lunes, 2 de febrero de 2015

Emprender en tiempos difíciles

Por Héctor Farina Ojeda 

La recurrencia de las crisis en la economía mexicana no sólo nos ha acostumbrado a vivir en un escenario desigual y poco favorable, sino que parece decirnos que además de ver la complicación siempre presente, estamos obligados a buscar la oportunidad en medio de las dificultades. En un contexto de crecimiento escaso e inequitativo, con empleos formales que no alcanzan para atender ni la mitad de la necesidad, con bajos salarios y una elevada informalidad, la opción de emprender es una forma de escapar y de abrir caminos propios. 

Si bien para este año hay una buena proyección de repunte económico, que podría llegar hasta el 4 por ciento gracias a la recuperación de la economía norteamericana, hay que pensar que crecimiento no es igual a distribución justa de la riqueza ni mucho menos a generación de suficientes empleos para la gente que lo necesita. El mercado laboral formal no ha creado -ni lo hará este año- los puestos de trabajo que hacen falta para cubrir la demanda de los jóvenes que necesitan empleo, así como de las personas que no encuentran trabajo. Y esto se nota en un aumento de la informalidad y lo pueden ver en las calles, en el comercio ambulante, los actos de circo en las esquinas o en cualquier actividad temporal que sirva para percibir ingresos. 

En este contexto, la capacidad de emprender, de innovar y generar un negocio propio es fundamental para cubrir necesidades desatendidas. Y aunque parece una actividad lógica para generar autoempleo y dinamizar la economía, lo curioso es que hay una larga lista de obstáculos que siempre limitan el emprendimiento: desde la burocracia enredada y costosa hasta la corrupción que desincentiva la instalación de microempresas y proyectos formales. No solo en México, sino en casi toda América Latina se mantiene la costumbre de priorizar la burocracia antes que el emprendimiento, el talento y la innovación. Nos encontramos muy lejos del ejemplo de países como Israel, que ha sabido hacer de sus emprendedores la base de una economía innovadora y en constante evolución.

Al mirar el potencial de la economía mexicana, y en especial el potencial del estado de Jalisco, no podemos dejar pasar la oportunidad de aprovechar la capacidad de la juventud para lograr una generación de emprendedores e innovadores que cambien el rumbo de la economía. Hay extraordinarias oportunidades en el campo tecnológico, en el desarrollo de aplicaciones y la apertura de negocios innovadores basados en el conocimiento. Hay todo un mundo por construir en la medida en que se tengan políticas orientadas a la formación de los jóvenes y al apoyo a los emprendimientos. 

Para romper el ciclo de una economía que no alcanza para todos, es hora de impulsar los emprendimientos, la capacidad de hacer de la gente y, sobre todo, apuntar hacia la innovación. Hace falta capacitación, apoyo económico, créditos, confianza e incentivos para que emprender sea una alternativa de solución y no una aventura solitaria y casi suicida. Menos burocracia, menos trabas y más apoyo a quienes emprenden. Ese sería un buen camino.  


Publicado en el diario Milenio Jalisco, en el espacio “Economía empática”. Ver aquí:

miércoles, 14 de enero de 2015

Del cajero al visionario

Por Héctor Farina Ojeda (*)

El cambio de mando en el Ministerio de Hacienda, un puesto clave en el equipo de Cartes, nos devuelve a una de las eternas preguntas que nos hacemos cuando se sustituye a una persona por otra: ¿qué tanto puede cambiar la política económica con el cambio de un ministro? A priori, se ve poco probable un cambio si consideramos que se cambia una pieza para que siga funcionamiento la misma estructura. Y sobre todo porque la mirada sigue siendo hacia un ente cajero preocupado por recaudar y no hacia alguna estrategia innovadora que nos dé esperanzas de que pasaremos de la urgencia por recaudar a la eficiencia en la inversión.

No es una novedad que uno de los grandes problemas del Paraguay para su despegue económico es, precisamente, la carencia de una estrategia o un plan visionario que nos lleve a construir la economía que necesitamos. Se administra un Estado sobrecargado, con corrupción e ineficiencia, y no se alcanza a poner orden para intentar ir hacia un destino económico favorable a todos. Y en este contexto, un hecho notable es la carencia de un Ministerio de Economía que se encargue de planificar, diseñar y ejecutar ideas que ayuden al crecimiento económico, a la reducción de la pobreza, la generación de empleos y, sobre todo, a saber hacia dónde vamos y qué podemos esperar. 

Somos un país curioso que encabeza su economía con un ministerio que se preocupa por recaudar, al mismo tiempo que la informalidad es la que rige en la mayoría de los sectores. Esa misma preocupación que lleva a cobrarles a los yuyeros mientras se hace la vista gorda a las enormes ganancias de los sojeros. O la urgencia de recaudar que no es coherente con los subsidios a sectores privilegiados o el despilfarro alegre de fondos en nombre de necesidades como la educación. Un Estado sobredimensionado, desordenado y caótico se lleva la mayor parte del presupuesto, lo cual no se corrige con recaudar más. 

