viernes, 5 de septiembre de 2014

Lentitud en tiempos acelerados


Por Héctor Farina Ojeda (*)

La característica de ser un país cansino, que se mueve con la pesadez propia de la burocracia y la despreocupación de sus dirigentes hacia el futuro, hace que ante la aceleración de un mundo globalizado parezca que se llega tarde a cada una de las oportunidades que se presentan. No es novedad que Paraguay se encuentra muy lejos de la vanguardia en investigación, ciencia, tecnología, educación o competitividad. Pero resulta notable que siempre se posterguen soluciones, se demoren iniciativas o se empantanen proyectos que podrían ayudar a dar pasos hacia el desarrollo.

Como si no fuera una urgencia para mejorar la calidad de vida de la gente, el tema de la educación sigue siendo una discusión cada vez más lejana a las acciones. Mientras los países más desarrollados están en una carrera por lograr la vanguardia educativa, en Paraguay se suceden las huelgas docentes, los reclamos desatendidos y la inconformidad que no logra convertirse en medidas de cambio. Parece que para los gobernantes se puede seguir postergando la imperiosa necesidad de lograr una educación de calidad, en la creencia de que el descontento y el enojo son efímeros y pueden ser contenidos.

La reacción lenta, cómplice y hasta cínica se nota en contrastes increíbles que no pueden explicarse más que de manera irracional. Como cuando vemos un sistema de transporte público obsoleto, colapsado y arruinado que, en lugar de ser reemplazado de inmediato, recibe subsidios en lugar de sanciones. Y cuando la ciudadanía pide a gritos la solución del problema del transporte, el ostracismo se roba las respuestas: pese a tener los recursos, el proyecto y ante la urgencia, hay incapacidad de iniciar las obras del metrobús. En el mundo de la parsimonia y la desidia, se subsidia a los incapaces, se mantiene lo obsoleto, se postergan las soluciones y se castiga a la gente. Todo lo contrario de lo que debería ser en un país serio.

Más allá de las buenas intenciones, tenemos un Estado que devora todas las iniciativas de innovación, los buenos proyectos y las propuestas para salir del estancamiento. Cuando las ideas llegan a las entrañas del Estado y se requiere de una gestión eficiente, todo se vuelve lento, se pierden las urgencias, se demoran soluciones y como resultado se tiene un desgaste costoso e improductivo. Lo pueden ver en las empresas estatales, en la postergación interminable de necesidades como el boleto estudiantil o en las discusiones estériles que se dan en el Congreso, en donde voces procaces y desprovistas de probidad desvirtúan cada iniciativa y la convierten en motivo de desconfianza.

Si algo nos debe quedar claro es que en una época en la que las economías dependen en gran medida de la innovación y de la capacidad de ajustarse a los requerimientos de los tiempos, no podemos seguir con el paso cansino y la vista despreocupada. Con huelgas en las calles, con ausencia de respuestas a los reclamos, con soluciones trabadas y con ideas de aplicación postergada no se puede pensar en que el país deje de ser un referente del atraso y la falta de desarrollo. Hay que romper esa costumbre de dilatarlo todo y de jugar esperando que el rival se canse. Para tiempos acelerados, necesitamos innovación, soluciones rápidas y planificación estratégica para adelantarnos. Algo de eso deberían saber nuestros gobernantes. 

(*) Periodista y profesor universitario. Doctor en Ciencias Sociales.

Desde Guadalajara, Jalisco, México.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Juventud, entusiasmo y empleo

Por Héctor Farina Ojeda (*)
@hfarinaojeda

 La buena perspectiva que tiene Paraguay con el bono demográfico y el crecimiento económico contrasta notablemente con algunos datos que indican que existe un alto desempleo juvenil, problemas con el primer empleo y, sobre todo, una educación que no logra llegar a todos ni brindar la calidad necesaria para que tengamos una generación de profesionales de alto nivel. Mientras tenemos un país joven, con el 60% de la población con menos de 30 años, nos hemos quedado rezagados en cuanto a la generación de empleos, las oportunidades, las ideas y la innovación que se requieren para reformar un país.

