreso y calidad de vida mucho más elevados. Los datos dicen que en México el desempleo en el mes de septiembre fue de 4.8 por ciento -por debajo del promedio de 7.2 por ciento de la OCDE-, lo que equivale a 2.5 millones de personas que no tienen trabajo. Parece una comparación favorable, pero al analizar los salarios, el ingreso per cápita, las oportunidades laborales y la calidad de vida de los países de la OCDE, seguramente el porcentaje ya no se verá tan positivo. 

Como punto de referencia, desde la crisis económica de 2009 los números de desempleados en México se han mantenido: 2.5 millones de personas sin trabajo y alrededor del 5 por ciento en la tasa de desempleo. Si a esto le sumamos que el crecimiento económico ha sido mediocre en los últimos 30 años -2.4 por ciento promedio-, y que el salario mínimo equivale a cerca de un cuarto de lo que era en 1980, tenemos que no solo no se han generado las oportunidades laborales que urgen, sino que las generadas tampoco son garantía de mejoría. Estamos ante una precarización del trabajo, ante un mercado tradicional que no genera los puestos necesarios y ante salarios que se han devaluado. 

En tiempos del conocimiento, tenemos que apostar por ir más allá de la oferta del mercado tradicional que ya no alcanza. Hay que apostar por la innovación y por la economía del conocimiento, lo que implica pensar más en el sector de servicios, en el que hoy se concentran dos terceras partes de la riqueza. El economista estadounidense Jeremy Rifkin, autor del visionario libro El fin del trabajo, dice que ante un mercado laboral tan inestable hay que desarrollar habilidades para poder innovar y ajustarse a los constantes cambios. 

Ya no basta con esperar soluciones del Estado ni del mercado: hay que apostar por la innovación, por las ideas renovadoras y por el emprendimiento. Los empleos que están generando no alcanzan y la informalidad no es la mejor salida. Es hora de innovar y emprender. 


(*) Periodista y profesor universitario

lunes, 3 de noviembre de 2014

Detrás de lo económico


Por Héctor Farina Ojeda 

No fue una casualidad que hace unos días el ex primer ministro del Reino Unido Tony Blair lo haya dicho claramente: el mayor desafío para México es la educación. En un tono similar, Ben Bernanke, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), dijo hace unos meses que la educación es importante no sólo para que disminuya la pobreza, sino porque cuando se carece de ella se desperdician los recursos que tiene el país. 

A principios del sexenio pasado, cuando la gran pregunta era por qué México crecía a tasas mediocres pese a hacer bien los deberes, el resultado de las investigaciones apuntó a una causa fundamental: mala calidad educativa. Sin recursos humanos calificados y competentes, las recetas económicas no funcionaban porque no había la capacidad de maniobra para ajustarse a los cambios constantes de la economía ni para aprovechar las oportunidades que surgen y se van de manera vertiginosa. Actualmente, la situación no ha cambiado mucho. 

La caída de México en el Índice Global de Competitividad 2014-2015 fue un toque de alerta que no hizo tanto ruido como debería: del puesto 55 retrocedió al sitio 61, de un total de 145 países estudiados. El informe de Foro Económico Mundial dice que la causa de la caída es el deterioro de la percepción del funcionamiento de las instituciones, así como la baja calidad del sistema educativo "que no parece cumplir con el conjunto de habilidades que la economía mexicana cambiante exige”. Igualmente, el bajo nivel de implantación de tecnologías de la información afecta negativamente a la competitividad. 

Las llamadas de atención sobre el problema que se encuentra detrás del escaso crecimiento económico han sido recurrentes en los últimos años. Reciente lo advirtió la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que en su informe Panorama de la Educación 2014 dice que México invierte mucho en educación (6.2% del PIB en 2011, frente al 6.1% del promedio) pero ello no se refleja en una mejoría de la calidad educativa. El uso inadecuado de recursos termina devorando los esfuerzos por mejorar la educación, lo que a su vez se nota en aspectos económicos sensibles como la pobreza, la desigualdad, la falta de innovación y el mentado crecimiento económico que tanto se requiere. 

Sin embargo, lo curioso es que haya una cantidad interminable de diagnósticos, estudios, advertencias, recomendaciones y recetas, pero los números de la pobreza prácticamente no se hayan movido: siguen afectando a cerca de la mitad de la población mexicana. Y en el mismo sentido, el crecimiento económico sigue siendo insuficiente y altamente inequitativo, pues se concentra en pocas manos y no llega a los más necesitados.


Hay que sentar una postura clara: sin mejorar la educación, sin mejorar la producción en ciencia y tecnología, y sin tener recursos humanos competentes que puedan hacerle frente a las cambiantes necesidades de un mundo globalizado, los resultados económicos seguirán siendo mediocres. Difícilmente pueda pensarse en disminuir la pobreza o minimizar la desigualdad si no atacamos el problema educativo que limita la economía. Debemos exigir soluciones de fondo a largo plazo y no dejarnos impresionar por parches o indicadores macroeconómicos coyunturales. Los anuncios de empleo o inversiones pueden generar sensación de bonanza, pero esto es efímero y no resuelve cuestiones de fondo. No son los indicadores macroeconómicos ni los números ocasionales, es la calidad educativa la que urge. 

Publicado en el diario Milenio Jalisco, en el espacio "Economía Empática". Ver original aquí:

viernes, 22 de mayo de 2009

Casi 5 mil pesos cuesta la canasta básica en ZMG: UdeG


1.5 millones de trabajadores no gana lo suficiente para subsistir.