Aunque la recaudación y la equidad en el pago de impuestos son una necesidad, Paraguay necesita salir del modelo del cajero que sólo recibe y luego distribuye para mantener todo como está. Nos urge pensar en un Ministerio de Economía que se encargue de establecer la planificación y la estrategia del modelo de país que queremos construir: ¿uno industrializado? ¿uno de servicios? ¿un país para la economía del conocimiento? Lo cierto es que no se puede seguir con un modelo agropastoril que enriquece a unos pocos y deja en la pobreza a la mayor parte de la población. 

Hay que dejar de vivir en una economía a la deriva que depende de los vientos internacionales, del precio de la soja, el mercado de la carne o el régimen de lluvias. Y no sólo hay que pensar en recaudar más sino en superar el problema de gestión que tiene el país, que hace que incluso las buenas iniciativas y las buenas inversiones terminen empantanadas y estériles. Orden, planificación y estrategia es lo que necesitamos. Eso es lo que diferencia a los administradores de turno que sólo buscan quedar bien, de los visionarios que intentan romper estructuras que no funcionan. 

Si el gobierno quiere tener rumbo -no sólo uno nuevo-, hay que marcar claramente el camino que seguiremos como economía, así como las metas perseguidas a corto y largo plazo. Más que por sus recaudaciones, por sus planificaciones e inversiones los conoceremos.

(*) Periodista y profesor universitario
Desde Guadalajara, Jalisco, México

Publicado en el diario económico 5 días, de Paraguay. Ver original aquí:

lunes, 12 de enero de 2015

La confianza, un elemento vital

Por Héctor Farina Ojeda

La confianza es uno de los factores más importantes para el funcionamiento de la economía. Y en especial la confianza que tienen los consumidores, los que mueven el mercado interno y los que nos indican hacia dónde se proyecta una economía en su conjunto. En este sentido, los recientes resultados del Índice de Confianza del Consumidor, correspondientes a diciembre de 2014, dan dos aspectos interesantes: por un lado, la percepción de las familias sobre la economía se redujo 2.07 por ciento en el mes de diciembre -medido en forma mensual-, en tanto si tomamos los datos de 2014 frente a 2013, tenemos que no solo ha habido una mejoría en el último año, sino que la confianza del consumidor se encuentra en su mejor momento en los últimos 15 meses, de acuerdo a los datos del Inegi y el Banco de México. 

Aunque estas mediciones son referenciales y se basan en percepciones, hay que analizar cómo se encuentra el consumidor en un contexto en el que se espera un crecimiento económico de entre 3 y 4 por ciento para 2015, en tanto se auguran los resultados de las reformas y hay una proyección oficial de que el sector energético podría recibir inversiones de 50 mil millones de dólares. Y hay que tomar en cuenta el anuncio de que se crearon 714 mil empleos formales en México en 2014 (cifra importante aunque insuficiente), así como los buenos augurios para la economía norteamericana que se espera tenga un buen año y con ello impulse a la economía mexicana. Hasta aquí hay buenos indicios pero esto no alcanza. 

Como ya sabemos, los grandes indicadores no son suficientes y, sobre todo, en un contexto en el que el 60% de la economía es informal, lo que hace que los consumidores sientan lejanos y ajenos los beneficios que se anuncian en forma macro. Hoy tenemos ciudadanos que viven en la informalidad, con empleos precarios y salarios bajos, lo cual debemos tomarlo como un verdadero toque de alerta: un consumidor empobrecido es lo peor que le puede pasar a la economía. 

Recuperar la confianza del consumidor es una urgencia pero debe venir de la mano de la recuperación del poder adquisitivo, de las oportunidades, los empleos y sobre todo la capacidad de emprender. El temor que genera la inseguridad, la falta de credibilidad en las instituciones, la informalidad y la falta de expectativas en los gobernantes no sólo ahuyentan la confianza, sino que pueden deprimir el consumo, espantar inversiones y afectar el dinamismo económico, así como pueden limitar una actividad vital: el emprendimiento. 


Deberíamos exigir que la confianza sea la base de la economía, para poder emprender, innovar, tener un negocio o aventurarse con una idea que genere autoempleo. Que se pueda abrir una microempresa sin el temor de que la corrupción, la inseguridad o la burocracia acaben con la inversión, con las ganancias, la oportunidad y las esperanzas. La confianza debería ser un compromiso de todos los sectores, desde los grandes inversionistas hasta los pequeños consumidores. Hay que trabajar para recuperar la confianza, desde el sector en donde nos toque. Será bueno para todos.