No es un problema exclusivo de Paraguay, sino que es un fenómeno de grandes proporciones y distintas latitudes. En México, un reciente informe del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (INEGI) dio cuenta de que el desempleo entre los jóvenes que tienen menos de 24 años es del 10%, el doble de la tasa nacional del 5.1% en el primer trimestre de 2014. Si a esto le sumamos el problema de los ninis -los que ni estudian ni trabajan-, que son más de 7 millones en este país, y todavía la enorme informalidad en el mercado laboral, el rezago educativo y la deserción escolar, el panorama se vuelve más complejo. Y el caso mexicano contiene los factores comunes que deberían hacernos reflexionar sobre la planificación que tenemos como país para dar a los jóvenes las oportunidades que necesitan.

Por un lado, nos enfrentamos a un escenario en el que no se generan los suficientes empleos para atender la demanda de la juventud que se incorpora todos los años al mercado laboral. Del otro lado, los niveles educativos para formar a los jóvenes son bajos e insuficientes, por lo que finalmente el mercado recibe mucha mano de obra poco calificada, sin la preparación adecuada para empleos especializados y competitivos. Y en medio, hay una ruptura entre las necesidades de formación de los jóvenes y las ofertas en el mercado, es decir, hay un desempate entre lo que se enseña y lo que demandan los puestos de empleo. Por eso crece la informalidad, que se lleva a una gran parte de la novel fuerza laboral.

Como dice el economista Jeremy Rifkin, nos encontramos ante un mercado laboral cambiante e inestable, en el que la tecnología modifica la forma en que debemos ver al trabajo. Y ante este escenario en constante transformación, los recursos humanos requieren de más habilidades y del conocimiento que permita innovar y ajustarse a los cambios. En este contexto, debemos preguntarnos cómo podemos lograr que los jóvenes tengan una preparación acorde a los tiempos actuales, precisamente en tiempos en donde los ninis, la falta de entusiasmo y las políticas obsoletas amenazan con echar a perder a toda una generación.

Algo que debemos recuperar como si fuera la vida misma es el entusiasmo de los jóvenes por la educación, por la planificación de su presente y su futuro. Con una juventud desatendida y desmotivada, que vive el momento y que busca lo fácil y gratuito, será difícil la construcción de una sociedad mejor. No se puede mejorar la calidad de vida cuando se desaprovecha la capacidad de toda una generación, cuando el mercado los explota y los condena a sobrevivir con salarios miserables, sin expectativas ni rumbo.

Paraguay está ante una oportunidad histórica como nunca habíamos tenido: tenemos a toda una generación que puede redireccionar la economía, la política y la vida del país. Por eso hay que poner énfasis en mejorar los alcances y los niveles de la educación, en lograr una generación de profesionales que puedan reformar nuestros viejos sistemas productivos y que nos enseñen cómo se construye una economía más competitiva y menos injusta. Si formamos a nuestros jóvenes hoy, no tendremos que cargar con una generación pobre mañana.

(*) Periodista y profesor universitario
 Desde Guadalajara, Jalisco, México

viernes, 25 de abril de 2014

Competitividad, una palabra complicada en Paraguay

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Parece una palabra mágica, digna de algún cuento de García Márquez, cuando se pronuncia en Paraguay. La invocan los economistas, los empresarios, los políticos y, sobre todo, los gobernantes de turno. Se habla mucho de la competitividad pero siempre se termina diciendo poco o repitiendo lo que ya se sabe, sin que ello implique cambiar una verdad lacerante que ancla a todo un país al atraso: Paraguay es uno de los países más rezagados en materia de competitividad a nivel mundial, de acuerdo a los informes que todos los años hace el Foro Económico Mundial. En su informe 2013-2014, el país se ubicó en el lugar número 119, de un total de 148 países estudiados. 