Vie, 22/05/2009 - 05:27

El costo de la vida es cada vez mayor en Guadalajara y el resto del país. Foto: Público Guadalajara.- La economía familiar no sólo está estrangulada por los despidos en empresas y las pocas ofertas de empleo que hay, sino también porque los precios de los alimentos siguen cuesta arriba. Entre los meses de enero y abril de este año, la inflación en la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG) se ubicó en 4.23 por ciento acumulada en el año, según especialistas de la Universidad de Guadalajara (UdeG). Así, se necesitan por lo menos tres salarios mínimos para comprar los artículos de una canasta básica, con valor de 4,812 pesos.

Héctor Luis del Toro, especialista del departamento de Métodos Cuantitativos del Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas (CUCEA), que cada bimestre mide la canasta básica y el índice de precios al menudeo en la ZMG, a partir del comportamiento de 121 artículos, dijo que mientras en abril el Banco de México (Banxico) ubicó a la inflación acumulada desde enero en 1.38 por ciento, el equipo de la UdeG registró que los precios subieron hasta 4.23 por ciento.

La diferencia, dijo, se debe a que ellos consideran el comportamiento de precios de un mayor número de artículos de la canasta básica.

Del Toro explicó que el análisis toma una base de 121 productos alimenticios, cuidado personal y del hogar, contra 80 del Banxico. Su estudio encontró que los precios de 91 artículos se encarecieron en el bimestre marzo-abril (75 por ciento del total de la canasta), y de ellos, 56 aumentaron por arriba del promedio inflacionario de 4.23 por ciento. Apenas 30 productos tuvieron una reducción en su valor.

Las mayores alzas del bimestre fueron: plátano (49 por ciento), mantequilla (37 por ciento), ajo (33 por ciento), lima y pan blanco (32 por ciento), limón (26 por ciento), chile ancho (26 por ciento), bagre (23 por ciento), lechuga (21 por ciento), pan dulce (20 por ciento), diezmillo de res (15 por ciento), ceviche (15 por ciento) y huevo (13 por ciento).

Los expertos también agrupan los artículos y miden. De 23 grupos, 20 tuvieron aumentos. Entre los que más se encarecieron destacan las frutas frescas (26 por ciento), huevo (13 por ciento), especias y condimentos (12 por ciento), lácteos y artículos para el cuidado del hogar (9 por ciento), leguminosas, chiles y carnes frías (6 por ciento) y aves y pescados (5 por ciento).

Se necesitan al menos tres salarios mínimos (un salario mínimo al mes equivale a 1,597 pesos) para que una familia pueda comprar una canasta básica, sin considerar gastos de vivienda, transporte, ropa o medicina. “Para que una familia tenga una forma de bienestar mínima, debería ganar entre seis y siete salarios”, dijo del Toro. Más de 1.5 millones de jaliscienses gana menos de tres salarios, es decir, la mitad del total de la población ocupada en el estado (más de 2.9 millones de trabajadores). Y sólo unas 320 mil personas gana más de cinco salarios mínimos, según el INEGI.

El especialista explicó que en esta alza bimestral influyeron varios factores, como el aumento en el precio del diesel y la gasolina, en el precio internacional de los granos, el desempleo y “más recaudación vía aumento de la tasas impositivas”. Se prevé que la inflación llegará hasta 12 por ciento al fin de año.

“Hay una situación crítica, hay desempleo y no hay capacidad de compra porque muchos empleos no son pagados. La capacidad productiva puede verse impactada”, generando “una situación de escasez, y al haber eso, hay alza de precios”.

Contra el IVA en alimentos

La polémica propuesta del sector privado de gravar con IVA a los alimentos y las medicinas vuelve a estar latente, justo cuando el gobierno analiza la posibilidad de otra reforma fiscal. Pero esta medida traería “consecuencias negativas a los bolsillos” de los trabajadores, que de por sí ya tienen problemas para completar el gasto para los artículos básicos. Héctor Luis del Toro, académico de la UdeG, opinó que con este impuesto aumentaría la captación del gobierno federal, “pero quienes absorberían todos los problemas serían los trabajadores”.

El golpe adicional a la clase trabajadora lo daría el IVA en medicinas, porque la epidemia por influenza “no se va a solucionar en semanas o un mes”, sino en mucho más tiempo.

Fuente: Publicado en el diario Milenio. Ver original aquí

miércoles, 18 de febrero de 2009

Muebleros en apuros

Reporta Ocotlán reducción de 40% en sus exportaciones

El Occidental
18 de febrero de 2009

Alfredo Toledo Velásquez

Ocotlán, Jalisco.- Muebleros jaliscienses, de la zona de Ocotlán se encuentran listos para ser partícipes de la jornada de Juegos Panamericanos en el antes, durante y después de la justa continental deportiva, y solicitaron al Gobierno del Estado quedarse con la mayor parte de pedidos de muebles para los edificios en la Villa Panamericana.

La respuesta no tardó en llegar de parte del Gobernador: "estaremos aprovechando los eventos que surjan en nuestro estado, viene la construcción de la Villa Panamericana, inicia a finales de este año y requerirá una cantidad importante de muebles, y hemos dicho que el dinero debe quedarse aquí, pues sin duda ahí hay una gran oportunidad para los muebleros de Ocotlán y tenemos una tarea conjunta para poder participar y obtener pedidos importantes para la gente de aquí de Ocotlán".

Añadió que aunque se han generado más de 10 mil empleos en esta región de forma directa por la industria del mueble, se requiere brindarles mayor apoyo para efectos de poder hacerlos más competitivos.

"Es fundamental el que entendamos que si vamos a contar con una cadena de suministros local, con bajo costo, que si estamos apostándole al Centro de Diseño es porque queremos consolidar un cluster que nos ayude a producir y a vender más".

Fuente: El Universal, 18-02-09. Ver publicación original aquí