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio "Economía empática". Ver original aquí: 

domingo, 11 de enero de 2015

Los retos del periodismo ante las nuevas tecnologías

Contra la economía

Por Héctor Farina Ojeda (*)

Las buenas referencias para la economía paraguaya enfrentan un problema crucial que amenaza con anclarnos en el atraso durante un buen tiempo. Mientras los periódicos dan cuenta de que este año cerrará con un crecimiento del 4% del Producto Interno Bruto (PIB) y se estima que para 2015 se mantendría un ritmo similar, la verdad es que todos los buenos números están amenazados no solo para los siguientes años, sino para toda una generación. Con el fracaso de la reforma educativa que se pone en evidencia con estudiantes que tienen problemas de lectura y de comprensión, estamos atacando lo más esencial para que una economía funcione en los tiempos actuales: el conocimiento. 

Seguramente los administradores de turno podrán pintar un cuadro con indicadores que disfracen en alguna medida la realidad: eventualmente se recuperará el precio de la soja y puede que se incrementen la producción ganadera y la exportación de carne. Pero la dependencia de un par de rubros y el agotamiento de los recursos naturales no sólo no servirán para ubicar al país como una economía de vanguardia, sino que no lograrán minimizar la pobreza ni romper la desigualdad que hace que muy pocos se llenen las manos mientras los demás padecen las carencias. 

Con la tragedia que representa que 9 de cada 10 estudiantes de tercer y sexto grado no aprendan en clases, estamos matando la esencia de la economía: sin una generación preparada, no habrá innovación ni competitividad ni productividad, ni podemos hacer ciencia ni tecnología. El fracaso de los estudiantes es más que una "tragedia educativa", como diría Guillermo Jaim Etcheverry, es una verdadera "tragedia económica".  Si nos quedamos como si nada y permitimos que se pierda toda una generación de paraguayos, el resultado es ir exactamente en contra de la economía del conocimiento, en contra de las oportunidades de todo un país. Caminar en sentido contrario al conocimiento implica hacerle un harakiri deshonroso a la economía, a las esperanzas de innovar y cambiar una situación que ya es demasiado oprobiosa. 

Mientras los países desarrollados están preocupados por la ciencia y la tecnología y buscan mejorar sus universidades, en Paraguay las noticias nos hablan de estudiantes que no aprenden, docentes incapaces de aprobar pruebas para dar clases, fondos despilfarrados en nombre de la educación y políticos incapaces de al menos hilvanar un discurso coherente. No es casualidad que el fracaso en la educación se traduzca en corrupción, pobreza, marginalidad y mucha injusticia.

Para defender nuestra economía y buscar mejorar la calidad de vida de la gente, la urgencia es recuperar la educación. No son los indicadores macroeconómicos, es la educación la que puede salvarnos o hará que se termine de hundir el barco. En los tiempos actuales no existe la posibilidad de minimizar la pobreza ni la marginalidad si no es por medio del conocimiento de la gente. 

Tenemos todo por hacer y es imperioso salvar la educación. Repatriar cerebros, incentivar talentos, invertir más y mejor en ciencia y tecnología, enviar a los mejores a formarse en el exterior, elevar la calidad docente... Es hora de un cambio drástico que apunte a la construcción de un país sobre la base de formar a su gente, antes de que una generación perdida sea la perdición de toda la economía y todo el país. 

(*) Periodista y profesor universitario

Desde Ciudad de México, México. 

Publicado en el diario económico 5 días, de Paraguay. Ver original aquí

Pronósticos y resultados


Por Héctor Farina Ojeda

El crecimiento limitado, los empleos insuficientes, los bajos salarios y la sensación de que la recuperación económica es demasiado demorada. Con estas palabras podemos intentar resumir lo que nos deja 2014, un año económico que fue bajando sus expectativas en la medida en que la inseguridad, la falta de dinamismo interno y los factores externos fueron minando los resultados. En cambio, la serie de reformas impulsadas pretende que los beneficios comiencen a cosecharse paulatinamente a partir del siguiente año. Aquí tenemos un pronóstico interesante: la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin) prevé un crecimiento económico de 3.4 por ciento para 2015, lo que representa un mayor dinamismo que en 2014, que cerrará con cifras de alrededor de 2 por ciento de repunte.

El pronóstico suena interesante porque es una visión del sector privado, a partir de sus propias fuerzas productivas. La Concamin espera que en 2015 se generen aproximadamente 694 mil puestos de empleo, lo que representará una leve mejoría frente a los 670 mil empleos estimados en 2014. Igualmente, el organismo industrial calcula que las exportaciones se incrementarán en 5 por ciento, sobre todo por el mayor impulso del sector fabril. Otro dato importante es que estiman un repunte de 3.9 por ciento en las inversiones productivas, lo que podría afectar positivamente al sector laboral.