Quizá sea el empobrecimiento del lenguaje el culpable de que la palabra competitividad, que designa un conjunto de factores, sea entendida de manera aislada y hasta marginal. En lugar de pensar en forma global en los factores de producción, el funcionamiento de las instituciones, las políticas públicas, la educación y la productividad, curiosamente la palabra competitividad aparece en iniciativas aisladas, en discursos empresariales o en promesas electorales de cumplimiento improbable. Así, los productores trabajan por su cuenta, las instituciones no funcionan sino conforme a sus propios intereses, las políticas públicas son inconstantes o a la deriva, mientras que la educación casi olvidada genera un país poco productivo, que puede trabajar mucho pero no producir lo necesario ni con la suficiente calidad. 

Vivimos en una época competitiva y globalizada. Lo que hacemos, lo que producimos y lo que generamos necesita ser de calidad, porque de lo contrario, sencillamente, el mundo prefiere otra cosa. Es una tiranía del mercado en donde nos evalúan todos los días, por lo que tener competitividad no es un lujo sino una urgencia. Y este contexto nos condiciona como economía y como país, a tal punto que seguir con nuestros viejos modelos de producción agropastoril o los recitados sobre la industrialización en momentos en los que lo actual es la economía del conocimiento, parece no sólo poco útil sino hasta cínico, pues se habla del futuro al mismo tiempo que se anclan los pies en el pasado. 

Y aunque los grandes números de la economía nos han otorgado bonanza en los últimos años, la planificación de un modelo económico para el país sigue siendo materia pendiente, al igual que la competitividad sigue postergada bajo la administración de un empresario que dicen exitoso. No se ve el nuevo rumbo ni se ven las ideas que detonarán una revolución que nos lleve a revertir los niveles de pobreza y desigualdad. No hay un norte definido, sino acaso sólo una brújula a la deriva que apunta hacia cualquier lugar y hacia ninguno, quizás con el objetivo único de no hundir el barco y seguir a flote aprovechando algún viento ocasional. Así la economía, así la visión del gobierno. 

Hablar, discutir y planificar sobre la economía del país y sobre la competitividad es una necesidad imperiosa. No se puede seguir remando contra burocracias enredadas y costosas, contra sistemas educativos ineficientes, instituciones poco creíbles y contra la corrupción que le pone el palo en la rueda a cada emprendimiento y a cada buena idea. Y debemos entender que no habrá mejoría económica para los sectores necesitados si no se realiza un trabajo planificado que apunte al mediano y largo plazo, que se base en la calidad educativa, en la inversión en infraestructura de comunicaciones, en ciencia y tecnología, y en un mejor aprovechamiento de los recursos que tenemos. 

La competitividad no se logra con iniciativas aisladas ni compartimentos estancos. Es visión de conjunto, con proyección en el tiempo y con una planificación minuciosa. 

(*) Periodista y profesor universitario 
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el Diario 5 días, el periódico económico de Paraguay 

domingo, 5 de junio de 2011

El reflector del periodista económico, ¿es la universidad?

Por: Lucia Castillo Sánchez

La Universidad de Buenos Aires, en Argentina, ofrece una Especialidad en Periodismo Económico que promete a quien ingrese “adquirir una base sólida en materia de teoría económica y de política económica aplicada a las circunstancias y desafíos que se presentan a la economía argentina”. Una vez que el estudiante egresa de la especialidad, ¿podrá hacer frente al empresario que se niega a dar información que le incomoda, para que sea publicada? ¿Logrará redactar una noticia con un lenguaje entendible para quien lo lee? ¿Sabrá qué hacer ante los dilemas éticos que en el ejercicio de la profesión surgirán?

La lectura de textos académicos o el conocimiento de los indicadores macroeconómicos son sin duda algunas de las esencias en la formación del periodista económico, sin embargo, esos y más temas no son garantía para obtener la respuesta a las cuestiones antes planteadas y a otras preguntas más que el deambular diario irá formulando: “Son pocos los profesores que se toman el trabajo de tratar de hacer pensar a sus alumnos. En las aulas se discute mucho sobre el rol del periodismo, pero los egresados no son capaces de comprender la información a la que acceden una vez que ingresan a los medios”, escribe Wendy Marton, periodista paraguaya especializada en economía.

Y es que, tanto profesores como alumnos, se topan con diversas barreras. Por un lado el docente que no está calificado para impartir la o las materias que formarán al periodista económico, y por otra parte, el estudiante que aún no tiene solucionado el problema de escritura, que pretende aprender ortografía, y que con suerte, su mayor visión al egresar, será no incurrir en un error de redacción: “El problema principal es que las facultades se quedaron en el tiempo. La preparación pasa por enseñarles redacción (increíblemente las clases son casi iguales a las del colegio, porque casi todos arrastran problemas de ortografía y concordancia)”, considera Marton.

El problema gramatical tiene un contexto amplio y que puede prestarse a debate sobre la falla del sistema en educación básica, pero, suponiendo que la ortografía del aspirante a periodismo está controlada, entonces la dimensión de especializar al periodista en economía, recae en la teoría combinada con práctica que el profesor exija al estudiante, que el estudiante se responsabilice de cuanta carga profesional ha de llevar, y que el salón de clases sea un trabajo de campo conjunto, admisible de prueba y error, considerado como un antecedente a las contingencia que al final, estremecerán al futuro reflector de noticias económicas, que a su vez decide ser o no un reflector de la formación universitaria.

martes, 5 de abril de 2011

Más allá de los prejuicios: la economía como herramienta del periodista

Por Alejandra Pedroza Marchena

Justo termina la clase, la maestra toma sus cosas y se despide. En la puerta del aula el siguiente profesor está por entrar. Sobre el pizarrón se dibujan los temas revisados: narrativa periodística, estrategias de redacción, y demás. Los alumnos encantados con lo que acaban de analizar esperan mientras digieren los contenidos y saborean sus opiniones: estudian periodismo. Entra el profesor en turno y desde el frente enlista los conceptos a revisar esa clase: porcentajes, incremento, decrecimiento, precios… El encanto se apaga.

Los ánimos decayeron en ese salón y muchos de los estudiantes no entienden por qué. Lo único que conciben son esas desganas a los términos que el profesor plantea y lo abrumador de la dureza de los números. La clase del momento es Periodismo Económico y, de pronto, gran parte de los alumnos cometen una huída mental.

¿Qué pasa con muchos periodistas (y aspirantes a serlo) que al tratar vertientes económicas y financieras aparece una especie de repulsión automática? ¿Casualidad que a varios les suceda esto? La respuesta es sencilla: quienes nos formamos en periodismo portamos una tendencia a temas sociales y buscamos desembocarlos a través de letras. Nuestra perspectiva es conceptual y en el momento en que se nos presentan temáticas económicas, regidas por números, se transgrede la visión descriptiva que tenemos del entorno. Nos cuesta analizar con cifras.

Sin embargo, no todo tópico económico se tutela estrictamente de números. Las sociedades emergen y se desarrollan a través del intercambio de bienes, la economía entonces está intrínsicamente ligada a la vida de una sociedad y más, se filtra en todos los campos de nuestra vida cotidiana.

En ese sentido, se puede hacer un retrato de la realidad, desde sectores diversos bajo la óptica económica. Es posible hablar de cultura, ambiente, educación, ciudadanía y demás enfoques periodísticos sin hacer a un lado la economía. O más bien, ejercer el periodismo económico con una fórmula en donde se combinen visiones humanas o cuales quieran que nos apasionen. Porque para todo habrá datos y cifras que nos den abasto.

Además de su presencia rutinaria, la economía tiene matices universales. Esto debido a que todos los países vivimos los mismos fenómenos económicos (aunque en niveles distintos) y en ocasiones son compartidos (me refiero a tratados, comercializaciones, etc), lo que nos lleva a un vínculo entre naciones. Como periodistas, es pertinente aprovecharnos de estas ventajas, exprimir los datos concretos que nos brinda sobre fenómenos sociales y así mejorar la información obtenida.

Finalmente, para que esta nueva fórmula de explotar la economía en combinación con los temas que nos interesan sea vigente, es preciso comenzar desde las aulas de los periodistas en construcción, donde se forje la idea de una economía al margen de los prejuicios de la hostilidad de los números.