Con esta perspectiva sabemos que 2015 será un año económico difícil, aunque continuará la tendencia de crecimiento. El problema radica en que crecer con estos números no es suficiente y que la estabilidad que se proyecta no es una buena noticia para todos: los ricos estables en su riqueza, los pobres estables y anclados en su pobreza. El crecimiento que requiere México debe superar el 5 por ciento anual, así como debe generar por lo menos 1 millón de empleos al año. Y tampoco debemos quedar conformes con la cantidad sino con la calidad: que el crecimiento tenga una distribución más equitativa y que los puestos de empleo tengan salarios más dignos y acordes a las necesidades.

El sector privado está preocupado por la competitividad y la productividad, sin las cuales es difícil recuperar la fortaleza del mercado interno. Y en este mercado interno hay un problema grave por el empobrecimiento del consumidor, el ciudadano que vive de bajos salarios, en condiciones de pobreza y de enormes limitaciones que impiden que pueda satisfacer necesidades básicas. Será imposible recuperar el mercado interno si no recuperamos primero el poder adquisitivo de la gente, lo cual sólo será posible con mejores empleos y mejores salarios.

Un año de continuidad y de estabilidad no cambiará mucho. Pero un año de redireccionamiento podría implicar la construcción de una plataforma interesante para atender la economía de la gente: apostar por las microempresas, romper la dependencia de factores externos, diversificar las exportaciones y sus mercados, así como impulsar pequeños emprendimientos, todo en búsqueda de mejores oportunidades para la gente que no es beneficiada con el crecimiento ni con los grandes indicadores. 

Publicado en Milenio Jalisco, en el espacio "Economía empática". Ver original aquí:

domingo, 14 de diciembre de 2014

Percepciones de corrupción


Por Héctor Farina Ojeda 

Estancado y en mal sitio. Nuevamente, México aparece en el grupo de los países de mayor nivel de corrupción, de acuerdo al Índice de Percepción de la Corrupción 2014, realizado por Transparencia Internacional. Ubicado en la posición 103 de 175 países analizados (el 1 es el menos corrupto y el 175 el más corrupto), se encuentra lejos de los países que son percibidos con menor corrupción y que ocupan los tres primeros sitios: Dinamarca, Nueva Zelanda y Finlandia. En América Latina, por encima de México se encuentran Chile y Uruguay (puesto 21), en tanto por detrás -es decir, con más niveles de corrupción- están Honduras, Nicaragua, Paraguay y Venezuela. 

Este informe se realiza sobre la base de encuestas a diferentes instituciones, mediante las cuales se busca conocer la percepción que se tiene sobre el sector público de cada país. Nos dice cómo nos vemos, cómo percibimos la corrupción en cuanto a trámites, gestiones y administración de lo público. Y los resultados que se difunden todos los años nos muestran que la corrupción sigue carcomiendo a los gobiernos y sigue robando oportunidades a millones de latinoamericanos que se encuentran en situación de pobreza, precariedad y abandono. 

En el caso mexicano, el informe advierte que se requieren cambios radicales en la estrategia anticorrupción, porque hay un estancamiento en la última década. La situación no es nada alentadora, pues conlleva una pérdida de credibilidad en las instituciones, la falta de confianza para las inversiones y los emprendimientos, así como termina limitando el crecimiento económico. No es casualidad que los países percibidos con menor corrupción sean los que tengan los niveles de calidad de vida más altos, los que tengan más estabilidad y menos pobres. Y no es casualidad que los más corruptos tengan elevados niveles de pobreza, injusticia, desigualdad y marginación. 

Algo fundamental que debemos entender es que la corrupción no sólo tiene que ver con los grandes números y con el sector público, sino que afecta a todos los estratos de la sociedad: se manifiesta en la falta de empleos, en la precariedad, en las escuelas que no tienen aulas o en los hospitales sin medicamentos. Se nota en la falta de credibilidad en la justicia, en la inseguridad, en la pobreza educativa y en el sistema de compadrazgo y nepotismo que privilegia a los ineptos antes que a las personas preparadas. La corrupción es un mal culpable de miles de otros males, que carcome, empobrece, frustra y mata. 


Definitivamente no basta con seguir enarbolando el discurso anticorrupción o creando comisiones o instancias financiadas para simular que se hace algo. Hay que mirar a los países exitosos para entender que la cuestión es cultural y que todo pasa por un cambio basado en la educación y la conciencia de la gente. Nos corresponde exigir transparencia, acabar con la impunidad y no tolerar la corrupción, ya sea minúscula o mayúscula. Nos corresponde recuperar la confianza y asumir el compromiso de no corromper ni dejarnos llevar por la corrupción ajena.