Ser un periodista económico

Por Guadalupe Sofía López Bejarano

La combinación de números y letras no sólo se representa en las ecuaciones, también, se puede exponer en la redacción de una noticia, reportaje o perfil sobre economía; pero ¿quién se encarga de analizar los datos y presentarlos a la personas ya sea en radio, televisión, prensa o Internet?

Antes de que se profesionalizara la carrera en periodismo “entre finales del (siglo) XIX y principios del (siglo) XX”, las personas encargadas de cubrir los asuntos económicos en un medio de comunicación tenían preparación en distintas disciplinas como economía, leyes, letras y política, según el estudio "La Formación del Periodista Económico" realizado por Ángel Arrese y Alfonso Vara.

Actualmente, en las facultades de periodismo se imparten materias para que los alumnos se especialicen (en) presentar información económica y al egresar de la carrera estén capacitados para escribir con un lenguaje sencillo sobre dicho tema.

Lo cierto es que aprender a contar historia económicas no es una tarea fácil, pues el periodista tiene que buscar la manera de que a las personas no les resulte tedioso o abrumante ver muchas cifras.

Francisco Esteve Ramírez, en el libro Periodismo especializado, retoma el estudio "Fundamento de la Formación Periodística Especializada", para mencionar los 3 niveles de la de la redacción económica: señala que el primer nivel corresponde a la “divulgación informativa”, el cual se redacta para un sector amplio no especializado; el segundo nivel es “especialización media”, en el cual los mensajes son para personas que ya tienen conocimiento sobre los temas económicos, esta información se divulga en los suplementos sobre economía; el tercer nivel es “especialización alta”, que se difunde en medios de comunicación especializados, es para personas que conocen más sobre los temas.

Sin embargo, no podemos salir de la universidad y entrar a trabajar a un medio como especialistas: tenemos que empezar a subir escalones para ganarnos un lugar.

Más que la enseñanza de las universidades y si resultan o no viables algunos programas de estudio, se necesita personas arriesgadas y que le apuesten a inmiscuirse a esa especialización periodística, que se apasionen por contar historias con algo más que letras y que no le teman a equivocarse, sino que practiquen para que cada día dominen más el tema.

¿Periodista o economista?

Por Gabriela Cervantes

Se dice que tiempo atrás los espacios económicos dentro de los medios los llenaba un abogado, político o economista. Pero en la actualidad debido a que la información sobre los temas económicos ha cambiado y día a día adquiere mayor importancia, “un gran número de profesionales de la información, directa o indirectamente, han tenido que experimentar las exigencias de escribir sobre asuntos económicos, o enfocar buen número de temas desde perspectivas económicas”, como lo menciona Bill Saporito.

Pero al saber esto, no está de más pensar qué es mejor: ¿un articulo económico redactado por un periodista, o uno hecho por el economista? Tomando en cuenta la experiencia del economista en el tema y la que tiene el periodista como el especialista de la elaboración y difusión de la noticia.

Podremos encontrar distintas opiniones, quizá alguno piense que cualquiera que sepa del tema puede escribir, algunos otros dirán que el periodista económico es uno más, que no necesita una formación especial, pero como parte fundamental se tiene que tomar en cuenta que así como el economista quizá no sabrá redactar de la mejor manera, “ser periodista puede ser necesario, pero no suficiente”.

Inclinándome a la idea de que es el periodista quien tiene que hablar de economía, es necesario tener en cuenta la formación completa y profesional en el área a desempeñar. Otra opción con la cual no estoy del todo de acuerdo es que el economista al redactar la nota tenga previo conocimiento y formación periodística.

A razón de lo anterior, el periodismo económico ha comenzado (aunque no de manera establecida) a tomarse en cuenta como parte de la formación académica de los estudiantes en periodismo, lo cual deja ver la importancia que tiene dentro del plano laboral de todo periodista, ahora faltará analizar la reacción de los estudiantes ante dicha especialidad.